Capítulo 2 - La versión de la familia Montenegro

En el hospital, Camila permaneció sentada junto al cuerpo de Sofía hasta que amaneció.
Le habían permitido entrar en una habitación privada después de realizar los procedimientos obligatorios. La niña estaba acostada bajo una sábana blanca, con el cabello todavía húmedo y una pequeña herida junto a la sien.
Camila le acariciaba la mano.
—Perdóname por no haber vuelto antes.
Gabriel permanecía cerca de la ventana, hablando por teléfono con abogados, familiares y representantes de la empresa. No se había sentado junto a su hija ni una sola vez.
Cada pocos minutos, repetía la misma versión:
Sofía había salido sola al balcón durante la tormenta.
La niña había intentado alcanzar un juguete.
La barandilla estaba mojada.
Había perdido el equilibrio.
Camila escuchó aquella historia tantas veces que empezó a parecer un texto preparado con anticipación.
—Deja el teléfono —ordenó.
Gabriel terminó la llamada.
—Tenemos que controlar lo que se dice. Los periodistas descubrirán esto en cualquier momento.
—Nuestra hija acaba de morir y tú estás preocupado por los periodistas.
—Estoy protegiendo a la familia.
—¿De qué?
Él se acercó.
—De una tragedia convertida en espectáculo. Tú eres una empresaria conocida. Mi familia controla una de las constructoras más importantes del país. Cualquier palabra equivocada puede desatar rumores.
—Vi a Lucía en el balcón.
—Ya te expliqué que no podía estar allí.
—Entonces llámala.
—No es el momento.
—Llámala ahora.
Gabriel respiró profundamente, como si estuviera tratando con una persona irracional. Sacó el teléfono y marcó el número de su hermana. Después de varios tonos, una voz femenina contestó.
—Gabriel, ¿qué pasa?
Él activó el altavoz.
—Lucía, estoy con Camila. ¿Dónde estás?
—En Toledo. En casa de Clara.
Camila conocía a Clara Benítez, una amiga de la familia.
—Activa la cámara —dijo.
Hubo un silencio.
—¿Por qué?
—Hazlo —insistió Camila.
La videollamada comenzó. Lucía apareció en una habitación poco iluminada. Llevaba un jersey gris y tenía el cabello suelto.
—¿Qué ocurre?
Camila observó el rostro de la mujer.
—Sofía ha muerto.
Lucía se llevó una mano a la boca.
—Dios mío…
La reacción era convincente, pero no aparecieron lágrimas.
—Cayó desde el balcón —continuó Camila—. Yo estaba en el jardín.
Lucía negó con la cabeza.
—No puede ser.
—Te vi con ella.
La imagen se quedó inmóvil durante un instante.
—Camila, llevo todo el día en Toledo.
—Llevabas un vestido rojo.
—No tengo ningún vestido rojo.
Camila metió la mano en el bolsillo y apretó el botón dorado.
—¿Cuándo llegaste a Toledo?
—Esta mañana.
—Muéstrame la ventana.
Gabriel terminó la llamada.
—Basta.
—¿Por qué la has cortado?
—Porque estás acusando a mi hermana de algo monstruoso mientras nuestra hija permanece muerta a pocos metros.
Camila lo miró con incredulidad.
—Precisamente porque nuestra hija está muerta necesito saber qué pasó.
La puerta se abrió y entró Teresa Montenegro, la madre de Gabriel. Vestía completamente de negro, aunque apenas habían pasado unas horas desde la tragedia. Su maquillaje era impecable y dos guardaespaldas permanecían fuera de la habitación.
Teresa se acercó al cuerpo de Sofía y besó su frente.
—Mi pobre ángel.
Después abrazó a Camila.
—No puedes culparte.
—No me culpo.
Teresa se apartó.
—El dolor puede hacernos buscar responsables donde no los hay.
—Vi a Lucía.
Gabriel y su madre intercambiaron una mirada.
—Lucía estaba en Toledo —dijo Teresa—. Yo misma hablé con ella por la mañana.
—Entonces alguien con su rostro y su vestido sujetaba a mi hija.
—Estás traumatizada.
Camila sintió la trampa.
Los dos utilizaban el mismo lenguaje: confundida, traumatizada, incapaz de aceptar un accidente. Si continuaba insistiendo, pronto presentarían su dolor como una alteración mental.
—Quiero que la policía revise las cámaras de la casa.
Gabriel se frotó la frente.
—Las cámaras dejaron de funcionar durante la tormenta.
—¿Todas?
—Un rayo dañó el sistema.
—El rayo cayó después de que Sofía cayera.
Teresa tomó la mano de Camila.
—Ahora no debes pensar en detalles técnicos. Tienes que despedirte de tu hija.
Camila retiró la mano.
—Yo decidiré cómo despedirme de ella.
Poco después llegó el inspector Mateo Salazar, encargado de investigar la muerte. Era un hombre de unos cuarenta años, con expresión cansada y una libreta pequeña.
Escuchó la versión de Camila sin interrumpirla.
—¿Está segura de que la mujer era Lucía Montenegro?
—Completamente.
—Había poca luz y llovía.
—Conozco a mi cuñada desde hace doce años.
—¿Vio que empujara a la niña?
Camila dudó.
—La estaba sujetando. Sofía trató de apartarse y cayó.
—Eso no demuestra que quisiera hacerle daño.
—¿Por qué desapareció inmediatamente?
El inspector anotó algo.
—Hablaremos con ella.
Gabriel se acercó.
—Inspector, mi esposa se encuentra en estado de shock.
—Puedo responder por mí misma —dijo Camila.
Mateo observó a Gabriel y después volvió hacia ella.
—Necesitaremos revisar la vivienda, la barandilla y cualquier grabación disponible.
—El sistema está dañado —intervino Gabriel.
—Nuestros técnicos lo comprobarán.
Por primera vez desde la caída, Camila sintió una mínima esperanza.
Antes de marcharse, el inspector le preguntó si Sofía había mostrado cambios recientes de comportamiento.
—Tenía miedo de algo. Quería contarme un secreto.
—¿Dijo de quién tenía miedo?
—No.
Mateo guardó la libreta.
—La llamaré cuando tengamos información.
El funeral se celebró tres días después.
Los Montenegro organizaron una ceremonia enorme en la capilla privada de la familia. Políticos, empresarios y periodistas se reunieron bajo decenas de paraguas negros. Teresa había elegido cada flor y controlado cada discurso.
Lucía apareció poco antes de que comenzara la ceremonia.
Llevaba un vestido negro de cuello alto.
Camila observó sus manos mientras se acercaba al ataúd.
En la muñeca derecha tenía tres arañazos recientes.
—¿Qué te ocurrió? —preguntó Camila.
Lucía cubrió la zona con la manga.
—El gato de Clara.
—Clara no tiene gato.
Lucía palideció.
—Acaba de adoptar uno.
Camila dio un paso hacia ella.
—Sofía tenía uno de tus botones en la mano.
El rostro de Lucía perdió todo color.
—No sé de qué estás hablando.
—Del vestido rojo que afirmas no poseer.
—Déjame en paz.
Lucía intentó alejarse, pero Camila la sujetó del brazo.
—¿Qué le hiciste a mi hija?
Teresa apareció inmediatamente.
—Suéltala.
Varias personas se volvieron hacia ellas.
Camila liberó el brazo de Lucía.
—Pregúntele por qué tiene miedo.
—La única persona fuera de control eres tú —respondió Teresa.
Gabriel llevó a Camila hasta la primera fila.
Durante la ceremonia, él pronunció un discurso sobre una familia unida por el dolor. Habló de Sofía como una niña alegre que había sufrido un accidente imposible de prever.
Camila no lloró.
Miraba a Lucía.
Su cuñada no levantó la cabeza durante todo el funeral.
Cuando terminó el entierro, Camila encontró un pequeño sobre dentro de su bolso. Nadie pudo explicar cómo había llegado allí.
En el interior había una fotografía impresa.
Mostraba el balcón de la mansión la noche de la tormenta. Aunque la imagen era borrosa, podían distinguirse tres siluetas: Sofía, Lucía y otra persona situada detrás de la puerta.
Camila giró la fotografía.
En la parte posterior aparecía una frase escrita con tinta azul:
Sofía no cayó. La hicieron caer.
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Debajo había otra advertencia:
No confíes en tu esposo.