Chapter 19 - La votación sin apellidos

Un año después del nacimiento de Alma, el fideicomiso Alcázar seguía congelado.
Valentina controlaba temporalmente el cincuenta y uno por ciento, pero la orden judicial obtenida durante la aparición de Elías impedía realizar cambios definitivos sin su participación.
Elías cumplió dieciséis años poco antes de la nueva votación.
Podía expresar una decisión legalmente reconocida.
La reunión se celebró en un centro comunitario construido sobre un antiguo terreno de Santa Aurelia.
No había una mesa de mármol.
No había retratos familiares.
Las sillas estaban dispuestas en círculo.
Participaban representantes de trabajadores, madres afectadas, jóvenes nacidos mediante Proyecto Linaje, médicos independientes y antiguos accionistas.
Alma permanecía con Daniela en una habitación cercana.
Valentina presentó el plan definitivo.
Los hospitales pasarían a una fundación pública independiente.
Las compañías rentables quedarían repartidas entre trabajadores y fondos de compensación.
Una parte de las acciones se conservaría para financiar tratamientos, educación y búsqueda de identidades.
Ningún descendiente Alcázar recibiría control automático por sangre.
Cada hijo relacionado con el proyecto podría recibir compensación personal, pero no poder sobre los demás.
Un antiguo consejero se levantó.
—La familia construyó estas empresas durante más de cien años.
Lucía respondió:
—También utilizó a mujeres durante más de cuarenta.
—Sin inversión privada, los hospitales caerán.
Valentina mostró un plan financiero preparado por auditores externos.
—Continuarán operando. Lo que desaparecerá es la concentración de voto.
El hombre miró a Elías.
—Eres el descendiente mayor de Gabriel. Podrías dirigir todo esto cuando cumplas dieciocho años.
Elías permaneció en silencio.
Durante meses había estudiado los documentos con abogados independientes.
Sabía cuánto dinero representaba su participación.
También sabía que rechazar el control no significaba rechazar toda compensación por lo que le hicieron.
—Quiero conservar un fondo para mi educación y tratamiento —dijo.
Nadie se opuso.
—También quiero que Adriana tenga acceso a atención médica cuando salga de prisión.
Valentina asintió.
—Eso puede incluirse sin entregarle autoridad.
—Y quiero que la residencia donde viví sea investigada.
Irene respondió:
—Ya hemos abierto el caso.
Elías miró las cifras.
—Pero no quiero ser presidente.
El antiguo consejero intentó persuadirlo.
—Eres joven. No comprendes lo que estás entregando.
—Esa frase se utilizó cada vez que alguien quería decidir por mí.
El hombre guardó silencio.
—He vivido catorce años sin saber que estas acciones existían —continuó Elías—. No necesito gobernar a cuarenta mil personas para demostrar que Gabriel era mi padre.
Firmó el plan.
La votación alcanzó la mayoría necesaria.
Valentina debía emitir el último voto.
Antes de hacerlo, pidió que llevaran a Alma.
La niña tenía un año. Caminaba con pasos inseguros y se aferraba a la mano de Sebastián.
Él ya no vivía con Valentina.
Después del juicio decidieron separarse durante un tiempo. Asistían a terapia individual y compartían la crianza bajo reglas claras.
Sebastián nunca tomaba a Alma de la guardería sin avisar.
No firmaba decisiones médicas sin consultar.
No utilizaba su culpa para exigir que Valentina lo perdonara.
La relación entre ambos era más honesta, aunque todavía incierta.
Valentina tomó a su hija en brazos.
—Cuando seas mayor —dijo—, quizá creas que tomé una decisión equivocada.
Alma jugó con su collar.
—No puedo pedirte que estés de acuerdo hoy. Solo puedo asegurarme de que tendrás acceso a todos los documentos y podrás hacer preguntas.
Pulsó el voto final.
APROBADO.
El fideicomiso Alcázar dejó de existir como instrumento familiar.
Las acciones fueron transferidas.
Los derechos hereditarios especiales desaparecieron.
Las pantallas mostraron el nuevo reparto.
Trabajadores.
Víctimas.
Fondos médicos.
Organizaciones de derechos reproductivos.
Programas para jóvenes afectados.
El nombre de Alma no aparecía como propietaria.
Tampoco el de Elías.
El antiguo consejero salió de la sala.
Otros permanecieron.
Algunas madres lloraron.
Lucía miró la pantalla vacía donde durante décadas aparecía el apellido Alcázar.
—Helena quiso hacer esto —dijo.
—Helena también dejó cláusulas que Mauricio utilizó —respondió Valentina—. No necesitamos convertirla en una santa para reconocer lo que intentó corregir.
Lucía asintió.
Después de la reunión, Sebastián pidió hablar con Valentina en el jardín.
—He encontrado un apartamento cerca de aquí —dijo.
—¿Por Alma?
—Sí. También porque trabajaré con el programa de restitución.
—No necesitas informarme sobre cada decisión personal.
—Lo sé. Pero afecta a la custodia.
Valentina observó que había aprendido a diferenciar transparencia de permiso.
—Está bien.
Sebastián respiró.
—¿Crees que algún día podremos vivir juntos otra vez?
—No lo sé.
—Gracias por no decirlo únicamente para darme esperanza.
—¿Puedes aceptar la incertidumbre?
—Estoy aprendiendo.
Valentina sostuvo su mirada.
—No quiero reconstruir nuestro matrimonio anterior.
—Yo tampoco.
—Allí había demasiado silencio.
—Entonces, si alguna vez construimos algo, tendrá que ser nuevo.
—Sí.
No se besaron.
No hicieron promesas.
Caminaron juntos hacia la sala donde Alma reía con Elías.
Aquella escena no borraba el pasado.
May you like
Pero por primera vez ninguna fortuna esperaba detrás de los niños.
Solo adultos intentando aprender a no utilizar el amor como propiedad.