Chapter 7 - La habitación 614

El hotel Saint Catherine había cerrado doce años atrás.
Durante décadas fue uno de los establecimientos más exclusivos de Boston. Políticos, empresarios y diplomáticos utilizaban sus salones privados porque el personal estaba entrenado para olvidar lo que veía.
Después de una quiebra misteriosa, el edificio quedó abandonado. Las ventanas fueron cubiertas con madera y el nombre desapareció bajo capas de óxido.
A las cuatro y media de la madrugada, Elena, Gabriel, Camila y Adrián estacionaron a dos calles del hotel. Daniel permaneció en la mansión coordinando la recuperación de los servidores.
—Samuel espera que vengamos —dijo Gabriel—. Entrar por la puerta principal sería exactamente lo que quiere.
Adrián señaló un callejón.
—Existe una entrada desde el antiguo estacionamiento subterráneo.
Camila lo miró con desprecio.
—Conoces demasiados caminos secretos para alguien que afirma haber sido una víctima.
—Sobreviví porque aprendí a no utilizar las puertas que todos vigilan.
Elena llevaba la caja dentro de una bolsa de cuero. Antes de salir de la mansión, había retirado las cintas y las había sustituido por libros del mismo peso. Las grabaciones reales estaban ocultas en un lugar que solo ella conocía.
Bajaron al estacionamiento mediante una rampa cubierta de basura. Adrián encontró una puerta metálica y utilizó una llave que llevaba alrededor del cuello.
—¿La conservaste durante veintinueve años? —preguntó Elena.
—Nunca dejé de pensar en esa noche.
El interior olía a humedad. Subieron por una escalera de servicio hasta el sexto piso. Cada paso levantaba polvo. En las paredes quedaban números dorados y fragmentos de papel tapiz.
La puerta de la habitación 614 estaba entreabierta.
Elena entró primero.
No había muebles, salvo una silla, una mesa y una lámpara conectada a una batería. Sobre la mesa descansaba una grabadora.
Samuel no estaba allí.
Gabriel revisó el baño. Camila abrió el armario. Adrián permaneció junto a la puerta, atento al pasillo.
Elena presionó el botón de la grabadora.
La voz de Samuel llenó la habitación.
“Si estás escuchando esto, significa que todavía crees que la verdad puede salvarte. Víctor también lo creyó al final. Fue su último error.”
Después se oyó otra grabación, mucho más antigua.
Lucía Voss hablaba entre sollozos:
“Elena no sabe nada. No la metas en esto. Te entregaré los libros, pero deja a mi hija fuera.”
Samuel respondió:
“La niña ya forma parte del acuerdo.”
Camila se llevó una mano a la boca.
La cinta continuó. Víctor discutía con Samuel. Quería impedir que Lucía acudiera a las autoridades, pero no parecía ordenar su muerte. Samuel insistía en que permitirle escapar destruiría la compañía.
Luego se oyó un golpe, un grito y varios segundos de silencio.
Una voz masculina dijo:
“Llévala al muelle. Adrián cargará con la culpa.”
Adrián cerró los ojos.
—Por eso fingiste tu muerte —dijo Elena.
—Samuel me acusó de secuestrar a Lucía y amenazó con entregar pruebas falsas. Cinco años atrás descubrí que seguía vigilando a Camila. Si yo moría oficialmente, podía investigar sin que me encontrara.
Camila se volvió hacia él.
—¿Y durante todos esos años nunca me dijiste que quizá mi madre estaba viva?
—Encontré rastros contradictorios. No quería darte esperanza hasta estar seguro.
—Querías mantenerme obediente.
Antes de que Adrián respondiera, una pantalla pequeña se encendió sobre la mesa. Samuel apareció desde una habitación desconocida.
—Buenos días, Elena.
—Muéstrate.
—¿Has traído la caja?
Elena levantó la bolsa.
—Primero dime dónde está Lucía.
Samuel sonrió.
—Siempre haces la pregunta correcta demasiado tarde.
La pantalla mostró una cámara en directo. Una mujer de cabello gris estaba sentada en una habitación médica. Parecía débil, pero consciente. A su lado había un reloj digital que marcaba la hora exacta.
Camila se acercó tanto a la pantalla que casi la tocó.
—Mamá…
La mujer levantó la cabeza, como si hubiera escuchado algo.
—Lucía sobrevivió —explicó Samuel—. Después de aquella noche, resultó más útil viva. Víctor pagó durante años para mantenerla en una clínica privada bajo otra identidad.
Elena sintió náuseas.
—¿Víctor sabía dónde estaba?
—Hasta el día de su muerte.
Camila miró a Elena con lágrimas en los ojos.
—Tu marido mantuvo prisionera a mi madre.
—Yo no lo sabía.
—Todos decís lo mismo cuando llega el momento de pagar.
Samuel golpeó suavemente la mesa que tenía delante.
—Dejad la caja en la habitación y salid. Cuando confirme que contiene las cintas, recibiréis la dirección de la clínica.
Elena sostuvo la mirada de la pantalla.
—Si te entrego la única protección que tenemos, matarás a Lucía y nos culparás.
—Entonces deberás decidir cuánto vale para ti una mujer a la que nunca conociste.
—No negocias por la caja —dijo Elena—. Negocias por tiempo.
La sonrisa de Samuel desapareció.
Elena comprendió de repente que la habitación no era el punto de intercambio. Era una distracción. Mientras ellos estaban allí, Samuel movía a Lucía o atacaba otra parte de la empresa.
Daniel la llamó.
—Elena, encontramos una transferencia preparada desde la cuenta central del grupo. Son ciento veinte millones de dólares. Se ejecutará cuando abran los mercados.
—¿Destino?
—Una fundación médica llamada Santa Lucía.
Adrián reconoció el nombre.
—La clínica.
Elena miró la pantalla.
—No has mantenido viva a Lucía como rehén. La has utilizado para ocultar dinero en una institución registrada a su nombre.
Samuel desconectó la transmisión.
Un ruido metálico sonó en el pasillo.
La puerta de la habitación se cerró de golpe. Desde debajo comenzó a entrar humo.
Gabriel intentó abrirla, pero estaba bloqueada. Adrián golpeó el marco. Camila tomó la silla y rompió la ventana, aunque se encontraban seis pisos por encima de la calle.
El humo se espesó.
Elena examinó la pared donde estaba instalada la pantalla. Los cables desaparecían detrás de un panel reciente.
—Ayudadme a mover la mesa.
Encontraron una abertura de mantenimiento. Gabriel arrancó el panel y descubrió un estrecho conducto.
Adrián pasó primero, seguido por Elena y Camila. Gabriel entró el último mientras el fuego alcanzaba la habitación.
Salieron a una escalera exterior justo cuando el cristal explotó.
En la calle, Camila cayó de rodillas, tosiendo.
Elena se sentó a su lado.
—Encontraremos a tu madre.
Camila levantó el rostro.
—¿Por qué me ayudarías después de lo que hice?
—Porque lo que hiciste tendrá consecuencias. Pero ninguna hija debería ser obligada a elegir entre la justicia y la vida de su madre.
Daniel envió la dirección legal de la Fundación Santa Lucía.
No estaba en Portugal.
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Se encontraba a menos de una hora de Boston, en una clínica privada que pertenecía al Grupo Marlowe.
Y el director médico era uno de los hombres sentados en la reunión del consejo.