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Las lágrimas de la tormenta / Chapter 5 / 15

Capítulo 5 - El juramento de una madre

Camila no alcanzó completamente el edificio vecino.

Sus manos golpearon el borde de cemento y su cuerpo quedó suspendido sobre el callejón. Durante un segundo, sintió que iba a caer.

Diego se arrojó al suelo y la sujetó por las muñecas.

—¡No sueltes!

Alma agarró uno de sus brazos. Entre ambos consiguieron subirla.

El inspector Mateo llegó al borde del otro edificio y apuntó con su arma.

—¡Deténganse!

Diego empujó a Camila detrás de una chimenea justo cuando un disparo impactó contra el muro.

—La policía no suele disparar contra una madre desarmada —dijo Diego.

—Ese hombre ya no actúa como policía.

Bajaron por la escalera del segundo edificio y salieron a una calle trasera. Irene había enviado un vehículo sin matrícula empresarial. El conductor los llevó hasta una casa segura en las afueras de Madrid.

Alma recibió atención médica. Diego copió inmediatamente el contenido de la cámara.

La grabación mostraba el corredor del segundo piso la noche de la tormenta.

Sofía salía corriendo de su habitación con la tableta contra el pecho. Lucía la perseguía. Gabriel aparecía al fondo y bloqueaba la escalera.

No había sonido, pero las imágenes eran claras.

La niña retrocedía hacia el balcón.

Lucía la sujetaba.

Alma llegaba e intentaba intervenir, pero Gabriel la agarraba del brazo.

Después Lucía miraba a su hermano.

Gabriel asentía.

La cámara no mostraba directamente el momento de la caída porque una columna bloqueaba el balcón. Sin embargo, segundos más tarde, Lucía regresaba sola. Gabriel entregaba a uno de los guardias la tableta rota de Sofía.

Teresa aparecía poco después.

No mostraba sorpresa.

Comenzaba a dar órdenes.

—Tenemos suficiente para detenerlos —dijo Irene.

Camila negó con la cabeza.

—Tenemos suficiente para iniciar una investigación. No para destruir toda la red.

—Tu esposo participó en el asesinato de vuestra hija.

—Y controla policías, médicos, guardias y miembros del consejo. Si actuamos ahora, Teresa dirá que la grabación fue manipulada. Lucía afirmará que trataba de impedir una caída. Gabriel utilizará mi salida de la casa para presentarme como inestable.

Diego amplió las imágenes.

—Hay algo más.

En uno de los fotogramas, Teresa sostenía una carpeta con el logotipo de una empresa llamada Proyecto Horizonte.

Camila conocía ese nombre.

Proyecto Horizonte era un plan para fusionar MedCare Europa con la constructora Montenegro. Camila lo había rechazado porque entregaba demasiado control a la familia de Gabriel.

—Querían las acciones antes de anunciar la fusión —comprendió Irene.

—La muerte de Sofía elimina a la heredera futura. Mi supuesta incapacidad permite que Gabriel firme por mí.

—¿Cuándo se reunirá el consejo?

Camila revisó el calendario.

—Pasado mañana.

Teresa había organizado una ceremonia privada en memoria de Sofía dentro de la mansión. Después de la ceremonia, los principales accionistas celebrarían una reunión extraordinaria.

Esperaban que Camila apareciera sedada, rota y dispuesta a firmar.

—Vamos a darles exactamente lo que esperan —dijo.

Irene la miró con preocupación.

—No puedes regresar a esa casa.

—Tengo que hacerlo.

—Intentaron matarte.

—Todavía no saben que poseo la grabación.

Camila trazó un plan.

Alma permanecería protegida hasta que pudieran presentarla ante un fiscal que no estuviera vinculado con los Montenegro. Diego investigaría las cuentas del Proyecto Horizonte. Irene solicitaría en secreto una orden para congelar cualquier transferencia relacionada con el fideicomiso.

Camila regresaría a la mansión fingiendo haber sufrido una crisis.

A las cinco de la madrugada llamó a Gabriel.

Él respondió inmediatamente.

—¿Dónde estás?

Camila dejó que su voz temblara.

—No lo sé.

—¿Qué significa que no lo sabes?

—Salí a caminar. Quería encontrar a Alma, pero creo que imaginé todo. Estoy cansada.

Hubo un silencio.

—¿Estás sola?

—Sí.

—Envíame tu ubicación.

—Quiero volver a casa.

Gabriel suavizó el tono.

—Claro. Voy a buscarte.

Camila envió la dirección de un parque alejado de la casa segura. Diego la llevó hasta allí y se ocultó cerca.

Gabriel llegó acompañado por dos guardias.

Bajó del coche y abrazó a Camila.

—Me tenías preocupado.

Ella permitió que la sostuviera.

—Creo que estoy perdiendo la cabeza.

—No digas eso.

—Vi a Sofía en la calle. Corrí detrás de ella.

Gabriel intercambió una mirada satisfecha con los guardias.

—Necesitas descansar.

Durante el trayecto, Camila apoyó la cabeza contra la ventanilla y fingió dormir. Gabriel llamó a Teresa.

—La encontré. Está desorientada.

Camila escuchó la respuesta de su suegra a través del teléfono.

—Perfecto. Montalvo preparará la evaluación. Mañana debe firmar.

—¿Y si se niega?

—Después de lo ocurrido esta noche, nadie cuestionará que necesita una tutela.

Al regresar, el doctor Montalvo esperaba en el dormitorio. Camila fingió tomar el medicamento que le ofrecieron. Permitió que grabaran un vídeo donde parecía confusa y no recordaba dónde había estado.

Teresa se sentó junto a ella.

—Pasado mañana celebraremos una ceremonia por Sofía.

Camila miró hacia el suelo.

—No quiero ver a nadie.

—La familia necesita despedirse.

—No tengo fuerzas.

—Nosotros nos ocuparemos de todo.

Teresa le acarició la cabeza como si fuera una niña obediente.

—Solo tendrás que firmar algunos documentos.

Camila asintió.

—Haré lo que Gabriel diga.

La satisfacción apareció inmediatamente en los ojos de su suegra.

Cuando todos abandonaron la habitación, Camila abrió la mano. Había ocultado un pequeño dispositivo de grabación bajo la manga.

Cada palabra de Teresa había quedado registrada.

Durante el día siguiente, la mansión se llenó de flores blancas, periodistas seleccionados, abogados y miembros del consejo. Gabriel vestía de negro y recibía condolencias como un padre devastado.

Lucía evitaba entrar en la habitación de Camila.

La noche anterior a la ceremonia, Camila la encontró sola en el corredor.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Lucía.

—No recuerdo muchas cosas.

—Eso es normal.

Camila observó su vestido. Uno de los botones dorados había sido reemplazado por otro ligeramente diferente.

—Tu vestido rojo era hermoso.

Lucía dejó de respirar.

—No sé de qué hablas.

Camila se acercó a su oído.

—Sofía murió sujetando una parte de él.

Lucía retrocedió, aterrorizada.

—Gabriel dijo que no habías visto nada.

—Gabriel se equivoca en muchas cosas.

—Estás loca.

—Eso diréis mañana.

Camila sonrió.

—Pero antes de que termine la ceremonia, toda España sabrá qué hicisteis.

Lucía corrió a buscar a su hermano.

Camila no intentó detenerla.

Quería que sintieran miedo.

Minutos después, Gabriel entró furioso.

—¿Qué le dijiste?

Camila volvió a adoptar una expresión vacía.

—¿A quién?

—A Lucía.

—No he hablado con ella.

Gabriel la observó, confundido.

—Duerme.

Cuando se marchó, Camila abrió su ordenador y accedió al sistema de la mansión utilizando una clave antigua que Gabriel había olvidado cambiar.

Diego ya había entrado remotamente en los servidores del Proyecto Horizonte.

Encontraron contratos falsificados, pagos al inspector Mateo, transferencias al doctor Montalvo y un seguro de vida a nombre de Sofía por treinta millones de euros.

El beneficiario era Gabriel.

Sin embargo, había otro archivo.

Una grabación de audio realizada desde el teléfono de Teresa la noche de la caída.

Camila la reprodujo.

Se escuchaba la voz de Gabriel:

—Lucía ha perdido el control. No tenía que matarla.

Teresa respondió:

—La niña había grabado demasiado.

—Camila nos destruirá.

—No si convertimos su dolor en locura.

Después habló otra persona.

Una voz masculina profunda y desconocida.

—El plan continúa. Sofía era solo el primer obstáculo.

Camila sintió un escalofrío.

Gabriel no era el verdadero líder.

Teresa tampoco.

Alguien más dirigía la conspiración.

En la grabación, Gabriel preguntó:

—¿Y si Camila no firma?

El hombre respondió:

—Entonces mañana enterraremos a la madre junto a la hija.

Camila cerró el ordenador.

Afuera, la tormenta comenzaba nuevamente.

La ceremonia en memoria de Sofía tendría lugar al día siguiente.

La familia Montenegro esperaba presentar ante todos a una mujer destruida.

En cambio, Camila planeaba entrar en el salón con las pruebas del asesinato.

Colocó la fotografía de Sofía sobre la mesa y apoyó una mano sobre ella.

—Te lo prometo, mi amor —susurró—. No descansaré hasta que cada persona que te hizo daño pierda todo aquello que intentó proteger.

Un trueno hizo temblar las ventanas.

Camila levantó la mirada.

Ya no lloraba.

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La mujer que había caído de rodillas bajo la lluvia había desaparecido.

En su lugar quedaba una madre que no tenía nada más que perder.

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