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Chapter 11 - La transmisión que nadie pudo borrar

Valentina apenas podía mantenerse de pie.

Había dado a luz hacía menos de tres horas. La bata del hospital continuaba manchada, sus piernas temblaban y cada movimiento provocaba un dolor profundo en su abdomen. Sin embargo, cuando vio la imagen de Mauricio saliendo del estacionamiento con la incubadora portátil de Alma, algo dentro de ella se volvió más fuerte que el agotamiento.

Sebastián intentó sostenerla.

—Debes volver a la cama.

—Mi hija acaba de ser secuestrada.

—La policía ya está cerrando las carreteras.

—Mauricio ha preparado esto durante meses. No utilizará una carretera que pueda cerrarse fácilmente.

La fiscal Irene Salgado entró acompañada por varios agentes. Ordenó bloquear las salidas, revisar las cámaras y obtener los registros de todos los médicos presentes durante el parto.

Valentina tomó su teléfono.

—Necesito una transmisión en directo.

Irene la miró.

—No conviene revelar lo que sabemos.

—Mauricio lleva años sobreviviendo porque cada víctima fue aislada. Esta vez no tendrá una habitación cerrada donde controlar la historia.

—También puede utilizar la exposición para hacerle daño a Alma.

—Ya la está utilizando.

Valentina pidió a Daniela que conectara el teléfono al sistema de transmisión del hospital. La hermana dudó.

—Estás débil.

—Por eso debemos hacerlo ahora. Mauricio espera que aparezca llorando, suplicando y dispuesta a entregar cualquier cosa. Necesita que parezca una negociación privada entre una madre desesperada y un hombre con poder.

Valentina miró directamente hacia la cámara.

—No le daré privacidad.

La transmisión comenzó.

En menos de dos minutos, miles de personas se conectaron. Muchos habían seguido la grabación del reloj, las revelaciones sobre Santa Aurelia y el rescate de las madres en el aeropuerto.

Valentina apareció con el rostro pálido, pero la voz firme.

—Mi hija Alma fue secuestrada hace menos de una hora por Mauricio León y una mujer que utilizó credenciales médicas falsas.

Mostró la grabación del estacionamiento.

—Mauricio exige que entregue el control del fideicomiso Alcázar. Quiero que todos comprendan algo: esto no es una disputa familiar. El fideicomiso controla hospitales, laboratorios, cuentas de inversión y archivos relacionados con Proyecto Linaje.

Sebastián permanecía a su lado.

Valentina continuó:

—Mauricio no quiere dinero solamente. Quiere acceso a las identidades de mujeres y niños utilizados sin consentimiento durante décadas.

Un periodista escribió una pregunta dentro de la transmisión:

¿ENTREGARÁ LAS ACCIONES PARA SALVAR A SU HIJA?

Valentina leyó el mensaje.

—Haré todo lo necesario para recuperar a Alma. Pero no permitiré que su vida sea utilizada para devolver a un criminal el control sobre cientos de víctimas.

Otro mensaje apareció.

Esta vez provenía de una cuenta sin fotografía:

ENTONCES TU HIJA PAGARÁ POR TU ORGULLO.

Daniela rastreó la conexión.

—Es él.

Valentina miró a la cámara.

—No es orgullo, Mauricio. Es una diferencia que nunca has comprendido. Una madre puede estar dispuesta a morir por su hija sin estar dispuesta a entregar a los hijos de otras madres.

La cuenta desapareció.

Irene recibió una llamada.

—Han encontrado el vehículo utilizado en el secuestro.

Estaba abandonado bajo un puente. Dentro había una bata médica, sangre artificial y una pulsera de identificación rota.

No estaba la incubadora.

El hospital proporcionó el nombre de la mujer que utilizó las credenciales:

Doctora Celeste Navarro.

Adriana Soler reconoció el nombre cuando lo vio desde su habitación.

—Trabajó conmigo en Santa Aurelia.

—¿Participaba en Proyecto Linaje? —preguntó Irene.

—Sí.

—¿Por qué no apareció en los archivos?

Adriana bajó la mirada.

—Porque no era únicamente médica.

Celeste había nacido dentro del proyecto treinta y nueve años antes. Su madre creyó haber recibido un embrión creado con el material de su esposo. En realidad, el donante era uno de los fundadores de la clínica.

Después de descubrir su origen, Celeste comenzó a trabajar con Mauricio.

—Él le prometió encontrar a su madre biológica —explicó Adriana—. La convirtió en una persona capaz de justificar cualquier procedimiento si afirmaba que serviría para descubrir la verdad.

—¿Dónde puede llevar a Alma?

—Celeste conoce todas las instalaciones antiguas.

Daniela revisó los registros médicos de la incubadora portátil.

—El aparato necesita enviar datos de temperatura y oxígeno a una estación cada quince minutos.

—Mauricio habrá desactivado la conexión —respondió Irene.

—Puede desactivar el sistema principal, pero existe un canal de mantenimiento instalado por el fabricante.

Daniela comenzó a buscar señales.

Durante varios minutos no encontró nada.

Entonces apareció un pulso débil procedente de la zona industrial al norte de la ciudad.

—Lo tengo.

La ubicación correspondía a la antigua Maternidad San Jerónimo, cerrada once años atrás después de una investigación por negligencia.

Augusto, todavía con el hombro vendado, insistió en acompañarlos.

Irene se negó.

—Está herido y es parte de la investigación.

—San Jerónimo perteneció a mi familia.

—Precisamente por eso debe quedarse.

Augusto entregó un plano.

—El edificio tiene un nivel subterráneo que no aparece en los registros municipales.

Sebastián tomó el documento.

—¿También formaba parte de Linaje?

—No lo sabía cuando lo compramos.

Valentina lo miró.

—Siempre existe una etapa en la que no sabías nada y otra en la que decidiste no preguntar.

Augusto aceptó el golpe.

—Sí.

El equipo llegó a San Jerónimo poco antes de amanecer.

La fachada estaba cubierta por grafitis. Las ventanas habían sido selladas, pero en el interior funcionaban generadores eléctricos.

Los agentes entraron por tres accesos.

Valentina permaneció en una ambulancia situada fuera. Irene no permitió que bajara.

—Acabas de pasar por un parto prematuro.

—Mi hija está dentro.

—Y será más difícil rescatarla si tenemos que atenderte también a ti.

Valentina observó las cámaras instaladas en los cascos de los agentes.

Sebastián avanzaba por un corredor lleno de antiguas cunas.

Encontraron una habitación iluminada.

En el centro había una incubadora.

Sebastián corrió.

La abrió.

Estaba vacía.

Dentro solo había una manta y un teléfono.

La pantalla se encendió.

Mauricio apareció sosteniendo a Alma.

La bebé llevaba una pequeña vía en el brazo. Su respiración parecía estable.

—Gracias por confirmar que todavía confiáis en la tecnología de la familia Alcázar —dijo.

Valentina tomó el micrófono desde la ambulancia.

—Déjame verla de cerca.

Mauricio acercó la cámara.

Alma movió una mano.

—Está viva —dijo—. Seguirá así mientras cooperes.

—¿Dónde está Celeste?

La doctora apareció detrás de él. No miró a la cámara.

—Celeste sabe que vas a matar a Alma después de obtener lo que necesitas.

—No intentes dividirnos.

—No necesito hacerlo. Tú divides a todas las personas cuando dejan de ser útiles.

Mauricio sonrió.

—La transferencia deberá realizarse dentro de doce horas.

—El fideicomiso no puede ser transferido sin una votación pública.

—Eso era cierto antes del nacimiento.

Mauricio mostró un documento.

Helena había añadido un protocolo de emergencia. Si la heredera recién nacida se encontraba en peligro médico, la autoridad de Valentina podía transferirse temporalmente a un administrador de continuidad.

El nombre que aparecía en la cláusula era Mauricio León.

—Falsificaste el documento —dijo Sebastián.

—No. Helena lo firmó hace dieciséis años, cuando todavía confiaba en mí.

Augusto cerró los ojos al leerlo mediante la pantalla.

—Es auténtico.

Valentina comprendió la trampa.

Mauricio había esperado el nacimiento. Después secuestró a Alma y provocó una emergencia médica. Si conseguía que dos médicos certificaran que la niña necesitaba un tratamiento bajo su control, podía reclamar la administración temporal.

—Necesitas una segunda firma médica —dijo Valentina.

Mauricio miró a Celeste.

—Ya tengo una.

—Adriana nunca firmará.

—No necesito a Adriana.

La cámara giró.

En la habitación había otra mujer con bata médica. Tenía el rostro parcialmente cubierto.

Valentina reconoció sus ojos.

Era Lucía Herrera.

La administradora de la mansión.

La mujer que había ayudado a exponer la trampa del reloj.

Ahora estaba junto a Mauricio.

—Lucía —susurró Sebastián—. ¿Qué haces?

Ella bajó la mascarilla.

—Lo que debí hacer hace cuarenta años.

Firmó el documento médico.

La pantalla mostró:

PROTOCOLO DE CONTINUIDAD INICIADO.

Mauricio sonrió.

—Tienes once horas y cincuenta y nueve minutos para impedir que el fideicomiso pase legalmente a mis manos.

La comunicación terminó.

En la incubadora vacía quedó una fotografía.

Mostraba a Lucía sosteniendo a una niña recién nacida.

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En el reverso había una frase:

ALMA NO FUE LA PRIMERA BEBÉ QUE TUVO QUE ENTREGAR.

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