Chapter 6 - La noche sin luces

La oscuridad cubrió la mansión y el jardín al mismo tiempo.
Durante unos segundos, Elena solo oyó cristales cayendo, la respiración agitada de Gabriel y el viento atravesando el panel perforado del invernadero.
—Al suelo —ordenó Adrián.
Todos se agacharon detrás de la mesa de hierro. Adrián cerró la caja de Víctor y la arrastró hacia él. Camila buscó su teléfono, pero la pantalla no mostraba cobertura.
—Han instalado un bloqueador de señal —dijo—. Samuel sabía que vendríamos aquí.
Gabriel la miró.
—¿Samuel conocía este lugar?
—Conocía todos los lugares donde mi padre se reunía con Víctor.
Otro disparo atravesó el techo de cristal. No parecía dirigido contra una persona. El atacante quería mantenerlos inmovilizados mientras alguien hacía algo dentro de la casa.
Elena recordó el mensaje de Daniel: Samuel había desaparecido con los documentos originales y había desactivado la seguridad.
—Existe una salida de mantenimiento detrás de las jardineras —dijo—. Víctor la utilizaba para transportar herramientas sin pasar por la puerta principal.
Adrián encontró la trampilla bajo varias hojas secas. Descendieron uno a uno por una estrecha escalera hasta un corredor de piedra. Gabriel ayudó a su madre. Camila cargó la caja.
—Dámela —exigió Adrián.
—He esperado toda mi vida para saber qué contiene. No volverás a quitármela.
—No es el momento.
—Nunca lo ha sido para ti.
La tensión entre padre e hija resultaba más peligrosa que el túnel oscuro. Elena comprendió que Adrián también había utilizado a Camila. Tal vez la había preparado para infiltrarse en la familia Marlowe sin contarle toda la verdad.
El pasadizo terminaba en la antigua sala de calderas. Cuando Elena abrió la puerta, olió humo.
La alarma contra incendios no funcionaba.
Desde el ala oriental llegaba un resplandor anaranjado.
—Los archivos —susurró Gabriel.
Corrieron hacia la biblioteca. Las llamas habían comenzado dentro de la sala del consejo, justo donde Samuel había dejado las carpetas. Dos empleados intentaban contenerlas con extintores. Daniel yacía junto a la pared, con sangre en la sien.
Elena se arrodilló a su lado.
—Daniel, mírame.
Él abrió los ojos con dificultad.
—Samuel… dijo que necesitaba revisar las pruebas. Cuando me negué, me golpeó.
—¿Se llevó algo más?
—La memoria USB.
Elena palpó el interior de su chaqueta. El pequeño grabador seguía allí, pero el transmisor del reloj estaba muerto.
Gabriel ayudó a Daniel a ponerse en pie mientras Adrián y los guardias controlaban el fuego. Camila permaneció inmóvil al ver arder los documentos.
—Samuel está borrando toda conexión con Lucía —dijo—. Si destruye las cintas, podrá decir que mi madre fue una ladrona y que yo inventé todo para robar la empresa.
—Las cintas siguen en la caja —respondió Elena.
Adrián negó con la cabeza.
—No todas.
Explicó que Víctor había grabado durante años sus reuniones privadas. La caja contenía confesiones, pero faltaba la cinta más importante: la conversación ocurrida la noche en que Lucía desapareció.
Víctor se la había entregado a Samuel como garantía mutua. Si uno traicionaba al otro, ambos caerían.
—Samuel no está huyendo —concluyó Elena—. Está buscando esa cinta.
Las luces de emergencia se encendieron. A lo lejos comenzaron a oírse sirenas.
Camila tomó la fotografía de Lucía y la recién nacida.
—¿Mi madre murió realmente?
Adrián tardó demasiado en responder.
—La última vez que la vi estaba viva.
—Me dijiste que había muerto en Portugal.
—Era la única forma de mantenerte alejada.
Camila le dio una bofetada.
El sonido resonó en la biblioteca.
—Me criaste para vengarla. Me enseñaste a mentir, a cambiar de nombre y a acercarme a Gabriel. ¿Y ahora descubro que ni siquiera sabes si está muerta?
—Intentaba protegerte.
—No. Intentabas utilizarme.
Gabriel observó a la mujer con la que había planeado casarse. Por primera vez vio algo diferente detrás de su seguridad: una niña que había crecido dentro de una historia diseñada por otros.
Elena se puso en pie.
—Podemos discutir quién utilizó a quién cuando estemos vivos y tengamos las pruebas. Samuel posee los archivos originales, acceso a las cuentas y suficiente conocimiento para convertirnos a todos en culpables.
Daniel pidió su ordenador. Aunque Samuel había robado la memoria, varios registros estaban sincronizados en un servidor externo. Daniel encontró un acceso realizado diez minutos antes desde la oficina jurídica de Samuel en Boston.
—Está enviando archivos —dijo—. Pero no a la policía.
—¿A quién? —preguntó Gabriel.
Daniel amplió la dirección.
—A la prensa financiera y a la fiscalía.
Camila soltó una risa amarga.
—Va a acusarnos antes de que podamos acusarlo.
Los primeros titulares aparecieron minutos después:
“ESCÁNDALO MARLOWE: VIUDA Y HEREDERO IMPLICADOS EN PRÉSTAMO FRAUDULENTO.”
Otro decía:
“PROMETIDA DEL PRESIDENTE DESVÍA MILLONES CON APOYO DE LA FAMILIA.”
Samuel había combinado documentos auténticos con datos manipulados. Presentaba a Elena como la mente detrás del préstamo, a Gabriel como colaborador y a Camila como intermediaria. Adrián, oficialmente muerto, no aparecía.
—Nos ha encerrado en su versión de la historia —dijo Elena.
Samuel la llamó desde un número oculto.
—Qué decepción, Elena. Víctor siempre dijo que eras más inteligente que todos nosotros.
—¿Dónde estás?
—En el lugar donde comenzó el primer engaño.
—¿Qué quieres?
—La caja. A cambio, corregiré algunos detalles antes de que los fiscales obtengan el expediente completo.
—No confío en ti.
—No necesitas confiar. Solo debes recordar que Gabriel firmó suficientes documentos para pasar veinte años en prisión.
Elena miró a su hijo.
Samuel continuó:
—Tienes hasta el amanecer. Lleva la caja al hotel Saint Catherine, habitación 614. Si aparece la policía, publicaré la cinta que Víctor nunca quiso que escucharas.
La llamada terminó.
Adrián palideció al oír el nombre del hotel.
—Lucía se alojó en la habitación 614 la noche que desapareció.
Camila apretó la fotografía contra su pecho.
Elena observó la caja quemada en uno de sus bordes.
Samuel creía que podía obligarla a elegir entre salvar a su hijo y revelar la verdad.
Pero no sabía que Elena llevaba veintinueve años viviendo con preguntas.
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Esta vez no entregaría las pruebas.
Esta vez abriría la habitación donde todo había comenzado.