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Chapter 6 - La grabación escondida en el reloj

—¡Aléjate de ella!

La voz de Augusto Alcázar estremeció las paredes de la biblioteca.

Sebastián permaneció inmóvil frente al sillón donde Valentina se protegía el vientre con ambas manos. El vestido dorado de la mujer estaba arrugado, su respiración era irregular y el miedo deformaba sus hermosas facciones.

Augusto entró señalando a su hijo.

Detrás de él aparecieron Mauricio León, abogado principal de la familia, y dos guardias de seguridad.

—Padre, no sé qué te han contado —dijo Sebastián—, pero acabo de llegar.

—La encontré gritando mientras tú estabas frente a ella.

—Porque alguien la encerró en esta habitación.

Augusto miró a Valentina.

—¿Te hizo daño?

Ella abrió la boca, pero Mauricio respondió antes.

—No la presione, señor Alcázar. La señora necesita atención médica y tranquilidad.

Sebastián lo observó.

—No te he preguntado a ti.

—Soy el representante legal de la familia.

—Y apareciste demasiado rápido.

Mauricio llevaba un traje gris impecable. No mostraba sorpresa al encontrar a Valentina aterrorizada ni al escuchar las acusaciones. Parecía un hombre que había llegado exactamente al lugar y a la hora previstos.

Augusto caminó hasta su nuera.

—Valentina, mírame. ¿Sebastián te empujó?

Ella negó lentamente.

—No.

Mauricio se acercó.

—Está confundida.

—He dicho que no —repitió Valentina.

Sebastián sintió un breve alivio.

Entonces ella continuó:

—Pero alguien quería que pareciera que lo había hecho.

La expresión de Mauricio cambió apenas un instante.

Fue suficiente.

—¿Quién? —preguntó Augusto.

Valentina miró hacia el enorme reloj antiguo situado junto a la pared. Tenía más de dos metros de altura y pertenecía a la familia desde hacía cuatro generaciones.

—Dentro del reloj hay un teléfono.

Todos se volvieron.

Una pequeña luz roja parpadeaba detrás del cristal inferior.

Mauricio hizo una señal a uno de los guardias.

Sebastián se interpuso.

—Nadie toca ese teléfono.

—Puede contener una grabación privada obtenida ilegalmente —dijo el abogado.

—Por eso tienes tanta prisa por destruirla.

El guardia intentó apartar a Sebastián. Él sujetó su brazo y lo empujó contra la puerta. El segundo hombre avanzó, pero Augusto levantó una mano.

—¡Basta!

El patriarca abrió el compartimento inferior del reloj.

Había un teléfono apoyado entre los mecanismos. La pantalla mostraba una transmisión en directo que llevaba activa diecisiete minutos.

Más de cuarenta mil personas estaban conectadas.

Augusto palideció.

—¿Quién inició esto?

Valentina respiró profundamente.

—Yo.

Mauricio soltó una carcajada.

—Acaba de admitir que preparó toda la escena.

—Preparé la cámara porque llevaba tres semanas recibiendo amenazas.

—¿De quién? —preguntó Sebastián.

Valentina miró al abogado.

—De Mauricio.

El silencio cayó sobre la biblioteca.

—Eso es absurdo —respondió él—. No tengo ninguna razón para amenazarla.

—Querías que acusara a Sebastián de golpearme.

—Está delirando.

—Me entregaste un guion.

Valentina señaló un libro situado sobre una mesa lateral.

Sebastián lo abrió. Dentro había varias hojas dobladas.

Las instrucciones describían cada movimiento.

Esperar a que Sebastián entre.

Retroceder hacia el sillón.

Gritar antes de que Augusto abra la puerta.

Colocar una mano sobre el vientre.

Decir que Sebastián perdió el control al hablar sobre la herencia.

Augusto leyó el documento.

—¿Por qué no dijiste nada?

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Valentina.

—Porque tienen a mi hermana.

Sebastián se acercó.

—¿Daniela?

Valentina asintió.

Su hermana menor había desaparecido cuatro días antes. La familia creyó que estaba viajando por Argentina después de enviar varios mensajes desde Buenos Aires.

—Los mensajes eran falsos —dijo Valentina—. Mauricio me mostró un vídeo. Daniela estaba dentro de una clínica.

—¿Qué clínica?

—Santa Aurelia.

Sebastián reconoció el nombre.

Era una instalación privada propiedad de la Fundación Alcázar. Oficialmente atendía a mujeres con embarazos de alto riesgo y trastornos emocionales posteriores al parto.

—¿Por qué secuestrarían a Daniela? —preguntó Augusto.

—Para obligarme a firmar una declaración y conseguir que Sebastián fuera expulsado del fideicomiso.

Mauricio negó con la cabeza.

—Una historia conveniente.

Valentina extendió la mano hacia el teléfono.

—La transmisión también ha enviado copias de los mensajes.

Augusto revisó los archivos.

Aparecieron fotografías de Daniela atada a una cama, órdenes médicas falsas y audios enviados mediante una cuenta cifrada.

La voz estaba alterada, pero algunas instrucciones coincidían exactamente con las hojas escondidas en el libro.

Mauricio continuaba tranquilo.

—Cualquier persona puede fabricar esos mensajes.

Sebastián lo miró.

—Entonces no tendrás problema en entregar tu teléfono.

—Contiene información protegida por el secreto profesional.

—Pensaba que no tenías ninguna relación con las amenazas.

Augusto extendió la mano.

—Dámelo.

Por primera vez, Mauricio dudó.

Después sacó el teléfono y lo colocó sobre la mesa.

La pantalla estaba limpia. No había llamadas recientes ni aplicaciones de mensajería.

—Está preparado —dijo Sebastián—. Trajiste un dispositivo vacío.

El abogado sonrió.

—Eso demuestra que no tengo nada que ocultar.

—Demuestra que sabías que te lo pedirían.

Un ruido metálico sonó dentro del reloj.

Lucía Herrera, la administradora de la mansión, apareció por una puerta lateral. Llevaba veinticinco años trabajando para los Alcázar y conocía cada habitación mejor que los miembros de la familia.

—El teléfono no solo estaba grabando —dijo—. Estaba conectado al sistema de seguridad de la casa.

Mauricio la miró con frialdad.

—No debería estar aquí.

—Eso me dijeron también cuando murió Gabriel.

Augusto se tensó.

Gabriel Alcázar, su hijo mayor y hermano de Sebastián, había fallecido cuatro años antes en un accidente de automóvil.

Lucía tocó la pantalla.

Apareció una grabación realizada dos horas antes.

Mauricio entraba en la biblioteca acompañado por un médico. Colocaban el teléfono dentro del reloj, preparaban las hojas del guion y vertían un líquido transparente dentro de una copa destinada a Valentina.

—Querían sedarla —dijo Sebastián.

Valentina miró la copa situada cerca del sillón.

—No la bebí. Fingí hacerlo y escondí el teléfono después de que se marcharan.

La grabación continuó.

Mauricio hablaba con el médico:

—Cuando Augusto encuentre a su hijo dentro, Valentina lo acusará. El informe psiquiátrico demostrará que Sebastián tiene episodios violentos. Después perderá su voto antes de la reunión del viernes.

El médico preguntó:

—¿Y si ella no coopera?

—Entonces aumentaremos la dosis. Una caída durante el embarazo puede resolver dos problemas al mismo tiempo.

Augusto dejó caer el teléfono.

—Querías matar a mi nieto.

Mauricio no retrocedió.

—Usted no sabe quién es el padre de ese niño.

La frase detuvo a todos.

Sebastián miró a Valentina.

—¿Qué significa?

Ella parecía tan sorprendida como él.

Mauricio abrió una carpeta que llevaba bajo el brazo.

—La clínica realizó una prueba genética durante el último control prenatal. Sebastián no es el padre biológico.

Valentina se levantó con dificultad.

—Eso es imposible.

—Los resultados fueron confirmados dos veces.

—Nunca estuve con otro hombre.

Augusto tomó el informe.

Su rostro cambió mientras leía.

—No es hijo de Sebastián —dijo.

—Papá…

—Pero pertenece a nuestra familia.

El documento mostraba que el feto compartía suficiente material genético con Sebastián para ser considerado un familiar directo.

No su hijo.

Su sobrino.

Solo había una explicación.

Sebastián levantó los ojos hacia Mauricio.

—Utilizaste el material genético de Gabriel.

El abogado sonrió.

—Yo no dirigía la clínica cuando se creó el embrión.

Todos miraron a Augusto.

El patriarca sostenía el informe con manos temblorosas.

—Padre —dijo Sebastián—, ¿qué hiciste?

Augusto no respondió.

Valentina entendió antes que nadie.

—El tratamiento de fertilidad.

Dos años atrás, después de una pérdida, los médicos de Santa Aurelia recomendaron un procedimiento menor. Dijeron que utilizarían un embrión creado con material de Valentina y Sebastián.

—Me implantasteis el hijo de un hombre muerto —susurró.

Augusto cerró los ojos.

—Necesitábamos conservar la línea de Gabriel.

—Utilizasteis mi cuerpo.

—No conocía todos los detalles.

—Pero diste la orden.

El patriarca no pudo negarlo.

Fuera de la biblioteca se escucharon sirenas. La transmisión en directo había alertado a periodistas y policías.

Mauricio caminó lentamente hacia la puerta.

Sebastián lo sujetó por el brazo.

—No vas a ninguna parte.

—Suéltame.

—¿Dónde está Daniela?

—Aunque lo supiera, no te lo diría.

Lucía observó el teléfono.

—No necesitamos que hable.

La grabación del reloj mostraba que el médico había recibido una llamada. Durante un instante, la pantalla del dispositivo quedó orientada hacia la cámara.

En ella aparecía una dirección.

Clínica Santa Aurelia, pabellón subterráneo C.

Sebastián miró a Valentina.

—La encontraremos.

Ella protegió su vientre.

—Y después descubriremos cuántas mujeres han utilizado antes que a mí.

Mauricio dejó de sonreír.

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No le preocupaba únicamente el secuestro de Daniela.

Le preocupaba que Valentina acabara de comprender que su embarazo formaba parte de algo mucho mayor.

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