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Chapter 13 - La doctora que robó a Alma

El descubrimiento cambió la estructura completa del fideicomiso.

Lucía Herrera no era una empleada ajena a los Alcázar. Era hija del fundador, nacida de una relación que la familia ocultó para evitar un escándalo. Su partida de nacimiento fue modificada y su madre recibió dinero para desaparecer.

Años después, sin conocer completamente su origen, Lucía entró en Santa Aurelia como enfermera.

Helena descubrió la verdad y quiso devolverle sus derechos.

—Por eso colocó su nombre en esta habitación —dijo Augusto—. Preparaba una modificación del fideicomiso.

—Pero murió antes de completarla —respondió Sebastián.

Valentina examinó los documentos encontrados detrás de una pared.

Helena había firmado una declaración que reconocía a Lucía como heredera. También ordenaba entregar parte de las acciones a cualquier descendiente suyo.

Eso convertía a Celeste en propietaria legítima de una participación importante.

Mauricio había utilizado aquella información para controlarla.

Le prometió recuperar su apellido y su fortuna si colaboraba en el secuestro.

—Celeste no necesita que Mauricio le entregue nada —dijo Valentina—. Ya le pertenece legalmente.

Daniela digitalizó la declaración.

Antes de poder enviarla, las luces se apagaron.

Una voz femenina llegó desde el corredor.

—No hagáis ningún movimiento.

Celeste entró sosteniendo a Alma dentro de la incubadora portátil.

Llevaba una pistola en una mano.

La bebé estaba despierta y movía los brazos.

Valentina avanzó.

—Déjame verla.

—No te acerques.

—Soy su madre.

—Lo sé.

La voz de Celeste temblaba.

Lucía apareció detrás de Sebastián.

Había llegado mediante otra entrada, acompañada por Irene.

Celeste la vio.

Durante varios segundos, ninguna habló.

—Mauricio dijo que me entregaste —susurró la doctora.

Lucía comenzó a llorar.

—Creí que habías muerto.

—Hay documentos con tu firma.

—Me obligaron a firmar una declaración después de sedarme.

—¿Por qué nunca me buscaste?

—Lo hice durante cuarenta años.

Celeste levantó la pistola.

—No mientas.

Valentina mostró la fotografía encontrada en San Jerónimo.

Lucía sosteniendo a su bebé.

—Una mujer que quiere vender a su hija no conserva esto escondido durante toda su vida.

Celeste miró la imagen.

Sus manos comenzaron a temblar.

Alma emitió un pequeño llanto.

Valentina dio otro paso.

—Mauricio te utilizó igual que utilizó a Adriana, a Gabriel y a todas las madres de Santa Aurelia. Te ofreció una verdad incompleta y dejó que tu dolor hiciera el resto.

—Necesito el fideicomiso.

—No.

Valentina levantó la declaración de Helena.

—Ya tienes derechos. No necesitas secuestrar a mi hija para reclamarlos.

Celeste observó el documento.

—Puede ser falso.

—Entonces lo verificaremos públicamente.

—Mauricio dijo que todos intentarían detenerme.

—Porque necesitaba que solo confiaras en él.

Lucía extendió los brazos.

—Dame a la niña.

Celeste retrocedió.

—No.

—No para quedármela. Para que puedas bajar el arma.

La doctora miró a Alma.

Durante días había controlado su temperatura, alimentación y respiración. No parecía querer dañarla.

Pero ya le había retirado sangre.

Valentina vio los tubos dentro de una caja médica.

—¿Qué muestras tomaste?

—Las necesarias para abrir el archivo de Helena.

—Mauricio no quiere solo el fideicomiso.

Celeste palideció.

—Dijo que el archivo demostraría quién soy.

—El documento ya lo demuestra.

Daniela revisó la etiqueta de los tubos.

No eran pruebas comunes. Estaban preparadas para un lector biométrico instalado bajo la casa.

Augusto condujo al equipo hasta el laboratorio.

La puerta estaba abierta.

Dentro había una terminal activa.

En la pantalla aparecía:

MUESTRA DE DESCENDIENTE GABRIEL CONFIRMADA.

FALTA AUTORIZACIÓN DE MADRE GESTANTE.

Mauricio nunca necesitó llevar a Alma a la reunión del consejo.

Solo necesitaba su sangre.

El protocolo público era una distracción.

—¿Dónde está Mauricio? —preguntó Irene.

Celeste miró hacia el techo.

—En el nivel inferior.

Una explosión bloqueó la salida principal.

Las puertas descendieron.

Mauricio apareció en una pantalla.

—Gracias, Celeste. Siempre fuiste más útil cuando creías que estabas tomando tus propias decisiones.

La doctora disparó contra la cámara.

—¡Me prometiste que no tocarías a la niña!

—Y no lo he hecho.

—Querías su sangre.

—La vida de Alma ya no tiene importancia para el sistema.

Valentina corrió hacia la incubadora.

El laboratorio comenzó a llenarse de humo.

Sebastián tomó a Alma y la colocó contra su pecho.

—Debemos salir.

Mauricio habló de nuevo:

—La puerta se abrirá cuando Valentina baje al nivel inferior.

—No —dijo Sebastián.

—Si no lo hace, el sistema de ventilación se detendrá dentro de cuatro minutos.

Irene buscó otro acceso.

No existía.

Valentina miró a su hija.

Alma estaba viva.

Sebastián podía sacarla si la puerta se abría.

—Bajaré.

—No —repitió él.

—Mauricio necesita mi retina. No me matará inmediatamente.

—No puedes saberlo.

—Tampoco puedo permitir que Alma respire este humo.

Sebastián sostuvo su brazo.

—Encontraremos otra forma.

Valentina lo miró.

—Eso es lo que las personas dicen cuando otra persona está pagando cada segundo de espera.

Besó la frente de Alma.

Después la entregó a Lucía.

—Sácala de aquí.

—Valentina…

—Ya perdiste a una hija una vez. No permitirás que nadie se lleve a esta.

Lucía abrazó la incubadora.

Valentina se volvió hacia Sebastián.

—No conviertas esto en una despedida.

—Entonces no bajes.

—Conviértelo en un motivo para abrir la puerta.

Se acercó al ascensor.

El sistema reconoció su rostro.

Las puertas se abrieron.

Antes de entrar, Sebastián la tomó y la besó.

No fue un beso romántico.

Fue desesperado, breve y lleno de miedo.

—Voy detrás de ti.

—Primero Alma.

Valentina descendió.

Cuando el ascensor llegó al nivel inferior, las puertas superiores se abrieron y el humo comenzó a salir.

Sebastián, Lucía, Celeste e Irene llevaron a Alma hacia el exterior.

Valentina quedó sola frente a Mauricio.

Él estaba sentado junto a una consola.

Sobre la mesa había una pistola, los tubos de sangre de Alma y un documento de transferencia.

—Siempre supe que elegirías bajar —dijo.

—No porque me conozcas.

—Porque todas las madres creen que su sacrificio es único.

Valentina se acercó.

—Y todos los hombres como tú creen que comprender el amor de una madre significa poder controlarlo.

Mauricio señaló el lector.

—Coloca la mano.

—Primero dime qué hay realmente dentro del archivo.

—El nombre de cada heredero creado por Proyecto Linaje.

—Ya tenemos muchos de esos nombres.

—No todos.

Mauricio sonrió.

—Existe otro hijo de Gabriel Alcázar.

Valentina quedó inmóvil.

—Mientes.

—Nació catorce años antes que Alma.

—Gabriel habría sido muy joven.

—Su muestra fue almacenada durante su tratamiento cardíaco.

—¿Quién es la madre?

—Una mujer a la que Sebastián conoce muy bien.

Mauricio activó una pantalla.

Apareció la fotografía de un adolescente.

Debajo figuraba su nombre:

ELÍAS SOLER.

Madre biológica: Adriana Soler.

Padre biológico: Gabriel Alcázar.

Valentina comprendió que Alma no era la primera descendiente de Gabriel.

Elías era mayor.

Según las reglas originales del fideicomiso, él tenía prioridad sobre todas las acciones.

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Mauricio ya no necesitaba controlar únicamente a Alma.

Tenía otro heredero esperando.

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