Chapter 11 - Sesenta segundos

El número rojo descendió de sesenta a cincuenta y nueve.
Durante el primer segundo, nadie se movió.
Samuel seguía en el suelo, con Adrián sobre él. Gabriel intentaba liberar sus manos mientras Daniel examinaba los bidones conectados mediante cables negros. Elena sostenía el reloj de Víctor contra su pecho.
—No son simples temporizadores —dijo Daniel—. Están conectados a las puertas y al sistema eléctrico. Si corto el cable equivocado, detonarán inmediatamente.
Cincuenta y cuatro segundos.
Samuel comenzó a reír.
—Víctor construyó este almacén para guardar sustancias experimentales. No quedará suficiente para identificaros.
Gabriel lo agarró por la camisa.
—¿Cómo se detiene?
—No se detiene.
Elena observó el control remoto junto a la mano de Samuel. Tenía dos botones, uno rojo y otro negro. Si el rojo había iniciado la cuenta, el negro podía cancelarla. También podía acelerar la explosión.
No podía arriesgarse a adivinar.
Cincuenta segundos.
En la pantalla dañada todavía aparecía la sala del consejo. Camila estaba junto a la mesa principal, hablando por teléfono mientras los periodistas gritaban preguntas. Elena vio que levantaba la cabeza hacia una cámara.
—Puedo veros —dijo la voz de Camila a través del altavoz—. Daniel, la señal de los detonadores pasa por el sistema de seguridad del almacén.
—Necesito el código de acceso.
—Estoy buscándolo.
Samuel dejó de sonreír.
—No lo encontrará.
Adrián apretó el brazo del abogado contra el suelo.
—Dime el código.
—Tú deberías conocerlo. Es la fecha en que abandonaste a tu hija.
Adrián endureció la mandíbula.
Cuarenta y tres segundos.
Gabriel corrió hacia las puertas metálicas. No había manijas interiores. Cogió una barra de hierro y trató de introducirla entre ambos paneles, pero el mecanismo no cedió.
Daniel siguió los cables hasta una caja de distribución situada detrás del sedán.
—Aunque desactive las puertas, necesitamos alejarnos al menos cien metros. Este lugar está lleno de combustible.
Elena miró alrededor.
El almacén había sido construido antes de que existieran las normas modernas. Recordó acompañar a Víctor durante una inundación ocurrida treinta años atrás. El agua había entrado por un canal de drenaje situado debajo de la plataforma de carga.
—Hay un túnel bajo el suelo —dijo—. Detrás de los antiguos depósitos.
Gabriel encontró una tapa metálica cubierta por cajas vacías. Utilizó la barra como palanca.
Treinta y siete segundos.
La tapa se abrió, revelando una escalera que descendía hacia la oscuridad.
—Camila, no necesitamos abrir las puertas —dijo Elena—. Solo retrasa la explosión.
—Estoy dentro del sistema, pero Samuel cambió el código.
Adrián miró al abogado.
—La fecha en que abandoné a Camila fue el doce de marzo de 1998.
—Prueba 120398 —ordenó Daniel.
Camila introdujo los números.
La cuenta se detuvo durante un instante.
Después descendió directamente a veinte segundos.
—¡Era una trampa! —gritó Camila.
Samuel empujó a Adrián y corrió hacia la trampilla. Gabriel lo interceptó. Ambos chocaron contra el sedán. Samuel golpeó a Gabriel en el estómago y trató de arrebatarle el reloj a Elena.
Ella retrocedió y cerró la mano alrededor de la cadena.
—¡Bajad! —ordenó Daniel.
Adrián descendió primero. Elena le entregó el reloj antes de entrar en el túnel. Daniel fue detrás de ella.
Quince segundos.
Gabriel seguía luchando con Samuel.
—¡Gabriel! —gritó Elena.
Su hijo consiguió apartarlo y corrió hacia la trampilla. Samuel agarró su tobillo. Gabriel cayó de rodillas.
Diez segundos.
Elena regresó dos peldaños y extendió la mano.
—¡Dámela!
Gabriel golpeó los dedos de Samuel con la barra. El abogado soltó su pierna. Gabriel alcanzó la escalera.
Samuel se lanzó tras él.
Adrián apareció desde abajo y cerró la tapa en el instante en que Samuel llegó.
Cinco segundos.
Corrieron por el canal de drenaje. El agua les llegaba hasta los tobillos. Elena no podía ver el final, pero sentía la mano de Gabriel sujetando su brazo.
La explosión levantó el suelo.
Una onda de fuego atravesó el túnel. Los cuatro fueron arrojados hacia delante. La tapa metálica salió despedida y una nube de polvo, humo y fragmentos llenó el conducto.
Elena perdió el conocimiento durante algunos segundos.
Cuando abrió los ojos, Gabriel estaba inclinado sobre ella.
—Mamá, mírame.
—Estoy bien.
No lo estaba. Le dolía el hombro y tenía un corte en la frente, pero podía respirar.
Daniel se incorporó junto a la pared. Adrián conservaba el reloj entre las manos.
—¿Samuel? —preguntó Elena.
Nadie respondió.
Regresaron hacia la entrada, pero el túnel estaba bloqueado por escombros. No sabían si Samuel había quedado atrapado, había encontrado otra salida o había muerto en la explosión.
Caminaron hasta que el canal desembocó junto al río. Afuera, la noche estaba iluminada por las llamas del almacén. Bomberos, ambulancias y patrullas se acercaban desde todas las direcciones.
Camila llegó en uno de los primeros vehículos.
Corrió hacia Gabriel, pero se detuvo antes de abrazarlo. Ambos permanecieron frente a frente, separados por todo lo que habían descubierto.
—Pensé que habías muerto —dijo ella.
—Yo también.
Elena pidió una ambulancia para Daniel y permitió que los paramédicos revisaran su hombro. Adrián permaneció apartado, sosteniendo el reloj.
Un bombero informó que habían encontrado una salida de mantenimiento abierta en el extremo norte del almacén.
No había ningún cuerpo.
Samuel había escapado.
La transmisión de su confesión, sin embargo, ya se había difundido por todos los canales. El consejo suspendió la venta a North Crown y solicitó una investigación federal. Las acciones del Grupo Marlowe quedaron congeladas.
A las tres de la madrugada, Elena, Gabriel y Camila se reunieron en una habitación del hospital. Lucía dormía en la sala contigua. Adrián colocó el reloj sobre la mesa.
Era una pieza antigua de oro con las iniciales de Víctor grabadas en la tapa. Daniel había explicado que no podían abrirlo sin destruir el mecanismo.
—Mi padre dijo que Elena sabría cómo hacerlo —recordó Lucía.
Elena tomó el reloj.
Víctor siempre adelantaba cinco minutos la hora porque odiaba llegar tarde. Elena giró la corona hacia atrás exactamente cinco minutos y presionó el pequeño botón lateral.
La tapa interior se abrió.
Dentro había una tarjeta de memoria y una llave diminuta.
Gabriel encontró un ordenador sin conexión a internet. Insertaron la tarjeta.
Aparecieron tres archivos de audio y un video.
El primero tenía una fecha registrada dos días antes de la muerte de Víctor.
Elena presionó reproducir.
Su marido apareció sentado en el mismo estudio donde Gabriel había pasado la noche anterior. Estaba pálido y respiraba con dificultad.
“Elena, si estás viendo esto, significa que Samuel consiguió impedir que te dijera la verdad.”
Ella sintió que el pecho se le cerraba.
Víctor continuó:
“No merezco tu perdón. Pero antes de morir debo explicarte qué ocurrió con Lucía, Adrián y nuestro hijo.”
Gabriel acercó su silla.
En el pasillo, una figura vestida como médico observaba la habitación a través del cristal. Sostenía una jeringa dentro del bolsillo.
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Samuel todavía no había terminado.
Y ahora sabía que habían abierto el reloj.