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Chapter 4 - La caja de Víctor

Elena fue la primera en abandonar la sala del consejo.

No corrió. Había aprendido que correr dentro de una crisis solo comunica miedo a quienes desean controlarte. Caminó con rapidez hacia la escalera de servicio, seguida por Daniel, Samuel, Gabriel y dos agentes de seguridad.

Camila permaneció en la sala.

Al menos eso creyó Elena.

La cámara acorazada se encontraba bajo la biblioteca, detrás de una puerta de acero disimulada entre paneles de madera. Víctor la había instalado dos décadas antes para guardar contratos originales, patentes y documentos familiares.

Cuando llegaron, la puerta estaba abierta.

No había señales de violencia.

Alguien había utilizado el código correcto.

Daniel entró primero. Los archivadores permanecían cerrados. Las cajas de seguridad individuales no habían sido tocadas. Sin embargo, en el centro de la habitación había una mesa vacía cubierta por una fina capa de polvo.

El rectángulo limpio sobre la superficie indicaba que una caja había sido retirada recientemente.

—¿Quién conocía el código? —preguntó Samuel.

—Víctor y yo —respondió Elena—. Gabriel recibió uno temporal cuando su padre estuvo hospitalizado.

Todas las miradas se dirigieron hacia él.

—Nunca bajé aquí —dijo Gabriel—. Papá me dio una tarjeta con números, pero la perdí.

Elena recordó aquel periodo. Víctor había sufrido una insuficiencia cardíaca. Durante tres semanas, apenas podía hablar. Gabriel aparecía y desaparecía entre reuniones con inversores, mientras Camila comenzaba a ocupar espacios cada vez más importantes dentro de la familia.

—¿Cuándo la perdiste? —preguntó Elena.

—Después del funeral.

—¿Se lo dijiste a alguien?

Gabriel miró hacia las escaleras.

—A Camila.

Uno de los guardias recibió un aviso por radio. Camila ya no estaba en la sala del consejo. Había salido por una puerta lateral durante el apagón.

Elena cerró los ojos durante un segundo.

No podía permitirse la desesperación. La caja contenía información, pero Víctor nunca confiaba en una única copia. Si había conservado aquellos documentos, debía de existir otra pista.

—Bloquead todas las salidas —ordenó—. Revisad el garaje y los jardines. Nadie debe enfrentarse a ella a solas.

Gabriel la miró sorprendido.

—¿Crees que es peligrosa?

—Creo que lleva años preparándose para entrar en esta familia. Eso la hace más peligrosa de lo que imaginamos.

Subieron a la biblioteca. Afuera, los invitados de la recepción anterior ya se habían marchado, pero algunos empleados seguían encerrados en oficinas mientras seguridad revisaba la propiedad.

Gabriel encontró el teléfono de Camila abandonado bajo una silla del comedor. La tarjeta SIM había sido retirada.

En el garaje faltaba un vehículo: el antiguo sedán gris de Víctor, un coche que nadie utilizaba desde su muerte.

—Tiene la caja y un automóvil sin rastreo —dijo Daniel—. Puede estar camino al aeropuerto.

Elena negó con la cabeza.

—No quiere escapar todavía.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque la caja estaba cerrada con una combinación diferente. Si pudiera abrirla, habría sacado únicamente los documentos. Se llevó todo porque necesita a alguien que conozca la clave.

Gabriel comprendió.

—Adrián.

Daniel llamó a sus contactos en la policía y envió la matrícula del sedán. Samuel regresó a la sala del consejo para contener a los directivos. Elena permaneció en la biblioteca con Gabriel.

Durante unos minutos, madre e hijo no hablaron.

—¿Qué había dentro? —preguntó él.

Elena caminó hasta el retrato de Víctor.

—Tu padre decía que algunos secretos podían destruir una empresa, pero otros podían destruir una familia. Nunca me permitió abrir esa caja.

—¿Y aceptaste eso?

—Confiaba en él.

—Tal vez ese fue tu error.

Elena miró a su hijo. Había crueldad en la frase, pero también dolor.

—Sí —admitió—. Tal vez lo fue.

Gabriel no esperaba aquella respuesta.

Durante años había imaginado a sus padres como una unidad perfecta, dos personas que compartían poder mientras lo mantenían a él fuera. Descubrir que Víctor también había ocultado cosas a Elena alteraba la historia que se había contado a sí mismo.

—Camila me habló de ti antes de que yo le contara quién eras —dijo.

Elena permaneció quieta.

—¿Cuándo?

—La noche que nos conocimos. Dijo que admiraba a las mujeres que construían empresas junto a hombres poderosos y después eran borradas de la historia. Pensé que era una coincidencia.

—No lo era.

—¿Crees que se acercó a mí únicamente para entrar aquí?

—No puedo responder eso.

—Pero lo piensas.

Elena vio a su hijo bajar la cabeza. Una parte de ella quiso consolarlo. Otra recordó sus maletas junto a la puerta y la carta ordenándole desaparecer.

El amor de una madre no borraba las consecuencias.

—Camila pudo utilizarte —dijo—, pero tú elegiste cada paso que la ayudó. Le entregaste contraseñas, firmaste documentos y permitiste que me expulsara. No puedes convertirte en víctima para evitar tu responsabilidad.

Gabriel asintió lentamente.

Antes de que pudiera responder, Daniel entró con una carpeta.

—Encontramos algo en el coche de Camila que sigue en el garaje.

Era un recibo de hotel a nombre de Laura Voss, fechado tres días antes de la muerte de Víctor. La habitación había sido pagada durante un mes, aunque nadie se alojaba allí actualmente.

—¿Laura? —preguntó Gabriel.

—La hermana de Lucía —explicó Elena—. Oficialmente murió en 2004.

Daniel colocó sobre la mesa una fotografía recuperada del compartimento del vehículo. Mostraba a una mujer joven frente a la mansión, sosteniendo un bebé.

En la parte posterior había una frase:

“Para Elena, cuando estés preparada para conocer a la hija que Víctor te ocultó.”

Gabriel leyó la nota dos veces.

—¿Papá tuvo otra hija?

Elena tomó la fotografía. Reconoció el jardín, la fecha aproximada y el abrigo que Víctor llevaba reflejado en una ventana. El bebé tendría ahora unos veintiocho años.

La misma edad que Camila.

Gabriel dio un paso atrás.

—No.

Elena observó los ojos de la joven en la fotografía.

Eran los ojos de Víctor.

Antes de que pudiera decir nada, sonó el teléfono de la biblioteca. Era una línea interna que no se utilizaba desde hacía años.

Elena contestó.

Una voz masculina habló al otro lado.

—Si quieres recuperar la caja y descubrir quién es realmente Camila, ven al antiguo invernadero antes de medianoche. Sola.

Elena reconoció aquella voz pese al tiempo.

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Era Adrián Cross.

Y parecía estar dentro de la propiedad.

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