Capítulo 3 - Los zapatos no mienten

Vanessa Reed apareció en televisión a la mañana siguiente.
Llevaba un traje blanco, el cabello recogido y ninguna señal de arrepentimiento. Dos abogados estaban sentados a su lado.
—La señora Santos sufrió una crisis emocional —declaró uno de ellos—. Nuestra cliente intentó ayudarla y fue acusada injustamente de violencia.
La entrevista mostró fotografías de los arañazos en el brazo de Vanessa.
No explicó que Camila se los hizo mientras intentaba retirar el tacón de su mano.
—La familia Reed presentará cargos por difamación y agresión —continuó el abogado—. También solicitaremos una evaluación psicológica de la señora Santos antes del nacimiento del menor.
Camila apagó el televisor.
—Quieren declararme inestable.
Ethan estaba al otro lado de la habitación hablando por teléfono.
—No lo conseguirán.
—Tu familia controla el hospital, varios periódicos y parte del tribunal donde se gestionará el fideicomiso.
—Contrataré abogados independientes.
—¿Independientes de quién?
Ethan terminó la llamada.
—La grabación de seguridad está dañada, pero recuperaremos suficiente para demostrar el ataque.
Camila pensó en el archivo que había recibido.
—¿Quién controla los servidores secundarios?
—Mi equipo personal.
—¿Vanessa podía acceder?
—No.
—Entonces alguien de tu equipo eliminó la grabación.
—Estamos investigando.
—¿Quién dirigía el equipo?
Ethan no respondió inmediatamente.
—Marcus Vale.
Camila conocía al hombre. Era amigo de Ethan desde la universidad y jefe de seguridad de la familia.
También era hermano mayor de Vanessa.
—Colocaste al hermano de la mujer que me amenazaba a cargo de la cámara.
—Marcus no comparte las decisiones de Vanessa.
—Eso creías.
Ethan se acercó.
—Sé que cometí errores.
—¿Cuál de ellos? ¿Ocultarme el fideicomiso, investigar a mi familia o dejarme sola con Vanessa para obtener pruebas?
—No te dejé sola para obtener pruebas.
—Entonces ¿por qué instalaste la cámara?
—Porque necesitaba demostrar ante el consejo que Vanessa estaba intentando interferir con el heredero.
—No para protegerme.
Ethan guardó silencio.
Camila sintió que acababa de recibir una respuesta.
La puerta se abrió.
Una mujer mayor entró sin llamar.
Margaret Hawthorne, abuela de Ethan y presidenta honoraria del grupo, tenía ochenta y un años. Caminaba con un bastón, pero su mirada continuaba siendo firme.
Nunca había mostrado afecto hacia Camila.
Tampoco desprecio.
Simplemente la observaba como si todavía no hubiera decidido cuánto valía.
—Déjanos solas —ordenó a Ethan.
—Abuela…
—He dicho solas.
Ethan miró a Camila.
Ella asintió.
Cuando salió, Margaret se sentó.
—Vanessa cometió un error imperdonable.
—¿Atacarme o permitir que la cámara lo registrara?
Margaret sonrió levemente.
—Comprendo por qué mi nieto te eligió.
—¿Él me eligió o usted lo hizo?
La mujer apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Ethan te conoció sin mi intervención.
—Pero investigó a mi padre.
—Por orden mía.
Camila esperó.
—Rafael Santos no era un empleado menor —continuó Margaret—. Fue socio secreto de mi esposo.
—¿Por qué secreto?
—Porque era mexicano, joven y no pertenecía a los círculos que financiaron la compañía. Mi esposo necesitaba su inteligencia, pero no quería compartir públicamente el mérito.
—Le robó su trabajo.
—Sí.
La sinceridad resultaba más inquietante que una negación.
—Rafael diseñó la regla del primer heredero —dijo Margaret—. No confiaba en que la familia Hawthorne utilizara correctamente el fideicomiso.
—¿Qué hizo?
—Añadió una segunda condición genética.
Camila sintió que el mensaje de Vanessa adquiría sentido.
—Mi sangre.
Margaret asintió.
—El veintiséis por ciento no pasa simplemente al primer hijo de Ethan. Pasa al primer descendiente que combine la línea Hawthorne con la de Rafael Santos.
—Nuestro bebé.
—Sí.
—¿Ethan lo sabía antes de conocerme?
—Sabía que existía una segunda familia. No sabía quién eras hasta que tu firma participó en la auditoría de Chicago.
Camila cerró los ojos.
Ethan no había encontrado accidentalmente a la mujer con la que quería casarse.
Había encontrado a la única mujer capaz de darle acceso al fideicomiso.
—¿Usted le ordenó acercarse a mí?
—Le pedí que descubriera si habías heredado los códigos de Rafael.
—¿Y el matrimonio?
—No estaba previsto.
Camila soltó una risa amarga.
—Qué historia tan romántica.
Margaret no reaccionó.
—Ethan se enamoró.
—Después de acercarse a mí mediante una mentira.
—Las personas pueden comenzar con una intención y terminar con otra.
—Eso no elimina el principio.
Margaret tomó una caja pequeña de su bolso.
Dentro había una memoria de almacenamiento.
—La copia completa del vídeo.
Camila no la tocó.
—¿Por qué la tiene usted?
—La cámara pertenecía a mi sistema, no al de Ethan.
—¿Él lo sabía?
—No.
—Entonces usted también esperaba que Vanessa me atacara.
—Esperaba que intentara obligarte a firmar.
—Todos dicen lo mismo.
Margaret colocó la memoria sobre la mesa.
—El vídeo puede enviar a Vanessa a prisión y eliminar a la familia Reed del consejo.
—Eso beneficiaría a Ethan.
—También te protegería.
—¿Qué quiere a cambio?
—Que no presentes cargos contra mi nieto.
Camila sintió que la frase confirmaba lo peor.
—¿Por qué debería presentar cargos contra él?
—Porque la voz del auricular era suya.
El aire abandonó la habitación.
Margaret continuó:
—Ethan ordenó a Vanessa que consiguiera tu firma.
Camila miró hacia la puerta.
—¿Por qué?
—Porque creía que, si tú renunciabas temporalmente, podría impedir que Vanessa y Marcus intentaran secuestrarte después del nacimiento.
—¿Temporalmente?
—Planeaba devolverte los derechos cuando controlara el consejo.
—Utilizó a Vanessa para asustarme.
—No autorizó la violencia.
—Solo autorizó la amenaza.
Margaret guardó silencio.
Camila tomó la memoria.
—No voy a protegerlo.
—Si lo acusas, el consejo declarará que vuestro matrimonio fue una conspiración para controlar el fideicomiso.
—Quizá lo fue.
—Tu hijo quedará atrapado en una batalla legal durante años.
—¿Eso es una advertencia?
—Es la realidad.
Camila colocó la memoria dentro de su bolso.
—La realidad que ustedes construyeron.
Cuando Margaret salió, Ethan regresó.
Vio la caja abierta.
—¿Qué te dio?
—Una respuesta.
Camila se levantó lentamente de la cama.
—Quiero irme.
—Los médicos no te han dado el alta.
—Entonces firmaré para marcharme bajo mi responsabilidad.
—Camila, no puedes regresar a la mansión.
—No regresaré.
—¿Adónde irás?
Ella tomó su bolso.
—A un lugar donde nadie necesite instalar una cámara para decidir cuándo protegerme.
Ethan comprendió que Margaret le había contado algo.
—Puedo explicarlo.
—Lo harás.
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Camila lo miró directamente.
—Pero primero quiero escucharte mentir sin saber cuánto conozco.