Capítulo 1 - La caída desde el balcón

La tormenta cubría Madrid con una oscuridad impropia de las siete de la tarde. Los relámpagos iluminaban las avenidas durante breves segundos, mientras el agua golpeaba con violencia los cristales del automóvil de Camila Ortega.
El conductor redujo la velocidad al acercarse a la mansión de los Montenegro.
—Señora, quizá deberíamos esperar dentro del coche hasta que disminuya la lluvia.
Camila no respondió. Mantenía la mirada fija en la casa de dos plantas que se levantaba detrás de los jardines. Había regresado de Londres un día antes de lo previsto y no había avisado a nadie. Durante la última semana, cada llamada con su hija había terminado de forma extraña.
Sofía tenía seis años. Siempre hablaba sin parar, pero últimamente contestaba con frases cortas y miraba constantemente hacia la puerta de su habitación.
La noche anterior, la niña había susurrado:
—Mamá, cuando vuelvas tengo que contarte un secreto.
Antes de que Camila pudiera preguntarle de qué se trataba, alguien entró en la habitación. La llamada se cortó inmediatamente.
Camila intentó comunicarse de nuevo, pero su esposo, Gabriel Montenegro, respondió desde el teléfono de la niña.
—Sofía se ha dormido. Está cansada.
—Solo quiero escuchar su voz.
—Deja de preocuparte por todo. Aquí está perfectamente.
Gabriel había pronunciado aquellas palabras con una irritación que Camila no comprendió. Ahora, mientras observaba la mansión bajo la lluvia, sintió que algo estaba mal.
Abrió la puerta del coche.
—Espéreme aquí.
Corrió hacia la entrada principal sin utilizar paraguas. Su abrigo negro quedó empapado antes de que alcanzara los escalones. Esperaba encontrar las luces del salón encendidas, escuchar la música de Gabriel o las risas de Sofía.
La casa parecía casi vacía.
Cuando Camila introdujo su código en la cerradura, el panel mostró un mensaje de error.
Probó otra vez.
El mismo resultado.
Alguien había cambiado el código mientras ella estaba de viaje.
Levantó la mano para llamar al timbre, pero entonces oyó un grito procedente del segundo piso.
—¡Mamá!
Camila reconoció inmediatamente la voz de Sofía.
Retrocedió hasta el jardín y levantó la cabeza.
La puerta del balcón estaba abierta. Una mujer vestida de rojo sujetaba a Sofía por los brazos. La niña llevaba un jersey rosa y una falda blanca. Tenía los pies descalzos y trataba desesperadamente de apartarse.
—¡Déjame! —gritaba Sofía—. ¡Quiero ir con mi mamá!
La mujer era Lucía Montenegro, la hermana menor de Gabriel.
—¡Lucía! —gritó Camila desde el jardín—. ¿Qué estás haciendo?
Lucía miró hacia abajo.
Durante un instante, su rostro reflejó sorpresa. Después tiró de Sofía hacia el interior, pero la niña consiguió liberarse de una mano. El movimiento la hizo chocar contra la barandilla.
Camila corrió hacia la casa.
—¡Sofía, no te muevas!
La niña vio a su madre y extendió los brazos.
—¡Mamá!
Lucía volvió a sujetarla. Parecía decirle algo, pero la lluvia y los truenos impidieron que Camila escuchara las palabras.
Entonces ocurrió.
Sofía perdió el equilibrio.
Su pequeño cuerpo pasó por encima de la barandilla.
Durante una fracción de segundo quedó suspendida en el aire, con los brazos extendidos hacia su madre. Después cayó.
Camila gritó.
El tiempo pareció detenerse mientras la niña descendía desde el segundo piso. Su cuerpo golpeó el suelo mojado cerca de una formación de piedras decorativas. El sonido quedó casi oculto por el trueno que sacudió la casa.
—¡Sofía!
Camila corrió hacia ella.
La niña yacía boca abajo sobre la tierra. Su falda blanca estaba manchada de barro y uno de sus brazos permanecía doblado bajo el cuerpo.
Camila cayó de rodillas.
—Mi amor, mamá está aquí.
Intentó darle la vuelta con cuidado. Había trabajado varios años como enfermera antes de fundar la empresa de cuidados médicos que la convirtió en una de las mujeres más ricas de España. Sabía que no debía mover a una persona después de una caída.
Pero aquella no era una paciente.
Era su hija.
Colocó dos dedos contra el cuello de Sofía.
No sintió nada.
—No, no, no…
Buscó el pulso nuevamente. Después acercó el oído a su boca.
La niña no respiraba.
Camila comenzó las maniobras de reanimación. Presionó el pequeño pecho mientras contaba en voz alta.
—Uno, dos, tres… Vamos, Sofía. Respira por mamá.
El agua corría por su rostro, mezclándose con sus lágrimas. Le dio respiración boca a boca y volvió a presionar.
—¡Llamen a una ambulancia!
Nadie respondió.
Camila levantó la cabeza. Lucía ya no estaba en el balcón.
—¡Gabriel! ¡Ayúdenme!
Las luces del segundo piso se apagaron.
Aquello la aterrorizó más que la ausencia de respuesta.
Sacó el teléfono del bolsillo, pero la pantalla estaba llena de agua y no reaccionaba. El conductor, que había visto la caída desde la entrada, llegó corriendo mientras llamaba a emergencias.
—La ambulancia está en camino.
—Ayúdeme a mantener la cabeza estable.
Camila continuó intentando reanimar a Sofía. No sabía cuánto tiempo había pasado. Un minuto podía parecer una hora cuando la vida de un niño se encontraba bajo las manos de su madre.
Finalmente, las puertas de la mansión se abrieron.
Gabriel apareció vestido con una camisa blanca y pantalones oscuros. Bajó los escalones lentamente, como si acabara de despertar.
—¿Qué ha ocurrido?
Camila lo miró con incredulidad.
—¡Sofía cayó del balcón!
Él se acercó, pero no corrió. Observó a la niña y después levantó los ojos hacia el segundo piso.
—¿Dónde está Lucía? —preguntó Camila.
—No lo sé.
—¡Estaba con ella!
Gabriel se arrodilló.
—Camila, deja que los médicos se ocupen.
—¡Todavía no han llegado!
—No puedes hacer nada.
Aquellas palabras despertaron una furia feroz en ella.
—Es nuestra hija.
—Lo sé.
Pero su voz no parecía la de un padre que acababa de ver a su hija inmóvil. No había desesperación. Solo tensión y una extraña resignación.
Las sirenas aparecieron al final de la avenida. Los paramédicos corrieron hacia el jardín, apartaron a Camila y comenzaron a trabajar.
Ella permaneció arrodillada en el barro, observando cómo colocaban un desfibrilador sobre el pecho de Sofía.
—Sin ritmo —dijo uno de ellos.
—Continúen.
Intentaron reanimarla durante varios minutos.
Camila tomó la mano de su hija.
—Estoy aquí, mi amor. No tengas miedo.
El médico del equipo finalmente la miró.
Camila conocía aquella expresión. La había utilizado muchas veces cuando debía dar una noticia imposible a una familia.
—Señora…
—No.
—Lo siento.
—Siga intentándolo.
—Hemos hecho todo lo posible.
—¡Siga intentándolo!
Gabriel la sujetó por los hombros.
—Camila, se ha ido.
Ella se volvió y lo golpeó en el pecho.
—¡No digas eso!
Gabriel la abrazó mientras ella gritaba. Camila intentó liberarse, pero sus fuerzas desaparecieron. Cayó contra él, viendo cómo los médicos cubrían a Sofía con una manta.
Entonces notó algo extraño.
La mano derecha de la niña estaba cerrada.
Camila se apartó de Gabriel y se acercó nuevamente. Uno de los paramédicos intentó detenerla, pero ella levantó la manta y abrió con cuidado los pequeños dedos.
Sofía sujetaba un botón dorado.
No pertenecía a su ropa.
Camila lo reconoció. Era uno de los botones del vestido rojo que Lucía llevaba en el balcón.
Lo ocultó dentro de su puño antes de que alguien pudiera verlo.
—¿Dónde está tu hermana? —preguntó a Gabriel.
—No estaba aquí.
Camila lo miró directamente.
—La vi.
Por primera vez, el rostro de su esposo cambió.
Solo fue un instante, pero Camila percibió miedo.
—Estás confundida —dijo Gabriel—. La lluvia, la caída y la impresión…
—Vi a Lucía sujetando a nuestra hija.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
Gabriel desvió la mirada hacia los paramédicos.
—Porque Lucía salió de la ciudad esta mañana.
Camila apretó el botón dorado dentro de la mano.
Alguien mentía.
Su hija estaba muerta bajo aquella manta, pero la tragedia no había comenzado con una caída accidental.
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Sofía había intentado contarle un secreto.
Y alguien había decidido asegurarse de que jamás pudiera hacerlo.