Capítulo 4 - El hombre detrás del auricular

Camila alquiló una pequeña casa cerca de la costa con ayuda de su antigua compañera de trabajo, Julia Moreno.
No informó a Ethan de la dirección.
Los abogados de Hawthorne enviaron mensajes recordándole que su embarazo estaba vinculado a obligaciones médicas del fideicomiso. Camila respondió que ningún documento podía obligarla a vivir dentro de una propiedad familiar.
Ethan llamó treinta y cuatro veces durante las primeras veinticuatro horas.
Ella no respondió.
Al segundo día, apareció frente a la casa.
Camila lo observó mediante la cámara de la puerta.
Estaba solo.
No llevaba traje ni escolta. Sostenía una carpeta y parecía no haber dormido.
—Sé que estás dentro —dijo—. No intentaré entrar.
Camila abrió la puerta, pero no lo invitó a pasar.
—Tienes diez minutos.
Ethan le entregó la carpeta.
Dentro había correos entre él y Vanessa.
El primero decía:
Necesito que Camila firme la renuncia temporal antes de la reunión del consejo. No la amenaces. Hazle creer que la propuesta viene de Margaret.
Otro mensaje de Vanessa respondía:
Ella nunca firmará mientras crea que su hijo puede darle poder.
Ethan escribió:
Entonces dile que la prueba genética podría invalidar sus derechos. No la toques.
Camila cerró la carpeta.
—Así que era tu voz.
—Sí.
—¿Desde cuándo planeabas esto?
—Dos semanas.
—Dormías a mi lado mientras preparabas una mentira para obligarme a renunciar a los derechos de nuestro hijo.
—Vanessa y Marcus habían contratado personas para llevarte después del parto. Querían obtener tu firma cuando estuvieras sedada.
—¿Y tu solución era obtenerla antes?
—Temporalmente.
—Deja de utilizar esa palabra.
—El documento tenía una cláusula oculta que te devolvía el control después de treinta días.
Camila volvió a revisar la carpeta.
—No aparece.
—Estaba vinculada a un anexo privado.
—Un anexo que solo tú controlabas.
Ethan no tuvo respuesta.
—No confiabas en que pudiera protegerme —dijo Camila.
—Estabas embarazada.
—No incapacitada.
—No podía arriesgarme a que algo ocurriera.
—Así que creaste una situación peligrosa.
—Creí que Vanessa se limitaría a hablar.
—Conocías su odio.
—No sabía hasta dónde llegaría.
—Instalaste la cámara porque sospechabas que podía ir demasiado lejos.
Ethan bajó la mirada.
Camila sintió que ya no quedaba ninguna explicación capaz de salvarlo.
—¿Te casaste conmigo por el fideicomiso?
—Me acerqué a ti por el fideicomiso.
La honestidad dolió más de lo que esperaba.
—¿Cuándo cambió?
—La noche en que trabajamos juntos hasta las tres de la mañana en Chicago. Pediste comida para todo el equipo y recordaste el nombre del guardia que llevaba doce horas de turno.
—Eso no responde.
—Me enamoré antes de nuestro primer beso.
—Pero no me contaste la verdad.
—Pensé que te perdería.
—Y ahora me perdiste por ocultarla.
Ethan cerró los ojos.
—Lo sé.
Camila apoyó una mano sobre el marco de la puerta.
—¿Qué ocurrió con mi padre?
—Desapareció cinco días antes de que Margaret firmara el fideicomiso definitivo.
—¿Está muerto?
—No encontramos un cuerpo.
—¿Quién lo buscó?
—Margaret.
—La misma mujer que utilizó su trabajo.
—También lo amaba.
Camila lo miró con incredulidad.
—¿Mi padre y tu abuela?
—Fueron socios. Quizá algo más.
—¿Mi madre lo sabía?
—No lo sé.
Ethan sacó una fotografía.
Mostraba a Rafael Santos junto a Margaret Hawthorne frente a una cabaña de madera. Entre ellos había una niña de unos cuatro años.
Camila reconoció su propio rostro.
—Yo estuve allí.
—La propiedad pertenece a una fundación en Vermont.
—No recuerdo nada.
—Tuvieron un accidente de regreso. Tu madre dijo que perdiste parte de la memoria.
Camila tocó la fotografía.
A través de recuerdos fragmentados, vio nieve, una chimenea y una caja de música.
También recordó a un hombre diciéndole:
Cuando llegue tu hijo, la casa sabrá quién eres.
—¿Dónde está esa propiedad?
—A cuatro horas.
Camila levantó la mirada.
—¿Por qué me la muestras ahora?
—Porque Margaret envió hombres allí esta mañana.
—¿Para destruir algo?
—O para encontrarlo antes que nosotros.
Camila tomó su abrigo.
—Vamos.
Ethan no se movió.
—No deberías viajar.
—No vuelvas a decirme qué debo hacer.
—Hay otra razón.
—¿Cuál?
—Vanessa escapó antes de que la policía recibiera el vídeo.
—Margaret la ayudó.
—Eso creo.
—¿Por qué entregarme la grabación y después ayudarla a huir?
—Porque quiere que ambas lleguéis a Vermont.
Camila sintió que todo volvía a ser una trampa.
—¿Qué hay en esa casa?
—Una parte del fideicomiso que nadie ha podido abrir.
Viajaron en el automóvil de Julia para evitar los sistemas de Hawthorne.
Durante el trayecto, Camila mantuvo la memoria con la grabación escondida bajo la ropa. También había enviado copias cifradas a tres contactos.
No volvería a permitir que una sola persona controlara las pruebas.
Llegaron a Vermont poco antes de medianoche.
La cabaña estaba rodeada de árboles y nieve. No había vehículos.
La puerta se encontraba abierta.
Dentro, los muebles estaban cubiertos por sábanas.
Sobre una mesa había unos zapatos dorados.
Los mismos que Vanessa llevaba durante el ataque.
Debajo había una nota:
CAMILA, TU PADRE NO DISEÑÓ EL FIDEICOMISO PARA TU HIJO. LO DISEÑÓ PARA TI.
Se escuchó un ruido en el piso superior.
Ethan sacó un arma.
Camila tomó una lámpara de metal.
Subieron.
En la habitación principal encontraron a Vanessa atada a una silla. Tenía una herida en la frente y parecía aterrorizada.
—No se acerquen —susurró—. Ella está aquí.
—¿Quién? —preguntó Camila.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Margaret Hawthorne apareció con una pistola.
—Gracias por traer la última llave —dijo.
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No apuntaba hacia Camila.
Apuntaba hacia el vientre de la mujer embarazada.