Capítulo 9 - La superviviente de Buenos Aires

Camila viajó a Argentina acompañada por Irene, Diego y dos investigadores españoles.
El viaje se mantuvo en secreto. Oficialmente, ella permanecía en Madrid colaborando con la fiscalía. Temían que los aliados de Esteban descubrieran el destino y llegaran antes.
La dirección de Teresa correspondía a una pequeña clínica de rehabilitación en las afueras de Buenos Aires.
La doctora Elena Santos trabajaba allí tres días por semana.
Cuando Camila mostró una fotografía de Laura Santisteban, una recepcionista la reconoció de inmediato.
—Aquí todos la llaman Elena.
—Necesito hablar con ella sobre Javier Ortega.
La mujer se puso nerviosa.
—La doctora no recibe visitas sin cita.
—Dígale que soy su hija.
Pocos minutos después, una mujer de unos cincuenta años apareció en el corredor. Caminaba con ayuda de un bastón y tenía cicatrices visibles en el cuello y en la mano izquierda.
Al ver a Camila, dejó de moverse.
—Te pareces a él.
Camila sintió que aquella frase confirmaba todo.
Laura las condujo a un despacho privado.
—Esperé este día durante muchos años —dijo—. Aunque deseaba que nunca llegara.
—¿Mi padre participó en los ensayos?
—Sí.
Camila agradeció la respuesta directa, aunque dolía.
Laura relató que, cuando tenía veintiséis años, sufría una enfermedad autoinmune. La clínica de Javier le ofreció un tratamiento experimental gratuito. Ella firmó documentos, pero no le explicaron los riesgos reales.
Sufrió fallos orgánicos y permaneció varias semanas en coma.
Otros pacientes murieron.
—Javier sabía que el medicamento no estaba aprobado —dijo Laura—. Al principio siguió las órdenes de Esteban. Después empezó a cuestionarlo.
—¿Cuándo?
—Cuando murió una niña de doce años.
Camila cerró los ojos.
Su padre necesitó la muerte de una niña para enfrentarse al sistema.
Ella también había despertado completamente después de perder a Sofía.
La semejanza le produjo vergüenza y tristeza.
—Javier me visitó en secreto —continuó Laura—. Me entregó copias de los registros y dinero para desaparecer. Dijo que iba a denunciarlo todo.
—Pero no lo hizo.
—Murió al día siguiente.
Laura abrió un armario y sacó una caja metálica.
Dentro había fotografías, análisis, contratos y cintas de audio.
En una grabación, Esteban hablaba con Javier.
—Has ganado más dinero del que habrías visto en toda tu vida —decía Esteban—. No finjas ser moral ahora.
—Han muerto personas.
—Personas que ya estaban enfermas.
—No nos dieron permiso para esto.
—Tú firmaste los informes.
—Y voy a entregarlos.
Después se escuchaba un golpe.
—Piensa en Camila —amenazaba Esteban—. Los accidentes no distinguen entre padres e hijas.
Javier respondió:
—Precisamente por ella tengo que detenerte.
La grabación terminaba.
Camila dejó los auriculares.
—Mi padre sabía que podían matarlo.
—Sí.
—¿Por qué no me llevó consigo?
—Porque creyó que, si desaparecía contigo, Esteban os encontraría. Pensó que la denuncia pública sería más segura.
—Se equivocó.
Laura asintió.
—Todos nos equivocamos.
La última cinta fue grabada después de la muerte de Javier. Se escuchaban Esteban y un funcionario policial.
—El coche quedó completamente destruido —decía el agente—. Nadie sospechará.
—¿Y la hija?
—La abuela se ocupará de ella.
—Vigílala. Si encuentra los registros, habrá que resolverlo.
Camila sintió frío.
Había sido vigilada desde los veintidós años.
Su matrimonio con Gabriel quizá tampoco había sido una coincidencia.
—¿Esteban hizo que su hijo se acercara a mí?
Laura no lo sabía, pero Diego encontró la respuesta en los archivos.
Gabriel había conocido a Camila durante una conferencia médica. Los registros mostraban que Esteban había financiado su asistencia y proporcionado a Gabriel información sobre los proyectos de MedCare.
El romance fue una operación desde el principio.
—¿Gabriel llegó a amarme alguna vez? —preguntó Camila, más para sí misma que para los demás.
Irene respondió con suavidad:
—Quizá sintió algo. Pero los sentimientos no borran lo que eligió hacer.
Laura aceptó viajar a España y testificar. También autorizó la publicación de los nombres de los pacientes, respetando la privacidad de las familias.
Antes de abandonar la clínica, entregó a Camila una carta de Javier.
—Me pidió que te la diera solo si decidías conocer toda la verdad.
Camila la abrió en el hotel.
Hija:
No quiero que defiendas mi memoria. Quiero que hagas lo que yo no tuve valor de hacer a tiempo. Si mi nombre debe desaparecer para que las víctimas sean escuchadas, déjalo desaparecer. Un padre no merece ser amado por la mentira que deja, sino por la posibilidad de que sus hijos sean mejores que él.
Camila lloró hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente, Irene recibió una alerta desde Madrid.
Gabriel Montenegro había sido trasladado al hospital después de sufrir una supuesta crisis durante el interrogatorio.
En el trayecto, el vehículo policial fue atacado.
Dos agentes resultaron heridos.
Gabriel había escapado.
—¿Quién lo ayudó? —preguntó Camila.
—Todavía no lo saben.
Minutos después, recibió una llamada desde un número español.
La voz de Gabriel apareció al otro lado.
—Necesito que me escuches.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—La policía te encontrará.
—Mi padre me matará si lo hace antes.
Camila guardó silencio.
—Esteban organizó mi fuga —continuó Gabriel—. Quiere que recupere las pruebas de Laura.
—Entonces entrégate.
—No puedo confiar en la policía. Todavía tiene hombres dentro.
—¿Por qué debería confiar en ti?
—Porque sé quién fotografió el balcón.
Camila recordó la imagen anónima recibida durante el funeral.
—¿Quién?
—Yo.
Elena sintió que la rabia le cerraba la garganta.
—Estabas allí.
—Sí.
—Viste caer a Sofía.
—Y tomé una fotografía.
—¿En lugar de salvarla?
—Estaba reuniendo pruebas contra mi padre.
Camila no podía creer lo que escuchaba.
—Utilizaste a nuestra hija como parte de una operación.
—No sabía que Lucía la arrojaría.
—Pero sabías que estaba en peligro.
Gabriel comenzó a llorar.
—Quería sacar a Esteban de nuestras vidas. Pensé que si conseguía la tarjeta y fotografiaba la reunión, podría negociar una salida para nosotros.
—No existía un “nosotros” mientras permitías que amenazaran a Sofía.
—Camila, tengo una copia del archivo principal de Proyecto Horizonte. También tengo la grabación completa de la noche de la tormenta.
—Entrégala.
—Solo si vienes sola.
—No.
—Entonces tu padre quedará como el único responsable de los ensayos. Esteban destruirá la parte donde admite los asesinatos.
Gabriel le envió una ubicación.
Un antiguo sanatorio abandonado cerca de Madrid.
—Tienes hasta mañana a medianoche.
La llamada terminó.
Irene negó con la cabeza.
—Es una trampa.
—Lo sé.
—No irás.
Camila miró la carta de su padre y después la fotografía de Sofía que guardaba en su teléfono.
—Gabriel cree que todavía puede obligarme a elegir entre una prueba y mi seguridad.
—¿Y qué harás?
—Le demostraré que ya no tomo decisiones sola.
Camila envió la ubicación a la fiscalía.
Regresaría a España con Laura.
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Gabriel quería una reunión privada.
En cambio, encontraría a una madre, una testigo, la policía y todas las voces que su familia había intentado silenciar.