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LA SANGRE SOBRE EL MÁRMOL / Chapter 2 / 15

Capítulo 2 - La madre peligrosaCamila pasó la noche en una celda del condado de Westbridge.

La acusaron de allanamiento, agresión contra un empleado de seguridad y violación de una orden de protección. Nathaniel afirmó que Camila había llegado armada y fuera de control.

La policía no encontró ningún arma.

Aquello no impidió que los periódicos publicaran la historia.

A las siete de la mañana, una pantalla situada frente a las celdas mostró el rostro de Camila junto a un titular:

“Exesposa del heredero Whitmore irrumpe violentamente en reunión familiar.”

Nathaniel apareció en una declaración grabada.

—Nuestra principal preocupación es el bienestar de nuestra hija. Camila necesita ayuda profesional. Esperamos que finalmente acepte el tratamiento que se le ha ofrecido.

Camila observó la pantalla sin reaccionar.

A su lado, una mujer detenida por conducir bajo los efectos del alcohol soltó una carcajada.

—Ese hombre tiene cara de mentir hasta cuando dice su nombre.

—Lo hace —respondió Camila.

—¿Es verdad que golpeaste a cuatro guardias?

—Solo a dos.

La mujer la miró con admiración.

Camila no se sentía orgullosa.

Había entregado exactamente la imagen que los Whitmore necesitaban. Tenían cámaras, testigos y un historial médico fabricado. Aunque la sangre fuera analizada, probablemente asegurarían que procedía de un animal o de una lesión accidental.

El verdadero problema era Rosa.

Si estaba viva, podía explicar lo ocurrido.

Si estaba muerta, Camila debía encontrar el cuerpo antes de que desapareciera.

A las nueve apareció su abogada.

Naomi Bennett tenía cuarenta y cinco años, piel oscura y el cabello recogido en largas trenzas. Había trabajado como fiscal federal antes de abrir un pequeño despacho especializado en casos de corrupción.

También era una de las pocas personas que todavía creía a Camila.

—He conseguido una audiencia para esta tarde —dijo mientras se sentaba al otro lado del cristal—. El fiscal aceptará retirar el cargo de agresión si reconoces la violación de la orden.

—No.

—Camila.

—Había sangre humana en el suelo y mi hija estaba limpiándola.

—La familia dice que era sangre de ciervo. Según ellos, preparaban una cena privada y un recipiente cayó en el vestíbulo.

Camila sintió repulsión.

—¿Obligaron a una niña a limpiar sangre de animal?

—Afirman que Sofía tomó el paño por iniciativa propia antes de que el personal pudiera detenerla.

—Había al menos veinte adultos mirando.

—Todos han firmado la misma declaración.

Era exactamente lo que Camila esperaba.

—¿Rosa Álvarez?

Naomi abrió una carpeta.

—Nathaniel asegura que fue despedida ayer por robar joyas.

—Rosa jamás robaría.

—La policía afirma que abandonó la propiedad voluntariamente. Su coche no está en la mansión y su teléfono está apagado.

—¿Han hablado con ella?

—No.

—Entonces no saben si está viva.

Naomi se inclinó hacia el cristal.

—Necesito que controles tu reacción durante la audiencia. El juez Harlan presidió tu caso de custodia.

—Recibió dinero de la Fundación Whitmore.

—No tenemos pruebas suficientes.

—Las encontraremos.

—Primero tienes que salir de aquí.

La audiencia comenzó a las tres.

Nathaniel no asistió. Envió a tres abogados de una firma internacional. Geneviève tampoco apareció.

El juez Harlan observó a Camila por encima de sus gafas.

—Señora Reyes, hace menos de un año prometió respetar las condiciones impuestas por este tribunal.

—Entré porque recibí un vídeo de mi hija arrodillada en sangre.

Uno de los abogados se levantó.

—El análisis preliminar confirma que la sustancia pertenecía a un animal preparado para la cena.

—¿Qué laboratorio realizó el análisis?

—Whitmore Medical Diagnostics.

Camila miró al juez.

—Una empresa propiedad de la familia acusada.

—Eso no invalida automáticamente el resultado —respondió Harlan.

—Quiero un análisis independiente.

—La zona ya ha sido limpiada.

—Por mi hija.

El juez apretó los labios.

—No utilizará a la menor para dramatizar este procedimiento.

Camila sintió que la furia ascendía por su pecho, pero recordó la advertencia de Naomi.

Respiró.

—Solicito hablar con Sofía sin la presencia de su padre.

—La niña fue evaluada esta mañana. No mostró indicios de abuso.

—¿Quién realizó la evaluación?

El abogado respondió:

—El doctor Malcolm Voss.

Camila conocía aquel nombre.

Era el mismo psiquiatra que había firmado el informe que la declaraba paranoica.

—No fue una evaluación —dijo—. Fue una preparación.

El juez golpeó la mesa.

—Una acusación más contra un profesional sin pruebas y ordenar é una evaluación psiquiátrica inmediata.

Camila guardó silencio.

El tribunal aceptó liberarla con una fianza elevada. También suspendió temporalmente sus visitas con Sofía hasta que se celebrara una nueva audiencia.

Antes de terminar, una asistente entró y entregó una nota al juez.

Harlan la leyó.

Su expresión cambió.

—Al parecer, la menor desea hablar.

Los abogados de Nathaniel protestaron.

—La solicitud proviene de la trabajadora social designada por el condado —continuó el juez—. Permitiré cinco minutos en una sala separada. La conversación será grabada.

Camila fue conducida a una habitación pequeña.

Sofía entró acompañada por una mujer de uniforme gris. Tenía el cabello recogido y vestía ropa nueva. Sus manos estaban limpias, pero la piel alrededor de sus uñas parecía irritada.

Camila quiso abrazarla.

La trabajadora social levantó una mano.

—No puede levantarse de la silla.

Sofía se sentó frente a su madre.

—Hola, mi amor.

—Hola, mamá.

—¿Estás bien?

La niña miró hacia la cámara situada en la esquina.

—Sí.

Camila conocía aquella respuesta. Nathaniel le había enseñado qué decir.

—¿Sabes dónde está Rosa?

—Se fue.

—¿La viste marcharse?

Sofía negó con la cabeza.

La trabajadora social intervino:

—No debe hacer preguntas relacionadas con la investigación.

Camila cambió de estrategia.

—Ayer me hablaste de una puerta.

Los ojos de Sofía se llenaron de miedo.

—No recuerdo.

—Está bien.

Camila apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Recuerdas el juego que hacíamos cuando no podíamos decir algo en voz alta?

Sofía asintió casi imperceptiblemente.

Cuando la niña era pequeña, Camila le había enseñado a utilizar nombres de animales para señalar respuestas. “Conejo” significaba sí. “Tortuga” significaba no. “Pájaro” significaba peligro.

—¿Te gustaría dibujar? —preguntó Camila.

La trabajadora social le entregó papel y lápices.

Sofía comenzó a dibujar una casa.

Utilizó un lápiz negro para las paredes, uno azul para las ventanas y uno rojo para una pequeña puerta debajo del suelo.

Camila señaló la puerta.

—¿Vive un conejo allí?

Sofía dibujó un pájaro.

Peligro.

Después dibujó a tres personas.

Una era una niña.

Otra tenía cabello oscuro.

La tercera era muy alta y llevaba un vestido verde.

—¿Es Rosa? —preguntó Camila.

Sofía negó con la cabeza.

Dibujó una línea sobre el rostro de la mujer alta.

Después escribió cuidadosamente:

LA SEÑORA QUE NO TIENE NOMBRE.

La trabajadora social dio por terminada la conversación.

Antes de salir, Sofía abrazó brevemente a su madre.

—Mira dentro de mi zapato —susurró.

La mujer las separó.

Camila esperó hasta que la puerta se cerró.

En el suelo había quedado uno de los zapatos de Sofía.

Dentro encontró un pequeño trozo de tela ensangrentada y una llave de metal.

La llave tenía grabadas las mismas letras que Camila había visto en la ventana:

R. A. V.

Naomi consiguió ocultar los objetos antes de que los guardias regresaran.

—¿Sabes qué abren estas letras? —preguntó.

Camila examinó la llave.

No era una llave doméstica. Pertenecía a una caja de seguridad o a un archivo antiguo.

—Todavía no.

Al salir del tribunal, decenas de periodistas la esperaban.

—¿Atacó usted a los guardias?

—¿Sufre problemas psicológicos?

—¿Por qué perdió la custodia de su hija?

Camila no respondió.

Entre las cámaras vio a una mujer con una gorra roja.

La mujer levantó una carpeta azul y después caminó hacia un callejón.

Camila la siguió.

Cuando llegó, la desconocida había desaparecido.

La carpeta estaba sobre un contenedor.

Dentro había una fotografía de Rosa saliendo de la mansión la noche anterior. Dos hombres la sostenían por los brazos. Su ropa estaba cubierta de sangre.

En el reverso aparecía una dirección:

Estación Central, casillero 417.

Debajo alguien había escrito:

Rosa sigue viva. No confíes en Nathaniel. Tampoco confíes en Geneviève.

Camila guardó la fotografía.

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No necesitaba aquella última advertencia.

Ya no confiaba en ningún Whitmore.

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