Capítulo 6 - La ceremonia de los culpables

La mañana de la ceremonia amaneció bajo un cielo casi negro.
La tormenta todavía no había descargado por completo, pero el viento sacudía los árboles del jardín y empujaba las nubes sobre la mansión Montenegro. Desde su dormitorio, Camila observaba cómo los empleados levantaban una carpa blanca frente a la casa. Habían colocado cientos de rosas alrededor de una fotografía enorme de Sofía.
En la imagen, la niña sonreía con un vestido azul, ajena a que su rostro sería utilizado para proteger a quienes habían provocado su muerte.
Camila llevaba varias horas despierta.
Bajo el camisón ocultaba un pequeño transmisor que Diego había introducido en la casa dentro de una caja de flores. Irene y dos fiscales de confianza recibían en tiempo real todo lo que el dispositivo registraba. La copia principal de los archivos permanecía fuera de la mansión, distribuida entre varios servidores.
Si intentaban quitarle el ordenador, las pruebas sobrevivirían.
Si intentaban encerrarla, las grabaciones serían publicadas.
Si intentaban matarla, cada nombre relacionado con el complot aparecería en las noticias antes del anochecer.
Sin embargo, Camila aún no sabía quién era el hombre de la voz profunda.
A las nueve, el doctor Montalvo entró acompañado por Gabriel. Llevaba una jeringa preparada.
—Hoy será un día difícil —dijo—. Esto te ayudará a mantener la calma.
Camila miró el líquido transparente.
—Quiero estar consciente durante la ceremonia.
—No perderás la conciencia.
—Entonces explícame qué contiene.
El médico miró a Gabriel.
—Un ansiolítico.
—Nombre y dosis.
Montalvo apretó los labios.
—No estás en condiciones de discutir indicaciones médicas.
—Fui enfermera durante siete años.
Gabriel se acercó a la cama.
—Camila, por favor. No empieces otra vez.
Ella bajó los ojos, fingiendo resignación.
—Está bien.
Extendió el brazo.
Cuando el doctor se inclinó, Camila dejó caer deliberadamente el vaso de agua de la mesita. Montalvo se volvió por reflejo. En ese instante, ella presionó con el pulgar una pequeña cápsula colocada sobre su piel. El líquido de la jeringa cayó dentro de la manga protectora que Diego le había preparado.
Montalvo creyó haber aplicado la inyección.
—Descansa unos minutos —dijo.
Gabriel besó la frente de Camila.
—Después de hoy todo será más sencillo.
Ella cerró los ojos.
—Eso espero.
Cuando se marcharon, Camila sacó el transmisor.
—La sustancia no entró —susurró.
La voz de Irene respondió en el auricular diminuto:
—Te escuchamos. Los fiscales están preparados, pero no pueden intervenir hasta que tengamos una confesión más clara o intenten forzar tu firma.
—La conseguirán.
A las once comenzaron a llegar los invitados.
Empresarios, familiares, directivos de MedCare y varios periodistas seleccionados por Teresa llenaron el salón principal. La ceremonia se presentaba como un homenaje íntimo, aunque había más de cien personas y tres cámaras profesionales.
Teresa quería convertir el dolor en una herramienta pública.
Camila bajó la escalera lentamente, apoyándose en Gabriel. Fingía debilidad. Llevaba un vestido negro sencillo y el cabello suelto. Cuando los invitados la vieron, varios bajaron la mirada con compasión.
Teresa se acercó.
—Recuerda lo que hablamos. No tendrás que pronunciar un discurso.
—Gracias.
—Después firmaremos los documentos en el despacho.
Camila asintió.
Lucía permanecía cerca del retrato de Sofía. Sus manos temblaban y evitaba mirar hacia el balcón.
El inspector Mateo Salazar estaba entre los asistentes, vestido de civil. Al reconocerlo, Camila sintió una corriente de rabia, pero mantuvo la cabeza baja.
La ceremonia comenzó.
Gabriel habló primero.
—Nuestra hija era la luz de esta casa —dijo ante las cámaras—. Su pérdida nos ha dejado una herida que nunca sanará.
Camila observó su rostro.
Las lágrimas aparecieron en el momento correcto. La voz se quebró exactamente donde una audiencia esperaba que se quebrara. Era una representación perfecta.
Después habló Teresa.
—En momentos así, una familia debe permanecer unida. Debemos proteger a quienes están demasiado afectados para protegerse solos.
Aquella frase estaba dirigida al consejo.
Teresa continuó describiendo a Camila como una madre devastada, incapaz de dormir y víctima de episodios de desorientación. Sin pronunciar la palabra “incapacidad”, construía ante todos la imagen necesaria para justificar la tutela.
Cuando terminó, Tomás Herrera, presidente provisional del consejo de MedCare, anunció una reunión extraordinaria.
—Debido al estado emocional de la señora Ortega, debemos garantizar la estabilidad de la empresa y del fideicomiso de su hija.
Dos abogados colocaron una carpeta frente a Camila.
Gabriel se sentó a su derecha.
—Solo debes firmar aquí y aquí.
Camila tomó el bolígrafo.
En la primera página se nombraba a Gabriel administrador temporal de sus acciones. En la segunda, se autorizaba la fusión con Proyecto Horizonte. En la tercera, MedCare transfería varias clínicas a una sociedad controlada por la familia Montenegro.
—No entiendo esta cláusula —murmuró.
—No necesitas entenderla ahora —respondió Teresa—. Los abogados ya la han revisado.
—¿Por qué Proyecto Horizonte recibirá las clínicas?
La sonrisa de su suegra desapareció.
—Camila, no es el momento.
—Mi hija murió hace cuatro días. Creo que merezco saber por qué su muerte permite a su familia quedarse con mi empresa.
Los invitados se miraron.
Gabriel le tomó la muñeca.
—Estás alterada.
Camila levantó la cabeza.
—Suéltame.
Él apretó más fuerte.
—Firma.
El transmisor registró claramente la orden.
—¿Y si no lo hago?
Teresa se inclinó hacia ella.
—Entonces el doctor Montalvo explicará públicamente tus episodios, el inspector Salazar confirmará que huiste desorientada y un juez concederá a Gabriel la tutela de todos modos.
—¿También dirán que intenté suicidarme?
El rostro de Lucía se tensó.
Teresa guardó silencio.
Camila continuó:
—Te escuché anoche. Dijiste que, si había encontrado las grabaciones de Sofía, haríais creer que intenté matarme.
Gabriel se levantó.
—Esta reunión termina ahora.
Las puertas del salón se cerraron.
No por orden de Camila.
Varios guardias de los Montenegro bloquearon las salidas.
—Entrégame tu teléfono —ordenó Gabriel.
—No lo tengo.
Mateo avanzó entre los invitados.
—Señora, debe acompañarnos a una habitación tranquila.
Camila miró a las cámaras.
—Antes quiero mostrar algo.
Diego activó remotamente la pantalla principal.
La fotografía de Sofía desapareció.
En su lugar apareció la grabación del corredor.
Los invitados vieron a la niña corriendo con la tableta, a Lucía persiguiéndola y a Gabriel bloqueando la escalera. Vieron a Alma intentando intervenir. Vieron el asentimiento de Gabriel antes de que Sofía cayera.
Lucía lanzó un grito.
—¡Apaguen eso!
Gabriel corrió hacia el equipo técnico, pero la pantalla estaba controlada desde fuera.
La siguiente grabación reprodujo la voz de Teresa:
—La niña había grabado demasiado.
Después se oyó a Gabriel:
—Camila nos destruirá.
—No si convertimos su dolor en locura.
El salón estalló en murmullos.
Mateo sacó su arma.
—¡Nadie se mueva!
Los invitados gritaron.
Camila comprendió que el inspector no pensaba arrestar a los Montenegro. Quería recuperar el control por la fuerza.
Dos hombres de seguridad se dirigieron hacia ella.
Pero antes de alcanzarla, Irene apareció en una de las entradas laterales acompañada por agentes de la Unidad Central Operativa.
—Inspector Salazar, baje el arma.
Mateo apuntó hacia Camila.
—Esto es una manipulación.
—Su conversación con los guardias también fue grabada —respondió Irene.
Diego reprodujo el audio del tejado:
—Su familia pagó un precio muy alto para que aquello pareciera un accidente.
Mateo miró las puertas, buscando una salida.
Los agentes lo rodearon.
Finalmente dejó caer la pistola.
Lucía intentó huir hacia la escalera. Otro agente la detuvo.
Gabriel permaneció junto a la mesa, blanco de rabia.
—Todo esto puede explicarse.
Camila se acercó.
—Entonces explica por qué diste permiso para que tu hermana arrojara a nuestra hija.
—Yo no le di permiso.
—La grabación muestra tu señal.
—Le pedí que recuperara la tableta.
—Dijiste: “Hazlo antes de que hable”.
Gabriel negó con la cabeza.
—Alma miente.
Una puerta del fondo se abrió.
Alma entró acompañada por dos agentes.
La niñera miró a Gabriel sin bajar los ojos.
—Escuché cada palabra.
Teresa, por primera vez, pareció perder el control.
—Esta mujer robó en nuestra casa. Su testimonio no tiene valor.
—El valor lo decidirá un juez —respondió Irene.
Camila tomó los documentos de la mesa y los levantó ante las cámaras.
—Esta familia utilizó la muerte de mi hija para intentar apropiarse de MedCare. Falsificaron una evaluación médica, pagaron a un policía y trataron de obligarme a firmar mientras creían que estaba sedada.
Tomás Herrera comenzó a alejarse.
Camila señaló hacia él.
—También quiero que revisen sus cuentas.
Los agentes lo interceptaron.
La policía esposó a Mateo, Lucía y al doctor Montalvo. Gabriel también fue detenido, pero Teresa permaneció inmóvil junto al retrato de Sofía.
—No pueden demostrar que yo ordené la caída —dijo.
—Todavía no —respondió Camila.
Teresa sonrió.
—Entonces esta función no cambiará nada.
Camila reprodujo el último audio, aquel en el que aparecía la voz desconocida.
—Sofía era solo el primer obstáculo.
El salón quedó en silencio.
Camila miró a Teresa.
—Dime quién es.
La mujer observó a los agentes, a su hijo esposado y a los invitados que empezaban a comprender el alcance del complot.
—No sabes contra quién estás luchando —murmuró.
—Entonces ayúdame a descubrirlo.
Teresa se inclinó hacia Camila.
—El hombre de esa grabación llegará esta noche.
—¿A la mansión?
—No.
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Su sonrisa fue fría.
—A MedCare. Y cuando termine, no quedará ninguna empresa que puedas recuperar.