Chapter 9 - La voz de Lucía

El laboratorio Milton había sido clausurado quince años antes tras una fuga química.
Al menos eso afirmaban los registros públicos.
Cuando Gabriel, Camila y Adrián llegaron, encontraron electricidad, cámaras recientes y huellas de neumáticos frente al edificio C. Daniel se comunicaba con ellos mediante una llamada cifrada.
—La orden contra Elena está siendo revisada —informó—. Si confirmamos que la firma de Vale es falsa, tendrán que liberarla.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Gabriel.
—Horas. Quizá un día.
Camila observó el edificio.
—Mi madre puede no tener horas.
Entraron por una puerta lateral. El corredor olía a desinfectante. Varias habitaciones contenían camas médicas, monitores y archivadores. Aquello no era un laboratorio abandonado. Era una extensión clandestina de la clínica.
En la segunda planta encontraron a tres pacientes, todos registrados con nombres falsos. Una enfermera aseguró que Reeves les había dicho que se trataba de personas protegidas por razones de seguridad.
Lucía estaba en la última habitación.
Camila se detuvo frente a la puerta.
Durante años había imaginado aquel momento de cientos de formas. En algunas, su madre corría hacia ella. En otras, no la reconocía. Nunca había imaginado encontrarla dormida bajo luces blancas, con el cabello gris extendido sobre una almohada.
—Mamá —susurró.
Lucía abrió lentamente los ojos.
Miró primero a Camila, luego a Adrián.
Su expresión se llenó de miedo.
—No —dijo—. No vuelvas a llevártela.
Camila se acercó.
—Soy yo. Soy Camila.
Lucía levantó una mano temblorosa y tocó su mejilla.
—Tenías un lunar aquí.
Camila comenzó a llorar.
—Todavía lo tengo.
Lucía apartó un mechón de cabello y encontró la pequeña marca junto a su oreja.
Madre e hija se abrazaron.
Adrián permaneció junto a la puerta. No intentó acercarse. Parecía comprender que no tenía derecho a participar en aquel instante.
Gabriel revisó el corredor mientras Daniel contactaba con una ambulancia independiente. En un archivador encontraron informes firmados por Reeves. Lucía había recibido sedantes durante años para provocar confusión y pérdida de memoria.
—Querían que pareciera incapaz de declarar —dijo Gabriel.
Lucía escuchó su voz.
—¿Eres el hijo de Elena?
—Sí.
—Te pareces a ella cuando está enfadada.
Gabriel sonrió con tristeza.
—Últimamente la veo enfadada con frecuencia.
Lucía pidió sentarse. Camila la ayudó.
—Samuel mató a Víctor —dijo de pronto.
Todos guardaron silencio.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Adrián.
Lucía lo miró con una dureza intacta.
—Porque Víctor vino a verme dos días antes de morir. Dijo que confesaría todo. Quería liberar mi expediente y entregar a Samuel.
Explicó que Víctor llevaba años pagando a la clínica para mantenerla escondida. Al principio lo hizo para protegerse. Después comenzó a sentir remordimiento, pero Samuel ya controlaba a Reeves y utilizaba a Lucía para chantajearlo.
Víctor había grabado una confesión completa.
—¿La cinta que falta? —preguntó Camila.
Lucía asintió.
—No está en una cinta. Está dentro del reloj de Víctor.
Gabriel recordó el reloj de bolsillo que su padre llevaba durante ceremonias importantes. Después del funeral, Samuel se ocupó de guardar sus objetos personales.
—Samuel lo tiene —dijo.
—No —respondió Lucía—. Víctor lo escondió donde Elena siempre se sentiría segura.
Gabriel pensó en la mansión, el jardín y el invernadero. Pero Lucía negó con la cabeza.
—Dijo algo sobre la primera cosa que construyeron juntos.
Elena y Víctor no habían construido primero la empresa ni la mansión. Su primer proyecto había sido un pequeño centro de distribución en Lowell, abandonado después de la expansión internacional.
Adrián miró el reloj.
—Samuel también lo descubrirá.
Se escucharon vehículos afuera.
No era la ambulancia.
Tres camionetas negras entraron en el recinto. Hombres vestidos de seguridad privada descendieron y bloquearon las salidas.
Daniel habló por el auricular:
—No pertenecen a ninguna empresa registrada. Salid inmediatamente.
Gabriel cerró la puerta de la habitación.
—¿Existe otra salida?
Una enfermera señaló el montacargas del sótano.
Adrián empujó la cama de Lucía hacia el corredor. Camila caminaba junto a su madre. Los hombres subieron por la escalera principal.
Gabriel volcó un carrito médico para retrasarlos. Bajaron por el ascensor de servicio hasta un túnel que conducía a un almacén exterior.
Uno de los guardias los alcanzó.
Gabriel recibió un golpe en el rostro, pero logró empujarlo contra la pared. Adrián tomó su tarjeta de acceso y cerró la compuerta detrás de ellos.
Salieron al bosque mientras las sirenas de la ambulancia se acercaban por la carretera.
Lucía fue trasladada a un hospital público bajo protección policial. La enfermera entregó los expedientes médicos. Reeves fue detenido cuando intentaba abandonar el país.
A mediodía, Elena quedó en libertad. La firma falsa invalidaba la orden y abría una investigación contra Samuel.
Madre e hijo se reunieron en el hospital.
Gabriel tenía el labio roto. Elena lo abrazó sin decir nada.
—Encontramos a Lucía —dijo él—. Y sabemos dónde está la confesión de papá.
—Samuel también lo sabrá pronto.
Camila salió de la habitación de su madre.
—Lucía quiere hablar contigo.
Elena entró sola.
Las dos mujeres se observaron durante un largo momento. Habían vivido en lados opuestos de un crimen creado por los hombres en quienes confiaban.
—Víctor me dijo que tú eras inocente —dijo Lucía—. Pero también dijo que nunca lo perdonarías.
—No puedo perdonar algo que todavía no comprendo.
Lucía tomó su mano.
—Entonces encuentra el reloj antes que Samuel. Dentro no solo está la confesión de Víctor. Hay una grabación más reciente.
—¿De quién?
—De Gabriel.
Elena se quedó inmóvil.
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Lucía cerró los ojos.
—Tu hijo visitó a Samuel la noche anterior a la muerte de Víctor. Y lo que acordaron cambió todo.