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LAS HUELLAS DORADAS / Chapter 10 / 15

Capítulo 10 - La mujer que nunca estuvo muerta

La policía tomó el control del laboratorio.

Marcus fue trasladado esposado a un hospital. Sus hombres fueron detenidos. Vanessa recibió una transfusión de emergencia antes de ser evacuada.

Camila y Mateo viajaron en una ambulancia junto a Ethan. Margaret fue retenida para ser interrogada. Rafael aceptó acompañar a los agentes sin resistencia.

La distribución de las acciones permanecía congelada en el cuarenta por ciento.

Sin la autorización de Elena Santos, ninguna transferencia podía completarse.

Camila observaba a su padre desde la otra camilla.

—Me dijiste que mamá murió.

—Creí que había muerto.

—¿Viste su cuerpo?

Rafael guardó silencio.

—Todos los hombres de estas familias tienen una relación extraña con los funerales sin cuerpos.

Ethan sostuvo a Mateo.

—¿Qué ocurrió realmente?

Rafael explicó que Elena Santos había trabajado como matemática y criptógrafa para Hawthorne Technologies. Ella diseñó los límites éticos originales del fideicomiso.

—Mi madre no era enfermera —dijo Camila.

—Eso fue después.

—Me dijo que conocisteis en México.

—Nos conocimos en Boston.

Cada respuesta eliminaba otra parte de la infancia de Camila.

—¿Por qué mintió?

—Arthur Hawthorne intentó utilizar sus algoritmos para ocultar transferencias militares. Elena robó una copia de los archivos y desapareció.

—¿Antes o después de que yo naciera?

—Después.

—Entonces ¿por qué continuó contigo?

Rafael miró hacia la ventana.

—Porque yo la ayudé a escapar.

—¿Y luego?

—Durante años trabajamos juntos contra Arthur, Margaret y los Reed. Pero Elena descubrió que yo había conservado parte del fideicomiso para protegerte.

—Otra vez esa palabra.

—Ella quería destruirlo completamente.

—Tenía razón.

—Yo temía que, sin las acciones, las familias fueran por ti igualmente y no tuviéramos ninguna forma de negociar.

—Así que discutisteis.

—Sí.

—¿Cómo murió?

Rafael respiró profundamente.

—Hubo un incendio en una casa segura. Encontraron su anillo y restos que coincidían con parte de su perfil genético.

—Parte.

—No una coincidencia completa.

—Y aceptaste que estaba muerta.

—Busqué durante años.

—Mientras fingías tu propia muerte.

Rafael aceptó la ironía.

Cuando llegaron al hospital, Rebecca Sloan esperaba en la entrada. Era fiscal federal y antigua compañera de Camila durante investigaciones financieras.

—Los archivos del fideicomiso han sido autenticados —dijo—. Vanessa y Margaret están dispuestas a declarar contra Marcus.

—¿Y mi padre?

—También será investigado.

Rafael asintió.

—Lo esperaba.

Camila sostuvo a Mateo con más fuerza.

—Necesitamos localizar a Elena Santos.

Sloan mostró una tableta.

—Ya encontramos algo.

Una cámara de tráfico había registrado a una mujer saliendo de un automóvil cerca de la cabaña de Vermont horas antes del ataque.

Llevaba un abrigo rojo y el cabello cubierto.

El reconocimiento facial ofrecía una coincidencia del ochenta y siete por ciento con las fotografías antiguas de Elena.

—Está viva —susurró Camila.

—O alguien utiliza su identidad —respondió Sloan.

La mujer había dejado un mensaje dentro del sistema de emergencias.

NO COMPLETÉIS LA DISTRIBUCIÓN. RAFAEL NO HA CONTADO QUIÉN FINANCIÓ REALMENTE EL FIDEICOMISO.

Camila miró a su padre.

—¿Quién lo financió?

Rafael no respondió.

—Papá.

—El dinero inicial no pertenecía a los Hawthorne ni a los Reed.

—¿De dónde salió?

—De un programa secreto del gobierno estadounidense.

Sloan endureció la expresión.

—¿Qué programa?

—Proyecto Sentinel.

El nombre no aparecía en ningún registro público. Rafael explicó que, durante la Guerra Fría, varias agencias financiaron redes empresariales privadas capaces de mover dinero fuera de los controles bancarios.

Hawthorne Global fue una de aquellas estructuras.

—El fideicomiso no solo contiene acciones —dijo—. Contiene identidades, operaciones y cuentas relacionadas con servicios de inteligencia.

—Por eso mi madre quería destruirlo —respondió Camila.

—Sí.

—¿Y por qué tú querías conservarlo?

—Porque las mismas agencias amenazaron con eliminar a nuestra familia si los documentos salían.

—Todos utilizáis el miedo para justificar el control.

Sloan recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos.

—Tenemos una intrusión en el sistema del hospital.

Las luces parpadearon.

Todos los ascensores se detuvieron.

Un mensaje apareció simultáneamente en las pantallas médicas:

CAMILA, NO CONFÍES EN RAFAEL. NO ENTREGUES A MATEO A LOS HAWTHORNE.

Después apareció una dirección.

ANTIGUA ESTACIÓN NAVAL DE BLACK HARBOR.

Debajo había una hora:

MEDIANOCHE.

Rafael intentó levantarse.

—No irás.

Camila lo miró.

—¿Porque es peligroso o porque temes lo que mamá me contará?

—Elena puede estar trabajando para Sentinel.

—Tú también trabajaste para ellos.

—Intenté salir.

—Después de construir el sistema.

Ethan se acercó.

—No tienes que decidir ahora.

—Sí.

Camila miró a su hijo.

Mateo dormía sin saber que varias familias, empresas y agencias habían intentado convertir su nacimiento en una transferencia de poder.

—Toda esta historia comenzó porque otras personas decidían qué podía saber y qué riesgos podía asumir.

Entregó temporalmente al bebé a Ethan.

—Esta vez decidiré yo.

A medianoche, Camila llegó a Black Harbor acompañada por Sloan y un equipo federal que permaneció oculto a varios cientos de metros.

Ethan se quedó con Mateo en una ubicación protegida.

La antigua estación naval estaba abandonada. El agua golpeaba los muelles y el viento movía las cadenas oxidadas.

Camila entró sola.

En el centro del almacén había una mesa con un ordenador.

Una mujer esperaba al otro lado.

Tendría cerca de sesenta años. Su cabello castaño estaba mezclado con gris y una cicatriz recorría su cuello.

Camila reconoció sus ojos.

Los había visto cada mañana de su infancia.

—Mamá.

Elena Santos comenzó a llorar.

Camila no corrió hacia ella.

—¿Realmente eres tú?

Elena sacó una caja de música.

Era la misma que Camila recordaba de la cabaña de Vermont.

La abrió.

Una melodía infantil llenó el almacén.

—La tocabas cuando no podías dormir —dijo Elena—. Siempre pedías que la repitiera tres veces.

Camila sintió que las piernas le temblaban.

—¿Por qué me abandonaste?

—Para mantenerte fuera de Sentinel.

—No funcionó.

—Lo sé.

Camila avanzó un paso.

—El sistema necesita tu autorización.

—No pienso entregarla.

—Las acciones pasarán a trabajadores y víctimas.

—Eso es lo que Rafael cree.

—¿No es cierto?

Elena encendió el ordenador.

Apareció la lista de beneficiarios.

La mayoría eran empleados y organizaciones legítimas.

Pero algunos nombres estaban marcados con códigos.

—Son compañías controladas por Sentinel —dijo Elena—. Rafael distribuyó parte de las acciones entre víctimas, pero dejó suficientes participaciones ocultas para que el gobierno conservara el control.

Camila sintió que la última confianza que conservaba hacia su padre comenzaba a romperse.

—¿Él lo sabe?

—Él lo diseñó.

—Dijo que intentaba protegernos.

—Rafael siempre creyó que podía negociar con monstruos si conservaba algo que ellos necesitaran.

Camila miró el porcentaje congelado.

—¿Qué ocurre si autorizas la distribución?

—Sentinel obtendrá el treinta y uno por ciento de Hawthorne Global mediante empresas falsas. Continuará controlando hospitales, comunicaciones y tecnología militar.

—¿Y si no firmas?

—Margaret, Marcus y otros accionistas conservarán suficiente poder para reconstruir la compañía.

—Entonces ¿qué opción tenemos?

Elena mostró una cuarta alternativa oculta:

TRANSFERENCIA TOTAL A CAMILA SANTOS.

—Tú debes aceptar todas las acciones durante veinticuatro horas —dijo—. Después podrás identificar y eliminar las empresas de Sentinel antes de completar la distribución real.

—Eso me convertiría en propietaria de todo.

—Temporalmente.

Camila soltó una risa amarga.

—Ethan utilizó la misma palabra cuando intentó quitarme los derechos.

Elena bajó la mirada.

—Entiendo por qué no confías.

—No. Todavía no lo entiendes.

Un ruido llegó desde el techo.

Camila miró hacia arriba.

Pequeñas luces rojas aparecieron entre las vigas.

Francotiradores.

Elena apagó el ordenador.

—Sentinel nos ha encontrado.

Una voz masculina sonó por los altavoces:

—Elena Santos, aléjate de la terminal.

Camila reconoció la voz.

Pertenecía a Marcus Vale.

—Está detenido —dijo.

—El hombre arrestado era un doble —respondió Elena—. Marcus trabaja para Sentinel desde hace años.

La puerta principal se abrió.

Marcus entró acompañado por soldados sin identificación.

No tenía ninguna herida en la pierna.

La escena del laboratorio también había sido preparada.

—Gracias por reunir las dos últimas autorizaciones —dijo.

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Miró a Camila.

—Ahora sí podemos decidir quién heredará a tu hijo.

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