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Chapter 1 - El teléfono escondido

El teléfono estaba oculto detrás del péndulo de un antiguo reloj de nogal.

Desde el exterior, nadie habría advertido su presencia. La pantalla quedaba cubierta por la puerta de cristal ahumado y la pequeña lente apuntaba directamente hacia el centro de la biblioteca de la mansión Caldwell.

La transmisión llevaba activa nueve minutos.

Camila Reyes permanecía sentada en un sillón de terciopelo, con una mano sobre su vientre de ocho meses. Llevaba un vestido dorado que había elegido para la cena de aniversario de Arthur Caldwell, el patriarca de la familia. Sin embargo, la fiesta continuaba al otro lado de la mansión y ella se encontraba encerrada con Sebastián, su esposo.

Él caminaba frente a la chimenea con una carpeta entre las manos.

Su chaqueta color vino estaba abierta y la camisa blanca tenía dos botones desabrochados. Parecía el hombre encantador con el que Camila se había casado tres años antes, pero su mirada estaba llena de una ansiedad que ella ya no podía seguir confundiendo con preocupación.

—Firma —ordenó Sebastián.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

Camila no la tocó.

—Ya te dije que no.

—No has leído todas las cláusulas.

—He leído suficiente.

El documento otorgaba a Sebastián poder irrevocable para representar a la hija que todavía no había nacido. También le permitía administrar cualquier participación empresarial, herencia o fideicomiso vinculado a la niña hasta que cumpliera veintiún años.

Había una cláusula todavía más peligrosa.

Si Camila era declarada física o psicológicamente incapaz, Sebastián recibiría control sobre sus bienes personales y sobre cualquier acción que ella pudiera reclamar dentro de Caldwell Biotechnics.

—Es una medida temporal —dijo él.

—La palabra “irrevocable” aparece diecisiete veces.

—Mis abogados utilizan fórmulas estándar.

—Tus abogados trabajan para tu padre.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Precisamente por eso debemos firmar antes de que Arthur descubra cuánto sabes.

Camila observó discretamente el reloj.

El teléfono continuaba transmitiendo.

Había enviado el enlace a Lucía Vega, su mejor amiga y abogada. También lo había enviado al propio Arthur Caldwell.

No confiaba en el patriarca.

Pero sabía que Arthur no permitiría que su hijo obtuviera el control del fideicomiso sin que él estuviera presente.

Camila necesitaba que los dos hombres se vigilaran entre sí.

—¿Cuánto sé sobre qué? —preguntó.

Sebastián la miró.

—No hagas esto.

—Quiero escucharlo de ti.

—Has estado revisando documentos que no te pertenecen.

—Encontré pagos de Caldwell Biotechnics a una clínica que oficialmente cerró hace quince años.

—No tiene relación con nuestra hija.

—También encontré el nombre de mi madre.

El color desapareció del rostro de Sebastián.

Aquella reacción confirmó que conocía los archivos.

Marisol Reyes había muerto cuando Camila tenía once años. Según el informe oficial, sufrió un accidente de carretera después de abandonar el laboratorio donde trabajaba.

Camila siempre creyó que su madre era una contable dentro de una pequeña empresa farmacéutica.

Los documentos indicaban algo diferente.

Marisol participó en la creación de la primera patente de Caldwell Biotechnics.

Su nombre fue eliminado meses antes de morir.

—Tu madre trabajó brevemente con la empresa —dijo Sebastián.

—Diseñó parte del tratamiento que convirtió a vuestra familia en multimillonaria.

—No conoces toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

—No puedo.

—Pero sí puedes obligarme a firmar.

Sebastián golpeó la mesa con la carpeta.

Camila se estremeció. Sintió que la niña se movía dentro de ella.

El miedo de Sebastián se transformó rápidamente en rabia.

—Mi padre controla cada cuenta, cada abogado y cada miembro del consejo. Cuando nazca la niña, utilizará el fideicomiso para quedarse con todo.

—¿Por qué nuestra hija recibiría acciones?

Sebastián caminó hacia ella.

—Porque será la primera bisnieta legítima de Henry Caldwell.

—Arthur tiene otros nietos.

—Ninguno nació dentro de un matrimonio reconocido por el fideicomiso.

—¿Cuánto heredará?

Él guardó silencio.

—Sebastián.

—El veintisiete por ciento.

Camila contuvo el aliento.

Arthur poseía directamente el treinta y uno por ciento de Caldwell Biotechnics. Sebastián controlaba el dieciocho. El resto estaba repartido entre familiares, fondos y empleados.

Con el voto de la niña, alguien podría controlar la empresa.

—No querías proteger a nuestra hija —dijo Camila—. Querías utilizarla para superar a tu padre.

—Quiero protegernos a los tres.

—Obligándome a renunciar a todos mis derechos.

—Solo hasta que Arthur quede fuera.

—Después me los devolverás.

—Sí.

Camila soltó una risa amarga.

—Los hombres de tu familia hablan mucho de devolver cosas que nunca debieron tomar.

Sebastián se acercó un paso más.

—Firma.

—No.

—Camila, no tengo tiempo.

—Yo tampoco. Puedo dar a luz en cualquier momento.

—Precisamente.

Él tomó su muñeca y trató de colocarle un bolígrafo entre los dedos.

Camila se levantó.

—Suéltame.

—No conviertas esto en algo peor.

—Ya lo has hecho.

Intentó apartarse, pero Sebastián bloqueó el camino.

Camila retrocedió hasta chocar contra otro sillón.

—Estás asustándome.

—Solo necesito tu firma.

—Nuestra hija puede sentir mi miedo.

—Deja de utilizar al bebé contra mí.

La frase la dejó inmóvil.

—¿Utilizarla contra ti?

—Sabes que no puedo permitir que le ocurra nada.

—Entonces apártate.

Sebastián miró hacia la puerta, como si esperara que alguien apareciera.

No sabía que Arthur ya estaba observando la transmisión.

—Mi madre dijo que harías esto —murmuró.

—¿Victoria preparó los documentos?

—Intentaba ayudarnos.

—Tu madre me pidió que abortara cuando descubrió el embarazo.

—Estaba preocupada por tu salud.

—Me ofreció cinco millones de dólares para desaparecer.

Sebastián agarró sus hombros.

—¡Firma de una vez!

Camila perdió el equilibrio.

Cayó sobre el sillón, protegiendo instintivamente el vientre. Un dolor agudo atravesó la parte baja de su abdomen.

—Camila.

Sebastián palideció.

Ella llevó una mano al vientre.

—No me toques.

—No quería empujarte.

—Pero lo hiciste.

—Fue un accidente.

—Todo en esta familia se convierte en accidente después de dejar una marca.

Las puertas de la biblioteca se abrieron de golpe.

Arthur Caldwell apareció en el umbral.

Tenía setenta y dos años, cabello plateado y un traje negro impecable. Dos hombres de seguridad permanecían detrás de él.

La furia deformaba su rostro.

—Aléjate de ella.

Sebastián se volvió.

—Padre.

Arthur entró y señaló a su hijo.

—He visto todo.

Sebastián miró alrededor.

Sus ojos encontraron el reloj.

Comprendió.

—Camila preparó esto.

Arthur no apartó la mirada.

—Y tú le diste exactamente lo que necesitaba.

—No sabes lo que está ocurriendo.

—Sé que atacaste a una mujer embarazada para conseguir una firma.

—Intentaba impedir que tú controlaras a mi hija.

Arthur golpeó a Sebastián con el bastón en el pecho.

—No vuelvas a llamarla tuya como si fuera una propiedad.

Camila observó al patriarca.

Las palabras parecían nobles.

Pero Arthur no la miraba a ella.

Miraba su vientre.

Como un hombre contemplando una caja fuerte que su hijo había intentado abrir antes que él.

—Necesito un médico —dijo Camila.

Arthur hizo una señal a seguridad.

—Llevadla a mi clínica.

—No iré a ningún hospital Caldwell.

—Es el mejor centro de la costa.

—Y pertenece a la familia que acaba de intentar quitarme los derechos sobre mi hija.

Arthur se acercó.

—Camila, estás bajo mi protección.

Ella sostuvo su mirada.

—Eso todavía no está demostrado.

Sacó el teléfono del reloj.

La transmisión continuaba activa.

Sebastián parecía destruido. Arthur, furioso. Los guardias, confundidos.

Camila levantó el dispositivo.

—La grabación ya está en tres servidores.

Arthur perdió parte de su seguridad.

—No debiste transmitir asuntos familiares.

—La violencia deja de ser un asunto familiar cuando se convierte en evidencia.

Otra contracción atravesó su vientre.

Camila se apoyó sobre el reloj.

Lucía apareció en la puerta acompañada por paramédicos de un hospital público.

Arthur miró a los recién llegados.

—¿También los llamaste antes?

Camila respiró con dificultad.

—Aprendí hace mucho que nadie debe preparar una trampa sin diseñar primero su propia salida.

Los paramédicos la colocaron en una camilla.

Cuando pasaron junto a Sebastián, él extendió una mano.

—Camila, lo siento.

Ella no respondió.

Al cruzar el vestíbulo vio a Victoria Caldwell junto a las escaleras. La madre de Sebastián llevaba un vestido rojo y sostenía una copa de champán.

No parecía sorprendida.

Tampoco preocupada.

Sonreía.

Camila comprendió entonces que Victoria sabía que el teléfono estaba dentro del reloj.

Y, quizá, había querido que Arthur viera a su propio hijo perder el control.

La grabación no había capturado únicamente un ataque.

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Había abierto una guerra dentro de la familia Caldwell.

Una guerra en la que el premio todavía dormía dentro del vientre de Camila.

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