Capítulo 3 - Los dibujos escondidos de Sofía

Camila no mostró la fotografía a Gabriel.
La guardó dentro del forro de su abrigo y regresó a la mansión después del funeral. Teresa había sugerido que pasara unos días en una clínica privada para recuperarse, pero Camila se negó.
—Necesito estar cerca de las cosas de Sofía.
Gabriel aceptó con demasiada facilidad.
Durante el camino, intentó tomarle la mano.
—Sé que me odias por no haber estado junto a ella cuando ocurrió.
—Estabas dentro de la casa.
—Estaba en el despacho con auriculares. No escuché nada hasta que salí al jardín.
—¿Por qué estaban apagadas casi todas las luces?
—Hubo un fallo eléctrico.
—La cocina, el garaje y el sistema de riego continuaban funcionando.
Gabriel retiró la mano.
—No puedo responder por cada circuito de la casa.
Camila miró por la ventana.
—Pero sí puedes cambiar el código de la entrada.
Él tardó unos segundos en responder.
—Seguridad lo modificó después de una amenaza contra mi madre.
—Nadie me informó.
—Estabas ocupada en Londres.
Aquella explicación era ridícula. Camila también era propietaria de la casa. Ningún responsable de seguridad habría cambiado el acceso sin comunicarlo a los dos.
Al llegar, encontró el dormitorio de Sofía parcialmente vacío.
Las fotografías habían desaparecido. La ropa estaba guardada en cajas y los juguetes habían sido retirados de las estanterías.
—¿Quién hizo esto? —preguntó.
Gabriel permaneció en la puerta.
—Mi madre pensó que sería menos doloroso.
Camila abrió una caja.
—Nadie tenía derecho a tocar sus cosas.
—Podemos devolverlas cuando estés preparada.
—Estoy preparada ahora.
Gabriel la observó con atención.
—El doctor Montalvo vendrá esta tarde.
—No necesito un médico.
—No has dormido ni comido.
—He perdido a mi hija.
—Precisamente.
Camila reconoció nuevamente la estrategia. Querían administrarle medicamentos, mantenerla débil y presentar cualquier reacción como una crisis emocional.
—Recibiré al doctor —dijo.
Gabriel pareció aliviado.
Cuando él se marchó, Camila cerró la puerta y comenzó a revisar cada caja. Sofía guardaba secretos en lugares extraños. Una vez había escondido una pulsera dentro de una lámpara porque creía que los duendes la buscaban.
Debajo de la cama encontró varias marcas de lápiz.
Eran flechas pequeñas dibujadas sobre la madera.
Las flechas conducían hacia el armario.
Camila retiró los vestidos y examinó el fondo. Una tabla estaba ligeramente separada. La levantó con una horquilla.
Detrás había una carpeta azul.
Dentro aparecían dibujos hechos por Sofía durante las últimas semanas.
En el primero, una mujer de rojo discutía con Gabriel. Sobre sus cabezas, la niña había dibujado billetes y una casa negra.
En otro, Lucía sostenía un documento mientras Teresa observaba desde una silla.
Un tercer dibujo mostraba a Gabriel besando a una mujer cuyo rostro estaba cubierto por cabello rubio. No era Lucía. Debajo, Sofía había escrito con letras infantiles:
Papá dice que mamá no debe saberlo.
Camila sintió una presión en el pecho.
Gabriel tenía una amante.
Sin embargo, la infidelidad parecía secundaria frente a los demás dibujos.
En la última hoja, Sofía había representado el balcón. Ella misma aparecía junto a la barandilla. Detrás había tres figuras: Lucía, Teresa y una persona alta sin rostro.
Sobre la figura alta aparecía una letra:
P.
Camila examinó la carpeta y encontró una pequeña llave pegada con cinta adhesiva.
Abrió el joyero musical de Sofía.
La llave encajó en un compartimento oculto bajo la bailarina de porcelana. Dentro había una tarjeta de memoria y una nota.
Para mamá si me pasa algo.
Camila tuvo que sentarse.
Su hija sabía que estaba en peligro.
Introdujo la tarjeta en su ordenador. Contenía varios archivos de audio grabados desde una tableta infantil.
En la primera grabación, Gabriel discutía con Teresa.
—Camila jamás firmará la modificación del fideicomiso —decía él.
—No tiene que saber qué firma —respondía Teresa—. Después de Londres diremos que la presión la ha afectado.
—El consejo médico debe ser convincente.
—Montalvo hará lo necesario.
Camila pausó el audio.
El fideicomiso había sido creado por su padre antes de morir. Controlaba el cincuenta y uno por ciento de MedCare Europa, la compañía que Camila fundó. Las acciones pasarían a Sofía cuando cumpliera veinticinco años. Hasta entonces, Camila era la única administradora.
Si Sofía moría, las acciones regresarían a Camila.
Pero si Camila era declarada incapaz, Gabriel asumiría temporalmente la administración como esposo.
La muerte de la niña eliminaba a la futura heredera.
La supuesta enfermedad de Camila entregaría el control a Gabriel.
Reprodujo el segundo archivo.
Esta vez hablaban Lucía y una mujer desconocida.
—La niña nos vio en el despacho —decía Lucía.
—Solo tiene seis años.
—Sabe utilizar una tableta. Puede haber grabado algo.
—Entonces encuentra el dispositivo.
—¿Y si ya se lo envió a Camila?
—Gabriel controla su correo.
La voz femenina parecía familiar, pero Camila no conseguía identificarla.
En la tercera grabación se escuchaba a Sofía respirando rápidamente.
—Estoy escondida debajo de la mesa —susurraba—. La tía Lucía está buscando mi tableta. La abuela dice que mamá no volverá porque va a quedarse enferma en Londres.
Después aparecieron unos pasos.
—Sofía —llamó Lucía—. Sé que estás aquí.
El archivo terminó.
Camila reprodujo la última grabación.
Había sido creada la noche de la tormenta, apenas quince minutos antes de la caída.
La voz de Sofía temblaba.
—Mamá, la tía Lucía quiere llevarme al balcón. Dice que tengo que mostrarle dónde escondí la llave. Papá está abajo. Creo que sabe que estás regresando.
Se oyó la puerta abrirse.
—¿Con quién hablas? —preguntó Lucía.
—Con nadie.
—Dame eso.
Hubo un golpe y la grabación se interrumpió.
Camila copió inmediatamente todos los archivos en una memoria externa y los envió a una dirección segura de su empresa.
Alguien llamó a la puerta.
Era el doctor Montalvo.
Entró acompañado por Gabriel.
—Camila, queremos ayudarte —dijo el médico.
Llevaba un pequeño maletín negro.
—¿Qué contiene? —preguntó ella.
—Un sedante suave para que puedas dormir.
Camila recordó las conversaciones grabadas.
No podía permitir que supieran lo que había descubierto.
Bajó la cabeza y fingió estar agotada.
—Quizá tengas razón.
Gabriel se acercó y le acarició el cabello.
—Todo será más fácil cuando descanses.
El médico preparó una jeringa.
Camila observó el líquido transparente.
—Prefiero pastillas.
—La inyección actuará más rápido.
—Tengo miedo a las agujas.
Gabriel sonrió con una ternura falsa.
—Antes eras enfermera.
—Eso no significa que me guste recibirlas.
El doctor y Gabriel intercambiaron una mirada.
Finalmente, Montalvo le entregó dos comprimidos y un vaso de agua. Camila fingió tragarlos, pero los ocultó debajo de la lengua.
Después se acostó.
Esperaron hasta que cerró los ojos.
—¿Cuánto tardará? —preguntó Gabriel.
—Diez minutos.
—Mi madre quiere revisar la habitación.
—Debe hacerlo esta noche. Mañana iniciaremos la evaluación.
Camila mantuvo la respiración lenta.
Cuando ambos salieron, escupió las pastillas dentro de la funda de la almohada.
Pocos minutos después, Teresa y Lucía entraron.
Camila continuó fingiendo estar dormida.
—La carpeta no está —susurró Lucía.
—Entonces la encontró —respondió Teresa.
—¿Qué hacemos?
—Mañana firmaremos los documentos mientras esté sedada.
—¿Y si ya escuchó los audios?
Teresa se acercó a la cama.
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Camila sintió sus dedos sobre el cuello, buscando el pulso.
—En ese caso —dijo la mujer—, tendremos que conseguir que todos crean que intentó suicidarse después del funeral.