Capítulo 11 - La verdad delante de las cámaras

Tres días después de la operación en el sanatorio, Camila Ortega entró en la sede temporal de MedCare Europa acompañada por Irene Valdés y varios representantes de la fiscalía.
El incendio había dejado inutilizados dos pisos del edificio principal. Los empleados trabajaban desde hospitales, oficinas alquiladas y salas de reuniones improvisadas. A pesar del caos, ningún tratamiento urgente había sido cancelado. Los médicos compartían historiales mediante copias de seguridad y los equipos administrativos procesaban las nóminas manualmente.
Camila se detuvo frente a una pared cubierta de fotografías.
En el centro aparecía Javier Ortega sonriendo durante la inauguración de la primera clínica.
Durante años, Camila había contemplado aquella imagen con orgullo. Su padre representaba el origen de todo: el médico humilde, el hombre que atendía gratuitamente a quienes no podían pagar y el padre que le enseñó que una vida humana nunca debía medirse por su riqueza.
Ahora sabía que también había falsificado informes, ocultado muertes y aceptado dinero de Esteban Montenegro.
Javier había intentado arrepentirse.
Pero las víctimas habían pagado antes de que encontrara valor para hacerlo.
—Los periodistas están preparados —dijo Irene.
—¿Cuántos?
—Más de cien. También asistirán representantes de los pacientes y de los trabajadores.
—¿El consejo?
—Quiere que suspendas la conferencia.
Camila sonrió sin alegría.
La noche anterior, cuatro miembros del consejo le habían pedido que no revelara públicamente el origen del capital de MedCare. Argumentaban que la investigación todavía estaba abierta y que cualquier declaración podía provocar la pérdida de contratos, demandas colectivas y una caída irreversible del valor de la empresa.
Uno de ellos había dicho:
—No eres responsable de lo que hizo tu padre.
Camila había respondido:
—Pero me beneficié de aquello que hizo, aunque no lo supiera.
En el auditorio, las cámaras se encendieron cuando ella apareció. No llevaba maquillaje elaborado ni ropa de luto diseñada para provocar compasión. Vestía un traje azul oscuro y llevaba el collar de Sofía alrededor del cuello.
Se colocó frente al micrófono.
Durante unos segundos, no pudo hablar.
En la primera fila se encontraban familiares de algunos pacientes utilizados en los ensayos clandestinos. Laura Santisteban permanecía entre ellos, apoyada en su bastón.
Camila respiró profundamente.
—Mi nombre es Camila Ortega. Soy fundadora y presidenta de MedCare Europa. También soy hija de Javier Ortega y madre de Sofía Montenegro Ortega.
El nombre de la niña hizo que su voz temblara.
—Durante años afirmé que esta empresa nació del esfuerzo, la vocación médica y el deseo de mi padre de ofrecer atención digna a todas las personas. Parte de esa historia es cierta. Pero no es toda la verdad.
La pantalla detrás de ella mostró los documentos recuperados en el sanatorio.
Camila explicó cómo Javier aceptó financiación ilegal para permitir ensayos no autorizados. Habló de los pacientes que sufrieron daños permanentes y de quienes murieron sin conocer el verdadero motivo.
No intentó presentar a su padre como un héroe.
—Javier Ortega acabó reuniendo pruebas contra la red de Esteban Montenegro. Ayudó a Laura Santisteban a escapar y pagó con su vida cuando quiso denunciar los delitos. Pero su arrepentimiento no elimina sus decisiones anteriores.
Un periodista levantó la mano.
—¿Está afirmando que MedCare fue fundada con dinero procedente de experimentos ilegales?
—Sí.
El auditorio estalló en murmullos.
—¿Usted lo sabía?
—No. Pero mi desconocimiento no devuelve la vida ni la salud a las víctimas.
Otro periodista preguntó si pensaba dimitir.
—A partir de hoy renuncio temporalmente a todas mis funciones ejecutivas. Una comisión independiente revisará cada contrato, cada propiedad y cada euro utilizado para construir MedCare.
Varios directivos se miraron alarmados.
—¿No teme que la compañía se derrumbe?
—Temo más que continúe existiendo gracias a una mentira.
Camila anunció la creación de un fondo inicial de ciento cincuenta millones de euros. El dinero procedería de sus acciones personales, de los bienes congelados de los Montenegro y de las propiedades vinculadas con Proyecto Horizonte.
El fondo indemnizaría a los supervivientes de los ensayos y a las familias de quienes habían muerto.
—También eliminaremos el nombre de Javier Ortega de todos los edificios —continuó— hasta que las víctimas decidan cómo debe recordarse esta historia.
Una mujer de la primera fila se levantó.
Era Ana Beltrán, hermana de una joven que murió durante los ensayos.
—¿Y cree que el dinero solucionará algo?
Camila la miró directamente.
—No.
—Mi hermana tenía diecinueve años. Le dijeron que recibiría un tratamiento gratuito. Murió creyendo que su enfermedad la había matado.
—Lo sé.
—Usted vivió una vida de lujo con el dinero que salió de su muerte.
La acusación golpeó a Camila con toda su fuerza.
Algunos miembros de seguridad se acercaron, pero ella levantó una mano para detenerlos.
—Tiene derecho a decirlo.
Ana avanzó hasta el pasillo.
—¿Por qué debemos creer que esto no es otra estrategia para proteger su empresa?
—No deben creerme hoy. Deben observar lo que hagamos a partir de ahora.
—Todo el mundo pide tiempo cuando ya ha disfrutado del beneficio.
Camila bajó la cabeza.
—Tiene razón.
La mujer pareció sorprendida.
—No puedo pedirle perdón en nombre de mi padre. Tampoco puedo exigirle que acepte el mío. Solo puedo entregarle los documentos, renunciar al control de la investigación y asegurarme de que nadie vuelva a ocultar lo ocurrido.
Laura se levantó.
—Ana, yo estuve allí.
Las dos mujeres se miraron.
—Javier firmó documentos falsos —continuó Laura—. También me ayudó a escapar cuando decidió enfrentarse a Esteban. Las dos cosas son verdad.
Ana respondió:
—Mi hermana no tuvo la oportunidad de escapar.
—No —admitió Laura—. Por eso su nombre debe permanecer en esta historia.
Camila ordenó proyectar la lista completa de pacientes.
Uno por uno, los nombres aparecieron en la pantalla.
No eran códigos ni números de expediente.
Eran personas.
La conferencia duró casi dos horas. Los periodistas preguntaron por Gabriel, por el asesinato de Sofía y por la supuesta incapacidad mental que la familia Montenegro había intentado atribuirle.
Camila respondió únicamente sobre hechos confirmados.
—¿Todavía considera a Gabriel Montenegro su esposo? —preguntó una reportera.
—Legalmente, el proceso de divorcio ha comenzado.
—¿Lo perdonará?
Camila sostuvo el collar de Sofía.
—El perdón no es una herramienta pública. No se anuncia frente a cámaras para parecer una buena persona. Si algún día existe, será un asunto privado. La justicia, en cambio, pertenece a todos.
Después de la conferencia, las acciones de MedCare cayeron un treinta y ocho por ciento.
Dos bancos suspendieron líneas de crédito. Tres socios internacionales cancelaron acuerdos y varios consejeros presentaron su renuncia.
Aquella noche, Camila regresó a la casa segura agotada.
Irene dejó sobre la mesa una carpeta.
—El consejo quiere vender seis hospitales para cubrir las pérdidas.
—¿A quién?
—A un fondo relacionado con antiguos socios de Esteban.
Camila rio con amargura.
Incluso después de su arresto, la red intentaba alimentarse de la crisis.
—No venderemos.
—Ya no eres presidenta ejecutiva.
—Pero sigo siendo la principal accionista. Convoca a los empleados, a los médicos y a los representantes de pacientes. Si MedCare debe sobrevivir, no continuará siendo propiedad de una sola familia.
—¿Qué estás pensando?
—Convertir una parte de la empresa en una fundación pública y otra en acciones para los trabajadores.
Irene la observó.
—Perderás el control.
Camila miró la fotografía de Sofía que llevaba en la cartera.
—El deseo de controlar fue lo que destruyó a los Montenegro.
Al día siguiente, recibió una carta desde el hospital penitenciario.
Gabriel había sobrevivido al disparo y solicitaba verla.
Camila estuvo a punto de rechazarla.
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Entonces leyó la última línea escrita por él:
Sofía dejó un mensaje que todavía no has escuchado.