Chapter 13 - El consejo de los fantasmas

La reunión extraordinaria se celebró en el auditorio principal del Grupo Marlowe.
Más de quinientas personas ocuparon los asientos. Miles seguían la transmisión en directo. Afuera, empleados, periodistas y antiguos pacientes exigían respuestas.
Elena entró sin escolta visible.
Vestía el mismo traje beige con el que había regresado a la mansión. No llevaba joyas salvo su anillo. Caminó hasta el centro del escenario mientras las cámaras la seguían.
Gabriel se sentó en primera fila. Camila permanecía junto a Lucía en una zona protegida. Adrián observaba desde el extremo del auditorio.
Doce sillas vacías habían sido colocadas sobre el escenario.
Cada una llevaba el nombre de uno de los inversores ocultos de North Crown.
—Durante años —comenzó Elena—, esta empresa construyó hospitales, produjo medicamentos y empleó a miles de personas. También permitió que un grupo de directivos utilizara esa reputación para ocultar delitos. Hoy no he venido a proteger el apellido Marlowe. He venido a explicar cómo se convirtió en un escudo.
Daniel presentó las transferencias, los registros médicos y las falsificaciones. Lucía autorizó la reproducción de una parte de su testimonio. El video de Víctor fue analizado por tres expertos independientes que confirmaron su autenticidad.
Uno por uno, los nombres de los doce inversores aparecieron en la pantalla.
Cuando se mostró el de Eleanor Price, el auditorio reaccionó con incredulidad.
Una mujer se levantó entre el público.
Era Eleanor.
Vestía de negro y llevaba el cabello plateado perfectamente recogido. Caminó hacia el escenario con la tranquilidad de quien estaba acostumbrada a recibir aplausos.
—Elena, esto ha ido demasiado lejos —dijo—. Estás utilizando el dolor de una mujer enferma para destruir a personas inocentes.
—Tu firma aparece en diecisiete transferencias.
—Mi fundación recibe miles de donaciones. Nunca reviso personalmente cada operación.
—Pero revisaste el expediente de Lucía.
Eleanor miró hacia la zona protegida.
—Porque representaba un riesgo. Era una mujer inestable que amenazaba con acusaciones imposibles.
Camila se puso de pie.
—La mantuvisteis drogada durante veintinueve años.
—Te aconsejo que tengas cuidado —respondió Eleanor—. Tú robaste cuarenta millones de dólares y sedujiste a un hombre para entrar en su familia.
Camila palideció, pero no retrocedió.
—Sí. Mentí y desvié dinero. Responderé por ello. Esa es la diferencia entre nosotras.
La admisión recorrió el auditorio. Gabriel cerró los ojos.
Camila continuó:
—Yo puedo reconocer lo que hice. Tú sigues llamando caridad al dinero que utilizaste para mantener cautiva a mi madre.
Eleanor sonrió.
—Una confesión conmovedora. Pero no cambia que Gabriel Marlowe autorizó la medicación que mató a su padre.
La pantalla principal cambió repentinamente.
Apareció una copia del documento firmado por Gabriel, acompañada por un audio.
La voz de Gabriel decía:
“Haz lo necesario. Quiero la presidencia antes de que él cambie de opinión.”
El público comenzó a murmurar.
Gabriel se levantó.
—Esa conversación está incompleta.
—¿Firmaste el documento? —preguntó Eleanor.
—Sí.
—¿Deseabas sustituir a tu padre?
Gabriel miró a su madre.
Elena no intervino. Si lo protegía ocultando una parte de la verdad, repetiría exactamente el error que Víctor había cometido.
Gabriel caminó hasta el escenario.
—Sí, quería la presidencia. Estaba resentido, era arrogante y firmé algo que no leí. Samuel utilizó mi ambición para alterar la medicación de mi padre. No sabía que moriría, pero mi ignorancia no borra mi responsabilidad.
Eleanor frunció el ceño. Esperaba una negación que pudiera desmontar.
—Por eso renuncio como presidente —continuó Gabriel—. Entregaré mis acciones al fideicomiso de compensación hasta que una investigación determine mi responsabilidad legal.
Elena lo miró con una mezcla de tristeza y orgullo.
Su hijo estaba perdiendo aquello que había intentado conseguir mediante atajos, pero por primera vez actuaba como alguien digno de dirigir su propia vida.
Las puertas del auditorio se abrieron.
Agentes federales entraron con órdenes contra seis miembros del consejo y el doctor Reeves. Eleanor retrocedió.
—Esto es una puesta en escena.
—No —dijo Elena—. Es la consecuencia de las firmas que dejaste.
Los agentes se acercaron, pero todas las luces se apagaron.
Un disparo resonó desde la galería superior.
La pantalla explotó.
El público gritó y se arrojó al suelo.
Samuel apareció junto a la cabina de control. Sujetaba a una joven técnica y mantenía un arma contra su cuello.
—¡Nadie se mueve!
Los agentes levantaron sus armas.
Samuel arrastró a la rehén hacia el escenario.
—Entrega el reloj, Elena.
—Su contenido ya está en manos de la fiscalía.
—No quiero su contenido. Quiero la llave.
Elena comprendió.
La llave numérica no solo abría el archivo. También daba acceso al fondo secreto creado por Víctor, donde permanecían los ciento veinte millones destinados a compensar a las víctimas.
Samuel quería escapar con el dinero.
—Aunque te la entregue, no saldrás de este edificio.
—No necesito salir por la puerta.
Una explosión pequeña sacudió el estacionamiento. Las alarmas comenzaron a sonar. Samuel había preparado otra distracción.
Gabriel avanzó lentamente.
—Déjala ir. Yo iré contigo.
Samuel apuntó hacia él.
—Tu madre ya te eligió una vez. Entregó la empresa antes que protegerte.
—No —respondió Gabriel—. Me obligó a enfrentar lo que hice. Tú nunca entenderás la diferencia.
Samuel disparó.
Elena gritó.
Gabriel cayó detrás del atril.
Camila corrió hacia él mientras los agentes respondían. Samuel desapareció por una puerta lateral durante el caos.
Elena se arrodilló junto a su hijo. La bala había rozado su costado, pero la sangre se extendía rápidamente por su camisa.
Gabriel abrió los ojos.
—No le des la llave.
—No voy a perderte por una empresa.
—No es por la empresa. Es por todas las personas a las que les robó la vida.
Los paramédicos se llevaron a Gabriel.
En el suelo, junto al lugar donde Samuel había estado, Elena encontró una nota.
“Medianoche. Mansión Marlowe. Lleva la llave si quieres que Gabriel llegue vivo al hospital.”
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Samuel había saboteado la ambulancia asignada a su hijo.
Y alguien dentro del equipo médico seguía trabajando para él.