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Las lágrimas de la tormenta / Chapter 4 / 15

Capítulo 4 - La testigo desaparecida

Camila esperó hasta que Teresa y Lucía abandonaron la habitación.

Permaneció inmóvil otros diez minutos, escuchando los sonidos de la casa. Cuando estuvo segura de que nadie continuaba vigilándola, se levantó y cerró la puerta con llave.

Su teléfono estaba intervenido. El correo electrónico podía estar controlado por Gabriel y los guardias respondían directamente a Teresa.

Necesitaba a alguien fuera de la familia.

Buscó un antiguo teléfono que Sofía utilizaba para jugar. Estaba escondido dentro de una caja de zapatos y aún conservaba una tarjeta prepago. Desde allí llamó a su amiga y abogada, Irene Valdés.

Irene contestó al segundo tono.

—¿Camila?

—No digas mi nombre.

—¿Qué sucede?

—Gabriel y su familia están involucrados en la muerte de Sofía. Tengo grabaciones.

Hubo un silencio.

—Sal de esa casa ahora mismo.

—No puedo. Los guardias controlan las puertas.

—Llamaré a la policía.

—Todavía no. El inspector encargado puede estar comprometido. La familia Montenegro tiene contactos en todas partes.

Camila le explicó el contenido de la tarjeta y la amenaza de Teresa.

—Te enviaré una copia utilizando una cuenta segura. Si no te llamo mañana antes del mediodía, entrégala a la fiscalía y a la prensa.

—Voy a buscarte.

—No. Primero necesito encontrar a Alma.

Alma Ríos era la niñera de Sofía. Había trabajado para la familia durante cuatro años y quería a la niña como si fuera su propia hija. Extrañamente, no había aparecido después de la caída ni asistido al funeral.

Gabriel afirmó que había regresado a su pueblo por una emergencia familiar.

Camila nunca había creído aquella explicación.

Irene accedió a buscar registros de vuelos, trenes y movimientos bancarios relacionados con Alma. También enviaría a un investigador privado llamado Diego Navarro para vigilar la mansión.

Antes de terminar la llamada, Camila fotografió los dibujos y envió los audios.

Después ocultó la tarjeta original dentro del dobladillo de su abrigo.

A la mañana siguiente fingió estar bajo los efectos del sedante.

Gabriel le llevó el desayuno y se sentó junto a la cama.

—¿Cómo te encuentras?

—Cansada.

—El doctor dice que es normal.

—Tu madre habló de unos documentos.

Gabriel se tensó.

—Seguramente la escuchaste hablar sobre el funeral.

—No lo recuerdo bien.

Él la observó durante varios segundos.

—Tenemos que realizar algunos trámites relacionados con el fideicomiso de Sofía. Nada importante.

—¿Hoy?

—Cuanto antes terminemos, antes podremos descansar.

Gabriel colocó una carpeta sobre la mesa. El primer documento autorizaba al banco Montenegro a administrar temporalmente las acciones de MedCare. El segundo nombraba a Gabriel representante de Camila durante un periodo de incapacidad emocional.

—No puedo leer esto ahora.

—Solo son medidas temporales.

—Firmaré cuando me sienta mejor.

La expresión de Gabriel cambió.

—Camila, la empresa necesita estabilidad.

—Mi hija fue enterrada ayer.

—Precisamente. No estás en condiciones de tomar decisiones.

—Entonces tampoco estoy en condiciones de firmar.

Gabriel cerró la carpeta con fuerza.

—Mi familia ha protegido tu empresa durante años.

—Mi empresa existía antes de que conociera a tu familia.

—Era una pequeña compañía regional.

Camila lo miró.

—Ahí está la verdad.

—¿Qué verdad?

—Siempre pensaste que todo lo que construí te pertenecía porque ayudaste a hacerlo crecer.

Gabriel se levantó.

—No quiero discutir.

—Entonces deja los documentos.

Él salió sin despedirse.

Camila comprendió que ya no tenía mucho tiempo. Su negativa confirmaría que no estaba completamente sedada.

Dos horas después recibió un mensaje en el teléfono secreto.

Irene había encontrado a Alma.

La niñera no había viajado a ningún pueblo. Había retirado dinero de un cajero cercano a la estación de Atocha la noche de la caída. Después desapareció.

Diego localizó una habitación alquilada bajo el nombre de su hermana en un barrio del sur de Madrid.

Camila organizó su salida aprovechando el cambio de guardia. Bajó por la escalera de servicio, cruzó la lavandería y salió dentro de una furgoneta de proveedores.

Diego la esperaba dos calles más lejos.

—Su familia ya está buscando el vehículo —dijo mientras conducía—. Tenemos poco tiempo.

Llegaron a un edificio deteriorado cerca de una antigua fábrica. Alma abrió la puerta solo después de escuchar la voz de Camila.

Tenía un ojo amoratado y una herida en el labio.

—Señora…

Camila la abrazó.

—¿Qué te hicieron?

Alma comenzó a llorar.

—Intenté salvarla.

Entraron en la pequeña habitación. Las cortinas estaban cerradas y una silla bloqueaba la puerta.

—Cuéntame todo.

Alma explicó que la noche de la tormenta había escuchado a Sofía gritar. Corrió hacia el segundo piso y vio a Lucía arrastrando a la niña hasta el balcón.

—La señorita Sofía llevaba una tableta. Lucía quería quitársela.

—¿Gabriel estaba allí?

—Estaba al final del corredor.

Camila sintió que el corazón se detenía.

—¿Vio lo que ocurría?

—Sí.

—¿Intentó detenerla?

Alma negó con la cabeza.

—Le dijo a Lucía que recuperara la tarjeta antes de que usted llegara. Sofía corrió hacia el balcón porque la puerta de la habitación estaba bloqueada.

—¿Lucía la empujó?

Alma respiró profundamente.

—La sujetó por el jersey. Sofía gritó que usted estaba en el jardín. Lucía miró a Gabriel. Él dijo algo.

—¿Qué dijo?

—“Hazlo antes de que hable”.

Camila sintió que las paredes se acercaban.

No había sido un accidente causado por una discusión.

Su esposo había autorizado la muerte de su hija.

—Lucía levantó a Sofía —continuó Alma—. Yo corrí hacia ellas, pero Gabriel me sujetó. Cuando la niña cayó, él me arrastró hasta una habitación y llamó a dos guardias.

Alma mostró las marcas en sus muñecas.

—Me llevaron en un coche. Dijeron que si hablaba, matarían a mi madre. Conseguí escapar cuando se detuvieron en una gasolinera.

—¿Por qué no acudiste a la policía?

—Uno de los hombres era policía.

Camila pensó en el inspector Mateo Salazar.

—¿Reconocerías al agente?

—Sí.

Alma sacó una pequeña cámara de seguridad portátil.

—La encontré en el despacho de Gabriel antes de escapar. Contiene una copia de la grabación del corredor.

Camila tomó el dispositivo.

Antes de que pudiera encenderlo, se oyó un golpe en la entrada del edificio.

Diego miró por la ventana.

—Tres hombres han bajado de un vehículo negro.

Alma palideció.

—Son ellos.

Diego bloqueó la puerta y llamó a Irene.

Los pasos subían rápidamente por las escaleras.

—Hay una salida por el tejado —dijo Alma.

Corrieron hacia una escalera trasera. Camila guardó la cámara dentro de su bolso mientras los hombres derribaban la puerta del apartamento.

Llegaron a la azotea.

El edificio vecino estaba separado por un espacio de poco más de un metro. Diego saltó primero. Alma lo siguió.

Camila estaba a punto de hacerlo cuando alguien abrió la puerta del tejado.

Era el inspector Mateo Salazar.

Apuntaba con una pistola.

—Entrégueme la cámara, señora Montenegro.

Camila retrocedió hasta el borde.

—Usted sabía quién mató a Sofía.

—No convierta esto en algo más difícil.

—Era una niña.

—Su familia pagó un precio muy alto para que aquello pareciera un accidente.

Camila miró el espacio entre los edificios.

La lluvia comenzaba nuevamente.

—Déme la cámara —repitió Mateo— y quizá pueda convencerlos de que la dejen vivir.

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Camila sostuvo el bolso contra su pecho.

Después miró al inspector y saltó.

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