Chapter 10 - El precio de una firma

Gabriel negó haber visitado a Samuel.
Lo hizo primero con sorpresa, después con rabia.
—Estaba en Nueva York la noche anterior a la muerte de papá.
—Tus registros de vuelo muestran que regresaste esa tarde —dijo Daniel.
Se encontraban en una sala privada del hospital. Elena permanecía junto a la ventana. Camila estaba al lado de Lucía, mientras Adrián vigilaba el pasillo.
Gabriel se pasó ambas manos por el cabello.
—Regresé porque Samuel me llamó. Dijo que papá quería modificar el testamento y eliminarme de la empresa.
—¿Fuiste a su oficina? —preguntó Elena.
—Sí, pero no acordamos matar a nadie.
La palabra cayó con un peso insoportable.
Gabriel explicó que Samuel le había mostrado documentos según los cuales Víctor pensaba entregar el control absoluto a Elena y crear una fundación que limitaría la herencia de su hijo.
Samuel le ofreció una solución: Gabriel debía firmar una solicitud para acelerar su nombramiento como presidente si Víctor quedaba incapacitado.
—Creí que era una maniobra legal —dijo—. No sabía que utilizaría mi firma para autorizar medicamentos o modificar registros médicos.
Elena sintió que las piezas comenzaban a encajar.
Víctor murió oficialmente por una insuficiencia cardíaca. Samuel había controlado a los médicos, los documentos del hospital y el certificado final. Si la firma de Gabriel aparecía en una autorización manipulada, podía presentarlo como responsable.
—Por eso Samuel te permitió asumir la presidencia —dijo Elena—. No porque confiara en ti, sino porque necesitaba mantenerte cerca y asustado.
Gabriel bajó la cabeza.
—Después del funeral me mostró una copia del documento. Dijo que si no seguía sus instrucciones, la policía creería que había acelerado la muerte de mi padre para heredar.
—¿Qué instrucciones?
Gabriel miró a Camila.
—Debía permitirle entrar en la empresa.
Camila retrocedió.
—¿Sabías quién era yo?
—Sabía que Samuel quería que te acercaras. No sabía que eras hija de Adrián ni que buscabas a Lucía.
—Entonces nuestro encuentro tampoco fue casual para ti.
—Al principio no. Después…
—No digas que después me amaste. Los dos construimos nuestra relación sobre una mentira.
Elena cerró los ojos. Su hijo había sido manipulado, pero también había manipulado. Cada persona dentro de aquella historia había aceptado una pequeña mentira para protegerse, hasta formar una prisión suficientemente grande para todos.
El centro de distribución de Lowell estaba a cuarenta minutos.
Elena decidió ir con Gabriel y Daniel. Camila permaneció con su madre. Adrián desapareció antes de que pudieran detenerlo.
—Ha ido por su cuenta —dijo Camila—. Nunca ha sabido confiar en nadie.
El edificio de Lowell llevaba veinte años vacío. Las paredes exteriores estaban cubiertas de grafitis y varias ventanas habían sido rotas. Elena todavía recordaba cuando ella y Víctor trabajaban allí durante la noche, preparando pedidos con sus propias manos.
—La primera cosa que construimos juntos —murmuró.
En la antigua oficina encontraron el escritorio original. Elena recorrió con los dedos una inscripción que Víctor había tallado en la madera: E + V.
Debajo había una cerradura diminuta.
La llave incluida en el ultimátum de Gabriel encajaba perfectamente.
—No sabía para qué servía —dijo él.
Elena abrió el compartimento.
Estaba vacío.
Samuel había llegado primero.
En la pared apareció una luz roja. Una cámara los estaba grabando.
Un altavoz se encendió.
—Siempre fuiste brillante, Elena, pero demasiado sentimental —dijo Samuel—. Sabía que Lucía recordaría esta oficina.
—¿Dónde está el reloj?
—En un lugar seguro.
—La policía conoce tus falsificaciones.
—Conoce las que permití que encontrara. Cuando publique la autorización firmada por Gabriel, la historia será sencilla: un hijo impaciente causó la muerte de su padre y su madre destruyó pruebas para protegerlo.
Gabriel se acercó al altavoz.
—Fuiste tú quien lo mató.
—Yo solo administré las decisiones de tu familia.
La voz de Samuel parecía tranquila.
—A las cuatro de esta tarde, el consejo celebrará una reunión pública. Si Elena renuncia a sus acciones y tú confiesas haber autorizado el tratamiento de Víctor, entregaré el reloj y dejaré viva a Lucía.
Elena comprendió que Samuel no sabía que Lucía ya estaba bajo protección. Sus hombres en el laboratorio no habían logrado informarle.
Aquella era una ventaja.
Daniel desconectó la cámara y examinó el compartimento. Encontró una fibra azul y pequeñas partículas de sal.
—Samuel estuvo aquí hace menos de una hora —dijo—. La sal puede proceder de un almacén junto al puerto.
El antiguo centro de distribución tenía un segundo edificio en los muelles de Boston. Víctor lo había utilizado durante los primeros años de la compañía.
Se dirigieron allí.
El almacén parecía vacío. En el interior encontraron el sedán gris de Víctor, la caja robada y varios bidones de combustible.
Adrián estaba arrodillado en el centro, con las manos atadas.
Samuel permanecía detrás de él sosteniendo un arma.
En la otra mano llevaba el reloj de bolsillo de Víctor.
—Llegáis justo a tiempo —dijo.
Gabriel dio un paso hacia delante.
—Déjalos fuera de esto. Me quieres a mí.
Samuel sonrió.
—Por fin has entendido tu papel.
Activó una pantalla. Mostraba la sala donde el consejo comenzaba a reunirse frente a periodistas y accionistas. Camila aparecía entre los asistentes.
Elena recibió un mensaje de ella:
“Estoy dentro. Confía en mí.”
Samuel señaló una cámara instalada frente a Gabriel.
—Confiesa que autorizaste la medicación de tu padre. Después, Elena anunciará su renuncia. Si cooperáis, todo terminará.
—No terminará —respondió Elena—. Has pasado veintinueve años destruyendo pruebas. Nunca dejarás testigos.
Samuel levantó el arma.
—Entonces no me obligues a crear otro cadáver.
Gabriel miró a su madre y después a la cámara.
—De acuerdo. Confesaré.
Elena quiso detenerlo, pero él continuó.
—Solo necesito saber una cosa. ¿Mi padre sufrió?
Samuel sonrió con satisfacción.
—Menos de lo que merecía.
Aquellas palabras salieron por el altavoz de la sala del consejo.
Camila había logrado intervenir la señal.
Todos los periodistas acababan de escuchar a Samuel admitir que estuvo presente durante la muerte de Víctor.
La expresión del abogado cambió.
Disparó contra la pantalla y agarró a Gabriel por el cuello.
—¡Apaga la transmisión!
Gabriel golpeó su brazo. Adrián se lanzó contra sus piernas. El arma cayó y se deslizó bajo el automóvil.
Elena tomó el reloj de bolsillo de la mano de Samuel.
Antes de que pudiera alejarse, él activó un pequeño control remoto.
Los bidones comenzaron a emitir una señal.
Daniel palideció.
—Son detonadores.
Samuel sonrió desde el suelo.
—Si no puedo controlar la historia, no quedará nadie para contarla.
En la pantalla rota apareció una cuenta regresiva.
Sesenta segundos.
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Elena sostenía el reloj que podía revelar toda la verdad, pero Gabriel y Adrián seguían atrapados dentro del almacén.
Y las puertas metálicas acababan de cerrarse automáticamente.