Capítulo 3 - El casillero 417Naomi insistió en acompañarla a la estación.

—Si esto es otra trampa, al menos habrá una abogada presente cuando vuelvan a arrestarte.
—Eso resulta muy tranquilizador.
—No pretendía serlo.
La Estación Central estaba llena de viajeros. Camila utilizó una gorra y unas gafas oscuras para evitar a los periodistas. La llave encajó en el casillero 417.
Dentro encontraron una mochila negra.
Naomi se colocó unos guantes antes de abrirla.
Había un teléfono, una tarjeta de acceso, tres tubos de sangre sellados y un cuaderno perteneciente a Rosa.
También había una pequeña grabadora.
Camila presionó el botón.
La voz de Rosa llenó el pasillo.
—Camila, si estás escuchando esto, significa que no pude entregártelo personalmente.
Rosa hablaba rápidamente. De fondo se escuchaban puertas y pasos.
—Hace cuatro meses, Sofía comenzó a despertarse con moretones en los brazos. Nathaniel dijo que se movía demasiado mientras dormía. Yo no le creí.
Camila apretó la grabadora.
Nunca había visto los moretones durante las visitas. Geneviève exigía que Sofía llevara vestidos de manga larga incluso en verano.
—Una noche seguí al doctor Voss después de que examinara a la niña —continuó Rosa—. Entró en el sótano utilizando un ascensor escondido detrás de la biblioteca. Allí hay un laboratorio.
Naomi miró la tarjeta de acceso.
—Encontré historiales de otros niños. Todos tienen relación con ejecutivos, jueces o familias ricas. Les extraen sangre, realizan pruebas y administran medicamentos que no aparecen en ningún registro oficial.
La grabación se interrumpió durante unos segundos.
Cuando Rosa volvió a hablar, estaba llorando.
—Sofía tiene un marcador genético que ellos llaman Delta-R. Nathaniel dice que vale más que toda la división farmacéutica.
Camila sintió frío.
—Ayer intentaron llevarla otra vez al laboratorio. Me interpuse. Nathaniel me golpeó y Geneviève ordenó que me sacaran de la casa.
La voz de Rosa se quebró.
—Pero no fue mi sangre la que Sofía estaba limpiando.
Camila y Naomi se miraron.
—Había otra mujer en el laboratorio. La llaman Eve. Lleva años encerrada. Cuando intentó escapar, uno de los guardias le disparó. Sofía lo vio todo.
La grabación terminó abruptamente.
Camila reprodujo la última frase.
Otra mujer.
Eve.
La señora sin nombre del dibujo.
—¿Quién es? —preguntó Naomi.
—No lo sé.
Revisaron el cuaderno.
Rosa había anotado fechas, matrículas y nombres de médicos. También había dibujado un plano parcial de la mansión. Bajo la biblioteca aparecía una sala marcada con una cruz roja.
En una página escribió:
Eve conoce a Camila. Dice que la sostuvo cuando nació.
Camila volvió a leer la frase.
Su madre, Lucía Reyes, había muerto doce años antes por un cáncer de páncreas. Su padre falleció en un accidente laboral cuando Camila tenía nueve años.
No conocía a ninguna mujer llamada Eve.
Naomi tomó uno de los tubos de sangre.
—Necesitamos enviarlos a un laboratorio independiente.
—No podemos utilizar uno local.
—Conozco a una genetista de la universidad de Boston. La doctora Priya Shah. No tiene relación con los Whitmore.
El teléfono encontrado en la mochila se encendió.
Había un único mensaje:
NO LLEVES LAS MUESTRAS A LA POLICÍA. HAY NOMBRES DE AGENTES EN EL CUADERNO.
Después apareció otro:
ROSA ESTÁ EN EL HOSPITAL SAINT AUGUSTINE. HABITACIÓN 609.
Camila tomó la mochila.
—Vamos.
—Espera. Saint Augustine pertenece a los Whitmore.
—Precisamente por eso la tienen allí.
El hospital se encontraba a veinte minutos. Camila y Naomi entraron por el estacionamiento subterráneo utilizando la tarjeta de Rosa.
La habitación 609 estaba en un ala restringida.
Una enfermera les informó que no existía ninguna paciente con el apellido Álvarez.
Camila mostró una credencial federal antigua.
—Investigación de seguridad sanitaria.
La enfermera dudó.
—Mi supervisora no nos informó de ninguna inspección.
—Porque la estamos inspeccionando a ella.
Naomi tuvo que contener una sonrisa.
La mujer les permitió pasar.
La habitación 609 estaba vacía.
La cama tenía las sábanas desordenadas. Había una vía intravenosa cortada y gotas de sangre junto a la ventana.
Camila abrió el armario.
Rosa estaba escondida dentro.
Tenía un vendaje alrededor de la cabeza, un brazo inmovilizado y moretones en el rostro.
—Camila —susurró.
Camila la ayudó a salir.
—¿Quién te hizo esto?
—Nathaniel.
—¿Dónde está Eve?
Rosa miró hacia el corredor.
—No tenemos tiempo.
Naomi cerró la puerta.
—Podemos sacarte por el estacionamiento.
—No podré caminar tan lejos.
—Encontraremos una silla.
Rosa agarró la mano de Camila.
—Tienes que escucharme. Nathaniel sabe que encontré los historiales. Intentará mover a Sofía esta noche.
—¿Adónde?
—Suiza. La familia tiene una clínica privada cerca de Montreux.
—No puede sacarla del país sin autorización.
Rosa soltó una risa dolorosa.
—Los Whitmore no necesitan autorización. Tienen pasaportes con otros nombres.
Camila se arrodilló.
—Dijiste que la sangre no era tuya.
—Eve intentó proteger a Sofía. Uno de los hombres de Nathaniel disparó. Geneviève obligó a la niña a limpiar porque quería enseñarle lo que ocurre cuando alguien desobedece.
—¿Eve está viva?
—Cuando me sacaron, todavía respiraba.
—¿Quién es?
Rosa cerró los ojos.
—Se llama Evelyn Vale.
Camila sintió que el nombre despertaba un recuerdo.
Evelyn Vale había sido una investigadora médica desaparecida veinte años antes. Los periódicos afirmaron que robó datos de un laboratorio de Whitmore Biologics antes de huir a Sudamérica.
—¿Por qué dice que me conoce?
Rosa intentó responder.
La puerta se abrió.
El doctor Malcolm Voss entró acompañado por dos guardias.
—Señora Reyes —dijo—. Parece tener dificultades para respetar los límites.
Uno de los hombres bloqueó la salida.
Naomi sacó su teléfono.
—Soy abogada. Esta conversación está siendo grabada.
Voss sonrió.
—No hay cobertura en esta ala.
Sacó una jeringa.
—La señora Álvarez está sufriendo un episodio de confusión. Necesita descansar.
Camila se colocó frente a Rosa.
—Acércate y utilizaré esa jeringa contigo.
Los guardias avanzaron.
Naomi lanzó una silla contra el primero. Camila atrapó la muñeca del segundo, la giró y lo golpeó contra la pared. Voss intentó clavarle la aguja, pero Rosa empujó una bandeja metálica contra sus piernas.
Camila tomó la jeringa.
—¿Qué contiene?
Voss guardó silencio.
Ella presionó la punta contra su cuello.
—No volveré a preguntarlo.
—Ketamina.
Naomi encontró una silla de ruedas.
Sacaron a Rosa por una puerta lateral mientras sonaba la alarma.
En el estacionamiento las esperaba un automóvil negro con el motor encendido.
Camila se detuvo.
La ventanilla descendió.
Dentro estaba Leah Price, una periodista de investigación con la que Camila había trabajado años atrás.
—Subid —dijo—. Antes de que cierren las salidas.
Camila colocó a Rosa en el asiento trasero.
—¿Tú enviaste los mensajes?
—Algunos.
—¿Quién envió los demás?
Leah miró el espejo.
—Alguien dentro de la familia Whitmore.
El automóvil salió del hospital segundos antes de que los guardias bloquearan la rampa.
—¿Geneviève? —preguntó Naomi.
—No lo sé.
Leah entregó a Camila una tableta.
En la pantalla había una transferencia de quince millones de dólares desde Whitmore Biologics hacia una empresa en Panamá.
El beneficiario era el juez Harlan.
—¿Dónde encontraste esto?
—Evelyn Vale comenzó a enviarme documentos hace tres semanas.
Camila miró a Rosa.
—Dijiste que estaba encerrada.
—Lo está —respondió Leah—. Pero alguien le dio acceso a una terminal.
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En la pantalla apareció un nuevo mensaje.
CAMILA, NO INTENTES RESCATARME TODAVÍA. PROTEGE A SOFÍA. NATHANIEL NO ES SU PADRE.
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