Chapter 17 - El último testimonio de Augusto

La ambulancia que trasladó a Augusto fue encontrada abandonada junto a una antigua iglesia.
El conductor estaba inconsciente, pero vivo. Las cámaras de tráfico mostraban que otro vehículo recogió al patriarca y se dirigió hacia el distrito financiero.
Mauricio no intentaba esconderse.
Se dirigía hacia la antigua sede de Alcázar Capital.
—El edificio está cerrado desde que comenzó la investigación —dijo Sebastián.
Augusto lo había utilizado durante treinta años para negociar adquisiciones, préstamos y fideicomisos familiares.
En el piso cuarenta y uno se encontraba la primera sala del consejo Alcázar.
—Quiere que muera allí —comprendió Valentina—. En el lugar donde firmó las autorizaciones de Proyecto Linaje.
Irene organizó un equipo de intervención.
Elías insistió en acompañarlos.
—No —respondió Adriana.
—Mauricio me escuchará.
—También puede matarte.
—Ya intentó hacerlo en la reunión.
—Precisamente.
Elías levantó la voz:
—¡No puedes aparecer después de catorce años y empezar a darme órdenes!
Adriana permaneció en silencio.
Valentina se acercó al muchacho.
—Puede pedirte que no vayas.
—Pero tú también quieres detenerme.
—Sí.
—Entonces no existe diferencia.
—La diferencia es que podemos explicarte nuestros motivos y tú puedes continuar negándote. Mauricio te ocultaría la ubicación y decidiría por ti.
Elías miró a Adriana.
—¿Qué ocurrirá si voy?
—Tendrás protección, permanecerás fuera del edificio y podrás hablar con él mediante una línea segura —respondió Irene.
Adriana cerró los ojos.
—No quiero que vaya.
—Lo sé —dijo Elías.
—Pero no intentaré encerrarte.
El adolescente aceptó permanecer dentro de un vehículo protegido.
Valentina también debía quedarse fuera debido a su reciente parto. Esta vez no discutió. Alma estaba con Lucía y un equipo médico en una ubicación segura.
—Entraré yo —dijo Sebastián.
Valentina tomó su mano.
—No vayas para demostrar que puedes ser un héroe.
—Voy porque es mi padre.
—Y porque quieres reparar todo de una vez.
Sebastián no lo negó.
—Regresa vivo. La responsabilidad tarda más que un sacrificio.
Él besó su frente.
—Lo intentaré.
Los agentes entraron por los niveles inferiores.
Mauricio había activado los ascensores, pero bloqueó las escaleras de emergencia.
En el piso cuarenta y uno encontraron a Augusto sentado en la antigua silla del presidente. Tenía una vía conectada al brazo y una cinta alrededor del pecho.
Mauricio permanecía detrás.
En la mesa había un ordenador con el sistema del fideicomiso abierto.
—Llegas tarde, Sebastián —dijo.
—Suéltalo.
—Tu padre está despierto. Puede hablar por sí mismo.
Augusto levantó la cabeza.
Su voz era débil.
—No firmes nada.
Mauricio presionó una jeringa conectada a la vía.
—Una dosis más puede detener su corazón.
Irene ordenó a sus agentes bajar las armas.
—¿Qué quieres? —preguntó Sebastián.
—La declaración de incapacidad de Valentina, la tutela provisional de Alma y el reconocimiento de Elías como heredero principal bajo mi administración.
—Elías no aceptará.
Mauricio sonrió.
—Aceptará cuando vea morir al único hombre capaz de confirmar su lugar en la familia.
Elías escuchaba mediante el comunicador.
—Quiero hablar con él.
Mauricio permitió la conexión.
La voz del adolescente salió por los altavoces.
—Dijiste que querías proteger mi herencia.
—Lo hago.
—Entonces ¿por qué necesitas matar a Augusto?
—Porque representa la generación que intentó ocultarte.
—Tú también me ocultaste.
—Te mantuve a salvo hasta que pudieras reclamar lo que era tuyo.
—Me enseñaste una grabación falsa.
—Una versión simplificada.
—Mataste a Gabriel.
Mauricio endureció la mandíbula.
—Tu padre eligió un ideal por encima de su hijo futuro.
—Ni siquiera sabía que yo existía.
—Habría destruido el fideicomiso.
—Entonces no me protegías a mí. Protegías las acciones.
Valentina escuchó desde el vehículo.
Elías había comprendido la misma diferencia que tantos adultos ignoraron durante décadas.
Mauricio apagó la comunicación.
—Los adolescentes confunden rebeldía con inteligencia.
Augusto comenzó a reír débilmente.
—No. Tú confundes obediencia con control.
Mauricio apretó la jeringa.
Sebastián avanzó.
—¡Espera!
—Firma.
El ordenador mostraba tres documentos.
Sebastián colocó la mano sobre el lector.
—No lo hagas —dijo Augusto.
—No puedo dejar que te mate.
—Eso dije yo cada vez que obedecí a mi padre.
Sebastián miró hacia él.
Augusto continuó:
—Permití que borraran a Lucía porque amenazaron a Helena. Permití que conservaran las muestras de Gabriel porque temía perder la compañía. Permití el procedimiento de Valentina porque creía que el fideicomiso salvaría miles de empleos.
Su respiración se hizo más lenta.
—Cada vez salvé algo inmediato y entregué una parte mayor de nuestra familia.
Mauricio intentó aumentar la dosis.
Augusto arrancó la vía de su brazo.
La aguja salió.
Mauricio lo golpeó.
Sebastián se lanzó sobre él.
Ambos cayeron contra la mesa.
La jeringa rodó por el suelo.
Irene y sus agentes avanzaron, pero Mauricio activó una carga explosiva adherida bajo el escritorio.
—¡Atrás!
Sostenía el detonador.
—Si alguien se acerca, todos caemos.
El edificio comenzó a emitir alarmas.
Mauricio había colocado explosivos alrededor de la estructura principal del piso.
—No saldrás vivo —dijo Irene.
—No necesito salir. Solo necesito asegurarme de que ninguna persona pueda reconstruir el fideicomiso sin mí.
Augusto intentó levantarse.
—El sistema no te necesita.
—Yo lo diseñé.
—Helena lo modificó.
—Con cláusulas sentimentales.
—Con una cosa que nunca comprendiste.
Augusto miró a Sebastián.
—La primera sala del consejo tenía un protocolo manual. Debajo de la silla.
Mauricio giró.
Sebastián aprovechó el instante y golpeó su muñeca.
El detonador cayó.
Irene disparó hacia la mano de Mauricio.
La bala atravesó su palma.
Augusto presionó un pedal oculto bajo la silla.
Paneles de acero descendieron alrededor de los explosivos y bloquearon la señal.
Mauricio intentó correr hacia la ventana.
Sebastián lo derribó.
Por primera vez, el abogado perdió completamente la compostura.
—¡Todo esto me pertenece! —gritó—. ¡Yo mantuve viva a esa familia mientras vosotros llorabais, dudabais y os enamorabais de personas equivocadas!
Augusto lo miró desde el suelo.
—No mantuviste viva una familia. Conservaste una máquina.
Los agentes esposaron a Mauricio.
Sebastián corrió hacia su padre.
Augusto apenas respiraba.
Los médicos entraron.
Mientras lo colocaban sobre una camilla, él tomó la mano de su hijo.
—Tengo que declarar.
—Después.
—No.
—Estás muriendo.
—Por eso ahora.
Irene activó una grabadora.
Augusto confesó todas las autorizaciones que firmó: las muestras genéticas, los traslados, las cuentas, los diagnósticos y las amenazas que decidió ignorar.
No culpó únicamente a Mauricio.
—Yo tenía poder suficiente para preguntar —dijo—. Elegí no hacerlo cuando la respuesta podía obligarme a perder algo.
También reconoció a Lucía como heredera y confirmó que Elías debía tener acceso a su identidad, pero no ser utilizado como propietario automático del imperio.
—¿Qué desea que ocurra con el fideicomiso? —preguntó Irene.
Augusto miró a Sebastián.
—Lo que Valentina decida después de escuchar a quienes dañamos.
Minutos después perdió el conocimiento.
Murió dentro de la ambulancia.
Sebastián permaneció junto al cuerpo de su padre.
No lloró inmediatamente.
Miró las torres construidas por la familia y comprendió que Augusto había esperado hasta sus últimos minutos para hacer aquello que pudo haber hecho décadas antes.
Decir la verdad completa.
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Era demasiado tarde para muchas víctimas.
Pero no para impedir que Mauricio volviera a esconderse detrás de él.