Chapter 8 - La paciente sin nombre

La clínica Santa Lucía no aparecía en ninguna publicidad.
Oficialmente era un centro de recuperación neurológica para pacientes que necesitaban privacidad absoluta. En realidad, ofrecía habitaciones sin registros públicos a personas suficientemente ricas para comprar una identidad nueva.
El doctor Malcolm Reeves dirigía la institución desde hacía diecisiete años. Había asistido a la reunión del consejo y votado a favor de suspender cualquier investigación interna.
Cuando Elena llamó, Reeves aseguró que no conocía a ninguna Lucía Voss.
—Quizá esté registrada con otro nombre —dijo Elena.
—No puedo violar la confidencialidad de nuestros pacientes.
—La clínica pertenece a mi empresa.
—Y actualmente usted está siendo investigada por fraude. Hasta que se resuelva su situación, no tiene autoridad operativa.
Samuel ya había preparado aquella respuesta.
Elena decidió no advertirle de su llegada.
A las siete de la mañana, un automóvil conducido por Adrián se detuvo frente al edificio. Elena ocupaba el asiento del acompañante. Gabriel y Camila viajaban detrás.
—Si Reeves avisa a Samuel, moverán a mi madre —dijo Camila.
—Por eso Daniel está bloqueando cualquier transferencia médica o transporte privado autorizado por la clínica —respondió Elena.
—¿Puede hacerlo?
—No legalmente durante mucho tiempo.
Adrián sonrió sin humor.
—Nunca había visto a nadie utilizar una auditoría como operación de rescate.
El vestíbulo estaba silencioso. Dos guardias se interpusieron cuando Elena mostró sus documentos de propiedad.
—El doctor Reeves ha ordenado que no se permita su entrada.
Gabriel avanzó.
—Esta clínica forma parte del Grupo Marlowe. Soy su presidente.
Uno de los guardias miró su teléfono.
—Según el comunicado recibido esta mañana, usted ha sido suspendido.
Gabriel pareció recibir una bofetada invisible.
Samuel no solo estaba atacando a Elena. Había convencido al consejo de apartar también a Gabriel mientras se investigaban las firmas fraudulentas.
Camila se acercó al mostrador y observó una lista de habitaciones. Una enfermera cubrió rápidamente la pantalla, pero ella alcanzó a leer un nombre: Laura Silva, habitación 312.
Laura era el nombre de la hermana de su madre. Silva era el apellido utilizado por Adrián durante sus años en Lisboa.
—Está en el tercer piso —susurró.
Los guardias intentaron detenerla. Camila corrió hacia las escaleras. Gabriel bloqueó a uno de ellos mientras Adrián apartaba al otro sin golpearlo. Elena pidió a la recepcionista que llamara a la policía.
—Dígales que la propietaria de este edificio denuncia una retención ilegal —ordenó.
Subieron.
La habitación 312 estaba vacía.
La cama conservaba la forma de un cuerpo. Una vía intravenosa seguía goteando sobre el suelo. En la mesa había una taza de té todavía caliente.
—La han movido hace minutos —dijo Elena.
Camila abrió el armario y encontró un vestido gris, varios libros y una caja con cartas nunca enviadas. Todas estaban dirigidas a ella.
Tomó la primera con manos temblorosas.
“Mi querida Camila: hoy cumples doce años. No sé dónde estás ni qué nombre te han dado. Samuel dice que Adrián te protege, pero ya no sé a quién creer…”
Había cartas para cada cumpleaños.
Adrián se apoyó contra la pared.
—No sabía que seguía escribiendo.
—Porque nunca la buscaste de verdad —respondió Camila.
—La busqué durante años.
—Me convertiste en un arma mientras ella vivía encerrada en un edificio de tu antigua empresa.
Reeves apareció en el pasillo acompañado por varios empleados.
—Debéis abandonar la clínica.
Elena sostuvo una de las cartas.
—¿Dónde está Lucía?
—No existe ninguna paciente con ese nombre.
—Entonces no tendrá inconveniente en mostrarme el expediente de Laura Silva.
Reeves palideció.
Gabriel lo agarró por el brazo antes de que retrocediera.
—Mi padre financiaba este lugar. ¿Qué hacíais aquí?
—Suélteme.
—Dime dónde está.
La policía llegó al vestíbulo. Sin embargo, los agentes no venían por la denuncia de Elena. Traían una orden para detenerla por conspiración, fraude bancario y destrucción de pruebas.
Samuel había actuado primero.
Dos agentes subieron al tercer piso.
—Señora Marlowe, debe acompañarnos.
Camila se interpuso.
—¡Ella no hizo nada!
Elena levantó una mano.
—No empeores la situación.
Daniel había advertido que una orden era posible. Resistirse solo proporcionaría a Samuel nuevas imágenes para presentarla como culpable.
Antes de entregar su bolso, Elena observó una mancha de barro rojo en los zapatos de Reeves.
La clínica estaba rodeada de césped húmedo y caminos pavimentados. En aquella región, la tierra roja solo aparecía cerca de las antiguas canteras de Milton, donde el Grupo Marlowe poseía un laboratorio abandonado.
Elena miró a Gabriel.
—Pregunta a Reeves dónde estuvo esta mañana.
Él siguió su mirada y entendió.
Mientras los agentes esposaban a Elena, Gabriel bloqueó la salida del médico.
—Si mi madre es culpable, la investigación lo demostrará. Pero si has trasladado a una paciente vulnerable para encubrir a Samuel, irás a prisión con él.
Reeves intentó mantener la calma.
—No sabes de qué estás hablando.
Una enfermera salió de la habitación contigua.
—Yo sí.
Todos se volvieron.
Era una mujer joven con uniforme azul. Sostenía una tableta y una carpeta médica.
—El doctor Reeves ordenó trasladar a Laura Silva a las cinco y cuarenta —declaró—. La paciente estaba sedada y no podía dar su consentimiento.
—¿Destino? —preguntó Gabriel.
La enfermera miró a Elena.
—Laboratorio Milton, edificio C.
Reeves huyó hacia las escaleras. Adrián lo alcanzó antes de que llegara al ascensor.
Elena fue conducida hacia la salida. Al pasar junto a Camila, le habló en voz baja:
—Encuentra a tu madre. Yo me ocuparé de Samuel desde dentro.
—¿Cómo?
—Las órdenes de arresto también contienen firmas. Y Samuel lleva tanto tiempo falsificando las de otros que ha olvidado proteger la suya.
Dentro del vehículo policial, Elena leyó la orden.
En la última página aparecía la autorización de un fiscal federal llamado Thomas Vale.
Elena conocía aquel nombre.
Thomas Vale había muerto hacía ocho meses.
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Samuel acababa de utilizar la firma de un muerto para arrestarla.
Y por primera vez había dejado una prueba que no podía explicar.