Capítulo 8 - El secreto del padre de Camila

Los bomberos controlaron el incendio poco antes del amanecer.
La mayoría de los archivos digitales sobrevivió gracias a Diego y a las copias externas. Los empleados fueron evacuados sin víctimas graves, aunque varios necesitaron atención por inhalación de humo.
Esteban Montenegro fue trasladado bajo una custodia especial.
La policía encontró en la maleta pruebas relacionadas con clínicas clandestinas, operaciones financieras y documentos falsificados. Sin embargo, Camila apenas prestó atención a aquellas carpetas.
Solo pensaba en la tarjeta escondida dentro del collar de Sofía.
Su padre, Javier Ortega, había muerto cuando ella tenía veintidós años. Oficialmente sufrió un accidente mientras inspeccionaba una antigua clínica rural. Después de su muerte, Camila heredó un pequeño centro médico y parte del capital con el que fundó MedCare.
Siempre creyó que Javier había dedicado su vida a cuidar pacientes de bajos recursos.
¿Por qué Esteban afirmaba que la memoria de su padre sería destruida?
En una sala segura de la fiscalía, Diego conectó la tarjeta a un ordenador aislado.
Había siete archivos de audio, tres vídeos y una carpeta protegida por contraseña.
El primer vídeo mostraba a Sofía escondida dentro del despacho de Gabriel. La cámara de su tableta grababa desde debajo de una mesa.
Teresa, Gabriel y Esteban hablaban alrededor de un plano de hospitales.
—La fusión debe aprobarse antes de que la investigación europea llegue a España —decía Teresa.
—Camila nunca aceptará trasladar pacientes sin historiales —respondía Gabriel.
Esteban golpeó el plano.
—Su padre lo hizo durante años.
Camila pausó el vídeo.
—Continúa —dijo Irene con cautela.
Esteban explicaba que Javier Ortega había colaborado con la familia Montenegro en la década anterior. Utilizaba clínicas pequeñas para realizar tratamientos experimentales a pacientes sin recursos. Algunos firmaban autorizaciones que no comprendían. Otros ni siquiera sabían que participaban en ensayos.
—Eso no puede ser verdad —murmuró Camila.
El vídeo continuó.
Gabriel preguntaba:
—¿Camila sabe de dónde salió el dinero para fundar MedCare?
—Cree que su padre lo ganó legalmente —respondía Esteban—. Déjala conservar esa ilusión.
Camila se levantó de la mesa.
—Necesito aire.
Irene la siguió al corredor.
—Una conversación criminal no convierte automáticamente todas sus afirmaciones en verdad.
—Esteban tenía archivos.
—También tenía razones para manipularte.
—Sofía escuchó todo esto.
Camila imaginó a su hija escondida, tratando de entender que el abuelo materno al que conocía por fotografías podía haber participado en algo terrible.
—Por eso quería hablar conmigo.
Regresaron a la sala.
El segundo vídeo mostraba una conversación entre Teresa y el doctor Montalvo.
—Los registros de Javier deben permanecer enterrados —decía Teresa—. Si Camila descubre que MedCare nació con ese dinero, puede entregar todo a las autoridades.
—¿Y Proyecto Horizonte?
—Absorberá la empresa antes de que eso ocurra.
En otro archivo, Esteban hablaba con una persona desconocida:
—Javier quiso retirarse. Amenazó con denunciar los ensayos.
La voz del otro hombre preguntaba:
—¿Por eso murió?
—Los accidentes ocurren con frecuencia en carreteras rurales.
Camila cerró los ojos.
Su padre quizá no había sido únicamente un colaborador.
También podía haber intentado arrepentirse.
Diego abrió uno de los documentos no protegidos. Era una lista de pacientes tratados entre 1998 y 2004. Junto a varios nombres aparecía la palabra fallecido.
Al final figuraba una transferencia de doce millones de euros a una sociedad llamada Ortega Salud.
—Ese fue el capital inicial de MedCare —dijo Camila.
Irene examinó las fechas.
—La transferencia ocurrió dos semanas antes de la muerte de Javier.
—Entonces aceptó el dinero.
—O lo tomó para conservarlo como prueba.
—No quiero excusas. Quiero la verdad.
La carpeta protegida solicitaba una frase.
Sofía había dejado una pista en un archivo de texto:
La frase que mamá dice cuando alguien tiene miedo.
Camila pensó en las noches de tormenta, cuando Sofía se escondía bajo las mantas.
Siempre le decía:
—Mientras puedas escuchar mi voz, no estás sola.
Diego introdujo la frase.
La carpeta se abrió.
Dentro había un vídeo grabado por Javier Ortega pocos días antes de morir.
Camila reconoció inmediatamente a su padre. Tenía el rostro cansado y una venda en la mano.
—Camila —comenzó—, si algún día ves esto, significa que no conseguí salir del acuerdo con los Montenegro.
Ella se llevó una mano a la boca.
Javier confesaba que, años atrás, había aceptado financiación de Esteban para mantener abierta una clínica en crisis. A cambio, permitió que una empresa farmacéutica realizara ensayos experimentales.
—Me convencí de que los pacientes recibirían tratamientos que de otro modo nunca podrían pagar. Cuando comenzaron las muertes, ya estaba atrapado.
Javier falsificó algunos informes y ocultó reacciones adversas. Recibió dinero y permitió que Esteban utilizara la clínica para otros negocios ilegales.
—No fui una víctima inocente —decía—. Elegí mirar hacia otro lado porque el dinero salvaba la clínica y alimentaba mi orgullo.
Camila lloraba en silencio.
Su padre continuó explicando que había recopilado pruebas para denunciar a los Montenegro. El capital enviado a Ortega Salud no era un pago personal. Javier había desviado parte del dinero del grupo para financiar una fundación de apoyo a las víctimas y proteger a Camila.
—Pero ese dinero sigue teniendo el mismo origen —murmuró ella.
En el vídeo, Javier parecía responderle desde el pasado:
—No sé si algo bueno puede construirse con dinero obtenido mediante sufrimiento. Esa decisión no me corresponde. Te corresponde a ti.
El último minuto contenía una advertencia.
—Esteban posee aliados en la policía, los hospitales y los tribunales. Si yo muero, busca a la doctora Laura Santisteban. Ella sobrevivió a los ensayos y guardó los registros originales.
El vídeo terminó.
Diego buscó el nombre.
Laura Santisteban había sido declarada muerta quince años antes en un incendio hospitalario.
—Otra testigo eliminada —dijo Irene.
Sin embargo, al revisar bases de datos internacionales, encontraron una mujer con el mismo número de identificación médica trabajando bajo otro apellido en Argentina.
Laura podía seguir viva.
Camila recibió entonces una llamada del fiscal Ramiro.
—Teresa quiere negociar.
—¿Qué ofrece?
—Afirma saber dónde se encuentra la doctora Santisteban.
—¿Y qué pide?
—Protección para Lucía.
Camila pensó en la mujer que había sujetado a Sofía en el balcón.
—No puedo prometerle eso.
—Ella insiste en hablar únicamente contigo.
La reunión se celebró detrás de un cristal de seguridad.
Teresa ya no llevaba su ropa elegante. Vestía un uniforme gris y tenía el cabello sin arreglar. Aun así, mantenía una postura orgullosa.
—Has descubierto a tu padre —dijo.
—Él confesó sus delitos.
—Confesó la parte que le convenía.
—¿Dónde está Laura?
—Primero quiero garantías para Lucía.
—Lucía participó en la muerte de una niña.
—Fue Gabriel quien le dio la orden.
—Ella eligió obedecer.
Teresa apretó los labios.
—Lucía no debía arrojarla. Solo recuperar la tarjeta. Sofía la mordió, se resistió y Lucía entró en pánico.
—Después todos construyeron un plan para llamarme loca.
—Eso fue Esteban.
—Y usted obedeció.
La frase golpeó a Teresa.
Camila continuó:
—Su familia utiliza siempre la misma defensa. Gabriel obedecía a usted. Usted obedecía a Esteban. Lucía obedecía a Gabriel. Nadie se considera responsable porque siempre hay otra persona dando una orden.
—No conoces el miedo que inspiraba mi esposo.
—Conozco el miedo. Lo sentí mientras intentaba reanimar a mi hija. La diferencia es que yo no lo utilicé para destruir a otra persona.
Teresa bajó los ojos.
—Laura vive en Buenos Aires bajo el nombre de Elena Santos.
—¿Por qué no la mataron?
—Javier la ayudó a escapar. Esteban creyó que murió en el incendio.
—¿Cómo sabe usted que está viva?
—Durante años envié dinero para su tratamiento.
Camila la miró con sorpresa.
—¿Por culpa?
—Porque yo también firmé documentos falsos.
Teresa entregó una dirección escrita.
—Ella posee la lista completa de pacientes y una grabación donde Esteban admite haber organizado la muerte de Javier.
—¿Por qué me ayuda ahora?
—Porque Esteban abandonará a todos para salvarse.
—No. Me ayuda porque perdió.
Teresa no negó la acusación.
Cuando Camila se levantó para marcharse, su suegra habló de nuevo.
—Gabriel no quería que Sofía muriera.
—Pero permitió que ocurriera.
—Todavía te ama.
Camila se volvió.
—Un hombre que utiliza el amor como excusa para controlar, mentir y sacrificar no sabe amar.
Salió de la sala con la dirección de Laura.
Para limpiar MedCare, tendría que revelar los delitos de su propio padre, devolver el dinero obtenido y enfrentar a las familias de las víctimas.
La verdad podía destruir el legado que había protegido toda su vida.
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Pero Sofía había arriesgado la suya para guardar aquellas pruebas.
Camila no las enterraría de nuevo.