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Las lágrimas de la tormenta / Chapter 7 / 15

Capítulo 7 - El incendio en MedCare

La sede central de MedCare se encontraba a veinte kilómetros de la mansión.

El edificio albergaba los servidores clínicos, los registros financieros y el centro desde el que se coordinaban más de treinta hospitales privados. Si alguien destruía sus sistemas, no solo desaparecerían las pruebas del fraude. Miles de pacientes podrían perder acceso a historiales, tratamientos y órdenes médicas.

Camila salió de la ceremonia acompañada por Irene y los agentes.

—Teresa puede estar mintiendo —dijo el fiscal Ramiro Núñez—. Quizá intenta distraernos.

—No lo está —respondió Camila—. El Proyecto Horizonte necesitaba controlar MedCare. Si ya no pueden conseguirlo mediante mi firma, intentarán destruir aquello que los incrimina.

Diego llamó desde la casa segura.

—Hay actividad anormal en los servidores. Alguien está intentando entrar con credenciales de administrador.

—Bloquea todo.

—No puedo. La autorización pertenece a Héctor Paredes.

Camila reconoció el nombre.

Héctor era el director de infraestructura de MedCare. Llevaba quince años trabajando con ella y había supervisado la construcción de los centros de datos.

—Llámalo.

—No responde.

La caravana policial aceleró.

Durante el trayecto, Irene recibió confirmación de que Gabriel, Lucía, Mateo y Montalvo serían trasladados a dependencias separadas. Teresa también había sido detenida por coacción, fraude y posible conspiración, aunque su participación directa en la muerte de Sofía todavía debía demostrarse.

—No permitirán que interrogues a ninguno —advirtió Irene.

—No necesito hacerlo. Primero salvaremos la empresa.

Cuando llegaron a MedCare, el edificio parecía normal.

Las luces estaban encendidas y varios empleados continuaban trabajando. Sin embargo, la puerta principal no respondió a las tarjetas de seguridad.

Un guardia golpeó el cristal desde dentro.

—¡El sistema está bloqueado!

Diego accedió a las cámaras exteriores desde su ordenador.

—Las puertas se cerraron hace seis minutos. También apagaron los ascensores.

—¿Cuántas personas hay dentro? —preguntó Camila.

—Ciento treinta y dos.

En ese momento, una alarma de incendios comenzó a sonar.

Humo negro apareció detrás de las ventanas del tercer piso.

—¡Evacúen por las salidas de emergencia! —gritó Camila al guardia.

El hombre señaló el panel.

—¡También están bloqueadas!

Los bomberos recibieron la alerta, pero tardarían varios minutos.

Ramiro ordenó a los agentes romper la entrada. Utilizaron una herramienta metálica contra el cristal de seguridad, pero este resistió los primeros golpes.

Camila recordó que, durante la construcción, Héctor había instalado una entrada manual para emergencias tecnológicas. Se encontraba detrás del generador auxiliar, en el lateral norte.

Corrió hacia allí con Diego y dos agentes.

Una puerta metálica estaba oculta detrás de una valla decorativa. Camila abrió un pequeño panel y utilizó una llave que todavía llevaba en su cartera.

El pasillo interior estaba lleno de humo.

—No entre —ordenó un agente.

—Conozco el edificio mejor que ustedes.

Se cubrió la boca con un pañuelo húmedo y avanzó.

El fuego se había iniciado en el archivo físico, pero los rociadores no funcionaban. Alguien había cerrado el suministro de agua.

Los empleados bajaban por las escaleras, tosiendo y buscando una salida.

Camila los condujo hacia la entrada manual.

—Uno detrás de otro. No corran.

Mientras los agentes organizaban la evacuación, ella y Diego subieron hasta la sala de servidores. Si el incendio alcanzaba aquel nivel, los historiales quedarían destruidos.

La puerta estaba abierta.

Héctor Paredes se encontraba frente al sistema central.

Tenía una herida en la cabeza y estaba atado a una silla.

—Camila…

Ella corrió hacia él.

—¿Quién hizo esto?

—Esteban Montenegro.

El nombre la dejó inmóvil.

Esteban era el padre de Gabriel.

Oficialmente llevaba años retirado por problemas cardíacos y casi nunca aparecía en reuniones familiares. Durante el funeral de Sofía había permanecido en una silla de ruedas, silencioso, aparentemente demasiado débil para intervenir.

—¿Esteban está aquí?

—Entró con dos hombres. Me obligó a abrir el sistema.

Diego lo liberó.

En las pantallas aparecía un proceso de eliminación masiva.

—Faltan siete minutos para que borre todo —dijo.

Héctor señaló una caja de seguridad.

—La copia maestra está ahí, pero Esteban se llevó la llave.

Camila recordó la voz profunda de la grabación.

Había escuchado a su suegro pocas veces durante los últimos años, pero el tono coincidía.

Esteban Montenegro era el verdadero líder.

—¿Dónde fue?

—Al helipuerto.

El edificio tenía una plataforma en el techo utilizada para transportar órganos y equipos médicos. Esteban planeaba escapar después de destruir los archivos.

Camila llamó a Ramiro.

—Cierren el espacio aéreo. Esteban Montenegro se encuentra en la azotea.

Subió con los agentes mientras Diego intentaba detener la eliminación.

En el décimo piso, las luces se apagaron. Solo las señales rojas de emergencia iluminaban el corredor.

Un hombre armado apareció junto a las escaleras.

Los agentes respondieron y lo obligaron a retroceder. Camila se escondió detrás de una columna mientras los disparos resonaban.

El humo subía rápidamente.

Consiguieron avanzar hasta la puerta del helipuerto.

El viento y la lluvia golpearon el rostro de Camila.

Un helicóptero esperaba con las hélices girando.

Esteban Montenegro permanecía junto a él, sin silla de ruedas. Caminaba con ayuda de un bastón, pero estaba lejos de ser el anciano indefenso que fingía ser.

Sostenía una maleta metálica.

—Deténgase —ordenó Ramiro.

Esteban sonrió.

—Camila, siempre fuiste demasiado inteligente para pertenecer a esta familia.

—Sofía era su nieta.

—Sofía escuchó conversaciones que no debía escuchar.

Camila sintió que algo oscuro crecía dentro de ella.

—¿Ordenó matarla?

—Ordené recuperar la tarjeta. Lucía perdió el control.

—Gabriel le dio permiso.

—Mi hijo siempre ha sido débil. Confunde obediencia con capacidad.

El helicóptero comenzó a elevar ligeramente la potencia.

—Baje del aparato —gritó un agente.

Esteban levantó un pequeño control.

—Si me disparan, el edificio perderá toda la información clínica y financiera.

—Ya estamos evacuando.

—No hablo de vidas. Hablo de pruebas.

Camila miró la maleta.

—La copia maestra está ahí.

—También contiene las cuentas del Proyecto Horizonte y los nombres de quienes me ayudaron durante veinte años.

—Entonces no la destruirá. Es su seguro.

Esteban la observó con interés.

—Por eso te necesitábamos. Gabriel nunca entendió el valor de una persona capaz de pensar bajo presión.

—¿Me necesitaban para dirigir MedCare después de robarla?

—Queríamos que siguieras como rostro público. Una mujer exitosa, una madre admirable y una esposa leal. Solo debías aceptar que las decisiones importantes pertenecían a otros.

—Y cuando me negué, mataron a mi hija.

—No estaba previsto.

Camila dio un paso.

—Para usted, Sofía era un problema imprevisto. Para mí era todo.

Esteban apretó el control.

—Un paso más y desaparecen los archivos.

Desde el auricular, Diego habló:

—Camila, tengo acceso parcial. Necesito que lo mantengas distraído dos minutos.

—¿Por qué Proyecto Horizonte quería MedCare? —preguntó ella.

—Nuestros hospitales permiten mover dinero, medicamentos y personas sin demasiadas preguntas.

—¿Personas?

La sonrisa de Esteban confirmó que el fraude era más amplio de lo que imaginaban.

—Los ricos pagan mucho por tratamientos que no figuran en registros oficiales.

—¿Tráfico de órganos?

—No uses palabras melodramáticas.

Camila sintió náuseas.

MedCare había sido creada para ofrecer atención digna. Los Montenegro querían convertirla en una estructura para esconder delitos médicos.

—¿Cuántas personas murieron?

—No tantas como crees.

Diego volvió a hablar:

—Treinta segundos.

Esteban miró hacia el helicóptero.

El piloto parecía nervioso.

Camila levantó las manos.

—Déjeme ir con usted.

Todos la miraron.

—Puedo proteger la empresa mejor que Gabriel. Usted mismo lo ha dicho.

Esteban entrecerró los ojos.

—¿Abandonarías a tu esposo?

—Él abandonó a nuestra hija.

—¿Y Teresa?

—Siempre me odió.

El anciano pareció considerar la propuesta.

—Sube al helicóptero.

Camila avanzó lentamente.

Diego susurró:

—Ahora.

Las luces de la plataforma se apagaron.

El control remoto de Esteban dejó de responder.

Los agentes corrieron hacia él.

Esteban intentó entrar en el helicóptero, pero Camila golpeó su mano con el bastón y la maleta cayó al suelo. Ramiro lo redujo antes de que pudiera recuperarla.

El piloto apagó el motor y levantó las manos.

Camila tomó la maleta.

Dentro encontró discos duros, pasaportes, archivos médicos y una pequeña bolsa que contenía el collar de Sofía.

El collar que la niña llevaba la noche de la caída.

—¿Por qué lo tenía? —preguntó.

Esteban, esposado, la miró.

—Porque dentro estaba la verdadera tarjeta.

Camila abrió el colgante.

Una ranura oculta contenía una segunda memoria.

Sofía había guardado una copia adicional.

Esteban había regresado al jardín después de la caída y le había quitado el collar antes de que llegaran los paramédicos.

—No sabe lo que hay ahí —dijo.

Camila cerró la mano alrededor del colgante.

—Pero usted sí.

El rostro del anciano perdió por primera vez toda seguridad.

—Esa tarjeta no debe abrirse.

—¿Por qué?

—Porque Sofía grabó una conversación que no solo destruirá a los Montenegro.

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Miró a Camila directamente.

—También destruirá la memoria de tu propio padre.

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