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Chapter 3 - Los tres sellos

La sala del consejo ocupaba el ala oriental de la mansión.

Víctor la había diseñado cuando todavía creía que una empresa familiar podía protegerse manteniendo todas las decisiones importantes dentro de una casa. La mesa de nogal tenía dieciséis asientos. En la pared principal colgaban los retratos de los fundadores: Víctor Marlowe, Adrián Cross y Elena.

Durante años, los visitantes asumieron que Elena aparecía allí por ser la esposa de Víctor.

Pocos recordaban que había aportado el primer millón de dólares y diseñado el sistema de distribución que convirtió una pequeña empresa farmacéutica en un conglomerado internacional.

A las nueve en punto, trece miembros del consejo ocuparon sus lugares.

Gabriel se sentó en el extremo opuesto a su madre. Camila llegó un minuto antes de cerrar las puertas. Se había cambiado de ropa y llevaba un traje color marfil. Su expresión era serena, como si la noche anterior no hubiera ocurrido nada.

Elena observó que no llevaba equipaje.

Tal vez no había huido. Tal vez había bajado al centro de servidores.

Samuel Price abrió la reunión.

—La señora Elena Marlowe, propietaria del cincuenta y dos por ciento de los derechos de voto, ha solicitado revisar tres asuntos: el préstamo garantizado con la mansión, la venta propuesta a North Crown Capital y varias transferencias no autorizadas.

Camila levantó una mano.

—Antes de continuar, debemos verificar que los documentos presentados por Elena sean auténticos. Su estado emocional después de la muerte de Víctor ha sido inestable.

Algunos consejeros evitaron mirar a Elena.

La insinuación no era nueva. Durante meses, Camila había hablado discretamente sobre pérdidas de memoria, confusión y episodios depresivos. Había preparado el terreno para que cualquier acusación pareciera producto de una viuda incapaz de aceptar el cambio.

Elena colocó tres sobres sobre la mesa.

Cada uno llevaba un sello diferente.

—El primer sobre contiene mi evaluación médica completa —dijo—. Fue realizada hace cuatro días por tres especialistas independientes. Confirma que no padezco deterioro cognitivo.

Abrió el sobre y entregó las copias.

—El segundo contiene el análisis forense de la firma falsificada. El tercero identifica a la persona que intentó eliminar esta mañana los archivos de nuestro servidor.

Camila no se movió.

Daniel conectó su ordenador a la pantalla de la sala. Apareció un registro de accesos.

—A las ocho y doce —explicó—, alguien utilizó las credenciales de Gabriel Marlowe para entrar al sistema. Sin embargo, la cámara del pasillo confirma que el señor Marlowe se encontraba en el comedor con su madre.

Gabriel miró a Camila.

—Tú conoces mi contraseña.

—También la conocen tus asistentes.

Daniel cambió la imagen.

Una grabación mostraba a Camila entrando en la oficina de seguridad a las ocho y nueve. Tres minutos después, las cámaras internas dejaron de funcionar.

—Esto no demuestra que yo borrara nada —dijo ella.

—No —respondió Elena—. Pero demuestra que mentiste cuando dijiste que permaneciste toda la mañana en tu habitación.

Camila apoyó las manos sobre la mesa.

—Entré para revisar un problema con las cámaras de la boda. Gabriel me había dado autorización.

—No lo hice —dijo él.

Fue la primera vez que se opuso a ella delante de otras personas.

Camila giró lentamente hacia su prometido.

—Ten cuidado con lo que estás insinuando.

Gabriel sintió el aviso oculto bajo aquellas palabras. Camila conocía sus errores, sus firmas apresuradas y las decisiones que había tomado para asumir el poder antes de la muerte de su padre. Si ella caía, probablemente intentaría arrastrarlo consigo.

Samuel abrió el segundo sobre y distribuyó el informe del préstamo.

Elena explicó que cuarenta millones de dólares habían sido depositados en una cuenta controlada por una subsidiaria llamada White Lily Holdings. Dos días después, treinta y siete millones fueron transferidos a Lisboa.

—¿Quién autorizó la creación de esa subsidiaria? —preguntó uno de los consejeros.

Daniel mostró el documento.

La firma era de Gabriel.

—Camila me dijo que era una empresa temporal para proteger activos —admitió él.

—¿Leíste lo que firmaste? —preguntó Elena.

Gabriel no respondió.

Camila sonrió con amargura.

—Aquí está la verdad. Gabriel tomó decisiones y ahora su madre necesita convertir a la prometida extranjera en la villana. Es más cómodo culparme que aceptar que su hijo no estaba preparado para dirigir.

—No te culpo por ser extranjera —dijo Elena—. Te acuso porque el dinero terminó en una cuenta abierta con tu pasaporte.

La pantalla mostró una copia del registro bancario.

Por primera vez, Camila perdió completamente la expresión.

Un consejero pidió suspender la reunión y llamar a la policía. Otro advirtió que una investigación pública hundiría las acciones. Las voces comenzaron a superponerse.

Elena golpeó suavemente la mesa con un bolígrafo.

El silencio regresó.

—Todavía no conocemos toda la operación —dijo—. North Crown puede ser una empresa pantalla de Adrián Cross. Si está vivo, debemos descubrir por qué fingió su muerte y qué relación tenía con Víctor durante sus últimos años.

Camila se levantó.

—No participaré en este espectáculo.

Dos agentes de seguridad aparecieron junto a la puerta.

—No puede abandonar la propiedad con dispositivos de la compañía —indicó Samuel.

—¿Me estáis reteniendo?

—Estamos protegiendo pruebas.

Camila miró a Gabriel, esperando que interviniera.

Él permaneció sentado.

Entonces ella sacó lentamente su teléfono y lo dejó sobre la mesa. Después retiró un reloj inteligente y una pequeña memoria de su bolso.

Daniel comenzó a registrar los objetos.

Elena observó una pulsera de plata en la muñeca de Camila. Tenía tres diminutos sellos grabados: una corona, un lirio y una cruz.

Los mismos símbolos aparecían en la última página del archivo privado de Víctor.

Elena se acercó.

—¿De dónde sacaste esa pulsera?

Camila cubrió instintivamente su muñeca.

—Era de mi madre.

—¿Cómo se llamaba?

—No es asunto tuyo.

—Tu madre era Lucía Voss, ¿verdad?

El rostro de Camila cambió.

Gabriel miró a ambas.

—¿Quién es Lucía Voss?

Elena tardó en responder.

Veintinueve años antes, Lucía había trabajado como contable para Adrián Cross. Desapareció después de acusar a Víctor de ocultar pérdidas millonarias. La policía concluyó que había robado dinero y huido del país.

Elena nunca creyó aquella versión.

Antes de desaparecer, Lucía le había enviado una carta con una advertencia: “Si alguna vez ves los tres sellos juntos, significa que han vuelto para terminar lo que empezaron.”

Camila retrocedió.

—Mi madre murió cuando yo era una niña.

—¿Quién te lo dijo?

—Adrián.

La palabra escapó antes de que pudiera detenerla.

Nadie se movió.

Gabriel se levantó lentamente.

—Así que sí lo conoces.

Camila comprendió su error. Su mirada recorrió la habitación buscando una salida.

En ese instante, todas las pantallas se apagaron.

Las luces parpadearon.

Desde el pasillo llegó una alarma.

Daniel revisó su teléfono.

—Alguien acaba de abrir la cámara acorazada del sótano.

Elena sintió que el pasado se abría bajo sus pies.

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Dentro de aquella cámara no había dinero.

Guardaba el único objeto que Víctor le había prohibido tocar: una caja de madera marcada con los tres sellos.

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