Capítulo 10 - El sanatorio de los muertos

El sanatorio de Santa Irene llevaba cerrado más de veinte años.
Se encontraba entre montañas, lejos de carreteras transitadas. Durante décadas había pertenecido a una sociedad relacionada con los Montenegro. Oficialmente, allí se trataban enfermedades respiratorias. Según los archivos de Laura, algunas pruebas médicas clandestinas también se realizaron en sus habitaciones.
Camila llegó poco antes de medianoche.
Llevaba un abrigo oscuro y una cámara oculta en el botón. Los agentes se encontraban distribuidos entre los árboles. Irene observaba la transmisión desde una unidad móvil. Laura permanecía en un lugar seguro.
Gabriel había exigido que Camila entrara sin teléfono y sin acompañantes.
Ella dejó el coche junto a la entrada.
Las puertas del sanatorio estaban abiertas.
En el vestíbulo olía a humedad y medicamentos antiguos. Una fila de sillas cubiertas de polvo se extendía junto a la pared. Sobre el suelo aparecían huellas recientes.
—Gabriel —llamó.
Su voz resonó por los corredores vacíos.
Una luz se encendió en el segundo piso.
Camila subió lentamente.
Encontró a Gabriel en una antigua sala de operaciones. Tenía una herida en la frente y llevaba una pistola en la cintura. Sobre una mesa descansaban varios discos duros.
—Viniste.
—Dijiste que tenías la grabación completa.
—Primero quiero que me ayudes a salir del país.
—No.
Gabriel rio con desesperación.
—Ni siquiera quieres escuchar mi explicación.
—La escuché durante años. Siempre hay alguien más responsable. Tu madre, tu padre, Lucía, el miedo, la empresa. Nunca tú.
—Intenté salvarte.
—Te acercaste a mí por orden de Esteban.
—Al principio.
—Te casaste conmigo sabiendo que tu familia quería MedCare.
—Me enamoré de ti.
—Y cuando el amor entró en conflicto con el poder, elegiste el poder.
Gabriel miró los discos.
—Mi padre me crió para obedecer. Cuando intenté salir, amenazó con destruirte.
—Entonces debiste contarme la verdad.
—No habrías confiado en mí.
—Porque no eras digno de confianza.
La frase lo golpeó.
—Sofía descubrió todo por accidente —continuó Gabriel—. Escuchó a Esteban hablando con Teresa. Yo quería recuperar la tableta antes que ellos. Pensaba borrar los archivos y marcharnos los tres.
—Pero bloqueaste la escalera.
—Para que no bajara hacia mi padre.
—Lucía la llevó al balcón.
—Yo le dije que la sujetara.
—Y cuando te pidió permiso, asentiste.
Gabriel comenzó a temblar.
—Pensé que preguntaba si debía quitarle la tableta.
—Alma escuchó tus palabras.
—Dije “hazlo antes de que hable”, pero me refería a recuperar la memoria.
—¿Y después de la caída?
Él bajó la cabeza.
—Entré en pánico.
—Permitiste que Teresa ocultara las pruebas. Dejaste que me llamaran loca. Intentaste quitarme la empresa.
—Esteban dijo que, si me negaba, te mataría.
—Y elegiste salvarte.
Gabriel levantó los ojos.
—Sí.
Aquella fue la primera respuesta completamente honesta que Camila le escuchó.
—Elegí salvarme —repitió—. Y cada decisión después de eso me hizo más difícil volver atrás.
Camila miró los discos.
—Entrégalos.
—Necesito protección.
—Testifica y acepta las consecuencias.
—Pasaré el resto de mi vida en prisión.
—Sofía no tendrá resto de su vida.
Gabriel cerró los ojos.
Antes de responder, se oyó el sonido de un bastón en el corredor.
Esteban entró acompañado por dos hombres armados.
—Siempre fuiste decepcionante, Gabriel.
El rostro del hijo se transformó.
—Me dijiste que esperarías.
—Te di la oportunidad de recuperar los archivos. En cambio, llamaste a tu esposa.
Esteban miró hacia Camila.
—Sabía que vendrías.
—La policía también.
El anciano sonrió.
—Mis hombres controlan la carretera.
Uno de sus acompañantes levantó un dispositivo que interfería las comunicaciones. La señal de la cámara se cortó.
En la unidad móvil, Irene perdió la imagen.
Dentro del sanatorio, Camila permaneció quieta.
—Dame los discos —ordenó Esteban a Gabriel.
—No.
—Todavía puedes demostrar que eres mi hijo.
—Sofía era mi hija.
—Y murió por tu debilidad.
Gabriel sacó la pistola.
Los hombres de Esteban apuntaron al mismo tiempo.
Camila se colocó entre ambos.
—Si empiezan a disparar, los archivos pueden destruirse.
—Hay copias —dijo Esteban.
—No de la confesión de Javier ni de las grabaciones completas.
Esteban dudó.
Camila comprendió que tenía razón.
—Gabriel, coloca los discos en el suelo.
Él obedeció lentamente.
—Ahora aléjate.
Esteban avanzó hacia la mesa.
Camila sacó del bolsillo una pequeña alarma manual y la activó. No dependía de señales externas. El sonido agudo resonó por todo el edificio.
Los agentes ocultos reconocieron la señal de emergencia.
Esteban golpeó a Camila con el bastón.
Gabriel se lanzó contra su padre.
Los dos hombres armados dispararon hacia el techo cuando las luces se apagaron. Diego había conseguido acceder al antiguo sistema eléctrico desde un edificio auxiliar.
En la oscuridad, Camila cayó al suelo.
Escuchó una lucha, un grito y otro disparo.
Las puertas del sanatorio se abrieron violentamente.
—¡Policía! ¡Suelten las armas!
Las linternas iluminaron la sala.
Uno de los hombres estaba herido en el hombro. El otro había sido reducido. Esteban permanecía junto a la pared, esposado.
Gabriel yacía en el suelo.
Una mancha oscura se extendía sobre su camisa.
Camila se arrodilló junto a él.
—Llamen a los médicos.
Gabriel respiraba con dificultad.
—Mi padre disparó.
—No hables.
—La grabación… tercer disco.
Camila tomó su mano.
Durante años había amado a aquel hombre. En ese momento no sabía si sentía compasión, dolor o simplemente el recuerdo de quien creyó que era.
—Sofía me llamó antes de caer —susurró Gabriel—. Dijo que tenía miedo.
Camila sintió las lágrimas.
—¿Qué le dijiste?
—Que obedeciera a su tía.
Su voz se quebró.
—Pude salvarla.
—Sí.
Camila no le ofreció una mentira para aliviarlo.
Gabriel lloró.
—Lo siento.
—Tu arrepentimiento pertenece al juicio. Mi perdón no puede devolverte lo que destruiste.
Los paramédicos llegaron y se lo llevaron. Sobreviviría, pero su estado era grave.
Diego recuperó el tercer disco.
La grabación completa mostraba a Esteban ordenando que nadie permitiera a Sofía salir de la casa. Mostraba a Gabriel bloqueando la escalera, a Lucía llevando a la niña al balcón y a Teresa ordenando borrar las cámaras.
También captaba la conversación posterior.
—Diremos que cayó sola —decía Esteban—. Después convertiremos a Camila en una viuda emocional antes de que alguien empiece a preguntar.
—¿Una viuda? —preguntaba Gabriel.
Esteban respondía:
—Cuando firme, ya no necesitaremos mantenerte casado con ella.
El plan incluía matar también a Camila.
Los discos contenían además las pruebas de los ensayos médicos, la orden para provocar el accidente de Javier y las cuentas del Proyecto Horizonte.
Por primera vez, el caso estaba completo.
Al amanecer, Esteban fue trasladado ante la prensa. Ya no llevaba silla de ruedas ni fingía debilidad. Las cámaras mostraron al verdadero hombre que había dirigido el imperio Montenegro.
Camila salió del sanatorio con el collar de Sofía en la mano.
Irene se acercó.
—Lo conseguimos.
Camila miró las montañas.
—No. Sofía lo consiguió.
La niña había escondido las pruebas, dejado pistas y protegido la verdad incluso cuando todos los adultos a su alrededor habían fallado.
—Ahora viene la parte más difícil —dijo Camila.
—¿El juicio?
—No.
Pensó en las familias de los pacientes, en el dinero que había financiado MedCare y en el nombre de su padre sobre los edificios.
—Decir públicamente que mi empresa también nació de un crimen.
El sol comenzaba a atravesar las nubes.
Camila sostuvo el collar contra su pecho.
Había prometido destruir a todas las personas responsables de la muerte de su hija.
Pero la justicia no consistiría únicamente en enviarlas a prisión.
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También tendría que destruir las mentiras que la beneficiaban a ella misma.
Y construir algo nuevo sobre la verdad.