Chapter 2 - El hijo que heredó una mentira

Gabriel no durmió aquella noche.
Permaneció en el estudio de su padre, rodeado de libros que nunca había leído y trofeos que siempre había considerado parte natural de su herencia. La fotografía de Camila y Adrián Cross descansaba sobre el escritorio.
Había sido tomada once meses antes.
En la esquina inferior aparecían la fecha, la hora y las coordenadas del banco. No había margen para confundir el lugar ni a las personas. Camila vestía un abrigo rojo que Gabriel recordaba perfectamente. Le había dicho que viajaba a Madrid para visitar a una tía enferma.
El hombre a su lado era más viejo que en las fotografías corporativas, pero el rostro era inconfundible.
Adrián Cross había fundado el Grupo Marlowe junto a Víctor. Cinco años antes, su barco apareció vacío frente a la costa de Maine. La policía encontró sangre, una chaqueta rota y una carta que parecía una despedida. El cuerpo nunca fue recuperado, pero un tribunal lo declaró legalmente muerto.
Después de su desaparición, Víctor adquirió las acciones de Adrián por una cantidad sorprendentemente baja.
Gabriel siempre creyó que aquello había sido una prueba de la habilidad empresarial de su padre.
Ahora comenzaba a preguntarse si había sido otra cosa.
Camila entró sin llamar.
Había cambiado el vestido blanco por un conjunto de seda negra. Llevaba una copa de vino, aunque sus manos temblaban ligeramente.
—Debemos hablar antes de la reunión —dijo.
—¿Cuándo conociste a Adrián?
Ella se detuvo.
—No sé de quién hablas.
Gabriel empujó la fotografía hacia el borde del escritorio.
Camila la miró durante unos segundos y después dejó la copa.
—Ese hombre no es Adrián Cross.
—He visto su rostro en las paredes de esta casa desde que era niño.
—Entonces sabes que está muerto.
—¿Quién es?
Camila caminó hasta la ventana.
—Un consultor financiero portugués. Se parece a Cross, nada más.
Gabriel la observó. Durante los dos años que llevaban juntos, había admirado su capacidad para mantener la calma. Camila nunca se apresuraba, nunca alzaba demasiado la voz y nunca respondía antes de medir las consecuencias.
Aquella noche, sin embargo, había cometido un error.
Había contestado demasiado rápido.
—¿Por qué creaste la solicitud del préstamo desde tu ordenador?
—Porque tú me pediste que organizara la documentación.
—Te pedí que buscaras opciones de financiación. No que falsificaras la firma de mi madre.
Camila giró.
—Todo lo hice por nosotros. La empresa necesita liquidez. Tu padre dejó contratos imposibles, deudas ocultas y una estructura diseñada para que Elena pudiera bloquear cada decisión. Si no actuábamos, perderíamos la oportunidad de modernizar el grupo.
—¿Modernizarlo o venderlo?
El silencio respondió por ella.
Gabriel abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una carpeta. Dentro estaba el acuerdo preliminar para vender tres divisiones de la compañía a North Crown Capital, una firma cuya identidad real estaba protegida por varias sociedades extranjeras.
La operación debía cerrarse una semana después de la boda.
—Me dijiste que era una alianza temporal —dijo Gabriel.
—Lo era.
—Después de la venta, North Crown controlaría nuestras patentes médicas, los terrenos industriales y la red de residencias. No quedaría ninguna empresa que dirigir.
Camila se acercó.
—Quedaría dinero. Mucho más dinero del que podríamos ganar intentando conservar un imperio construido por personas que ya no existen.
—Mi madre existe.
—Tu madre te ha utilizado toda la vida.
Aquella frase tocó una herida antigua.
Gabriel había crecido entre reuniones, viajes y cenas donde los asuntos empresariales eran más importantes que sus cumpleaños. Víctor era severo. Elena, eficiente y distante. Cuando Gabriel estudiaba en Londres, sus padres aparecían en revistas financieras mientras él recibía mensajes enviados por asistentes.
Camila conocía ese resentimiento. Lo había alimentado con paciencia.
—Ella nunca quiso que fueras presidente —continuó—. Conservó el control porque no confía en ti. Hoy ha regresado únicamente para humillarte.
Gabriel bajó la mirada hacia la fotografía.
—¿Y tú confías en mí?
Camila le acarició el hombro.
—Más que nadie.
—Entonces dime la verdad.
—Ya lo hice.
Gabriel la dejó marcharse sin responder.
A las ocho de la mañana, Elena regresó a la mansión acompañada por Samuel y Daniel. No pidió permiso. Utilizó su propia llave.
Encontró a su hijo en el comedor, solo ante una taza de café intacta.
Por primera vez en seis meses, no había arrogancia en su rostro.
—¿Cross está vivo? —preguntó.
Elena dejó el bolso sobre una silla.
—Eso creemos.
—¿Desde cuándo?
—Desde que Daniel encontró movimientos en una cuenta de Lisboa vinculada a una firma que solo Adrián y tu padre conocían.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque llevas meses enviando cada información que recibes directamente a Camila.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Ella será mi esposa.
—Si todavía puedes afirmar eso después de ver la fotografía, entonces el problema no es lo que Camila te oculta. Es lo que tú decides no ver.
Gabriel se levantó.
—No tienes derecho a juzgarme. Tú y papá me apartasteis de todo. Nunca me enseñasteis cómo funcionaba la empresa y ahora apareces con documentos secretos para demostrar que sigo siendo un niño.
Elena sostuvo su mirada.
—Intentamos enseñarte. Abandonaste tres programas de formación porque considerabas que revisar contratos era trabajo de empleados. Rechazaste dirigir una división pequeña porque el cargo no aparecía en la prensa. Y cuando tu padre enfermó, visitaste su habitación dos veces.
Gabriel palideció.
—Yo no sabía que estaba tan grave.
—No quisiste saberlo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Elena respiró profundamente. No había venido para vengarse de su hijo, aunque una parte de ella todavía sangraba por lo que había hecho. Había venido porque la compañía sostenía miles de empleos y porque Camila estaba intentando venderla a una entidad posiblemente controlada por un hombre que debía estar muerto.
—La reunión comenzará en una hora —dijo—. Puedes entrar a mi lado y ayudarme a descubrir la verdad, o puedes sentarte junto a Camila. Pero ya no podrás fingir que no sabes lo que está ocurriendo.
Gabriel miró hacia el pasillo por donde su prometida había desaparecido.
—¿Qué encontraste en la caja fuerte?
Elena sacó una memoria USB.
—La contabilidad privada de tu padre durante los últimos siete años.
—¿Había pruebas contra Camila?
—Había una lista de transferencias a nombre de alguien llamado “Lirio Blanco”.
Gabriel dejó caer lentamente la taza sobre el plato.
Camila tenía tatuado un lirio blanco detrás de la oreja derecha.
Elena lo había visto la primera vez que ella recogió su cabello durante una cena familiar.
Antes de que Gabriel pudiera responder, el teléfono de Elena vibró.
Era un mensaje de Daniel Ortega.
“Han entrado en nuestros servidores. Alguien está borrando los archivos de Lisboa.”
Elena levantó la vista.
Desde el piso superior llegó el sonido de una puerta cerrándose.
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Camila ya no estaba en su habitación.
Y la memoria USB que Elena sostenía era, quizá, la última copia que quedaba.