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Capítulo 8: Humo y Espejos

El sonido de los puñetazos de Víctor contra la puerta de la suite retumbaba en el pasillo. Sacaría su radio en cualquier segundo para alertar a los demás guardias de seguridad que patrullaban los jardines. Elena necesitaba una distracción masiva, algo tan caótico que paralizara a todo el personal y le permitiera cruzar los terrenos exteriores sin ser vista.

Corrió por el pasillo hasta llegar a la intersección cerca de la escalera principal. Allí, empotrada en la pared junto a un jarrón antiguo, estaba la caja roja de la alarma contra incendios de la mansión.

Elena no lo dudó. Levantó su codo desnudo y golpeó el panel de cristal con fuerza. El vidrio se rompió, arañándole levemente la piel, y tiró de la palanca blanca hacia abajo.

Inmediatamente, una sirena ensordecedora, estridente y aguda, desgarró la elegante atmósfera de la mansión. Las luces estroboscópicas de emergencia comenzaron a parpadear en las paredes, bañando el pasillo en destellos intermitentes de luz blanca y cegadora.

El efecto en el piso inferior fue instantáneo. La música del cuarteto de cuerdas se detuvo abruptamente. A través de la barandilla, Elena pudo ver cómo el pánico se apoderaba del vestíbulo. Los organizadores del evento gritaban instrucciones contradictorias, los camareros soltaban las bandejas, y los pocos invitados que habían llegado temprano eran evacuados rápidamente hacia la entrada principal por el personal de seguridad confundido.

El caos era su escudo.

Aprovechando que todos los guardias convergían hacia el interior de la casa para buscar el origen del supuesto incendio y evacuar a los civiles, Elena bajó corriendo por las escaleras de servicio y salió por una puerta lateral que daba directamente a los jardines traseros.

El aire fresco golpeó su rostro, pero no había tiempo para detenerse. Corrió sobre el césped, manteniendo un perfil bajo, ocultándose detrás de los grandes setos decorativos, en dirección al inmenso invernadero de cristal.

A medida que se acercaba, un sonido escalofriante se mezcló con el ulular distante de las alarmas contra incendios. Era el sonido de golpes rítmicos y brutales.

¡Crash!... ¡Crash!...

Alejandro estaba destrozando el invernadero desde adentro. Usando un pesado macetero de hierro forjado como ariete, estaba golpeando sin piedad los paneles de cristal templado de una de las paredes laterales. El cristal estaba diseñado para resistir impactos, pero estaba completamente cubierto de grietas en forma de telaraña, a punto de ceder. Alejandro, ensangrentado, empapado por el sistema de riego y completamente enloquecido, parecía un demonio tratando de escapar del inframundo.

Elena se agachó y se acercó sigilosamente a la parte baja del invernadero, lejos del panel que él estaba rompiendo. Buscó desesperadamente la mesa de jardinería donde había ocultado a la niña.

—¡Lily! —susurró fuertemente, su voz apenas audible sobre el ruido de los golpes y el agua—. ¡Lily, soy yo, tía Elena!

Las hojas de monstera se apartaron suavemente. La pequeña Lily, empapada por el agua de los aspersores que se filtraba, salió arrastrándose de su escondite. Su rostro estaba pálido, pero no derramaba una sola lágrima. Su valentía era sobrecogedora, un reflejo innegable de la fortaleza de su difunta madre.

Elena pasó el brazo por debajo del marco de ventilación inferior, que estaba abierto unos centímetros, y Lily se deslizó ágilmente hacia afuera. Elena la atrapó, abrazándola con una fuerza desesperada.

—Lo hiciste muy bien, mi amor. Eres una niña muy valiente —le susurró Elena al oído, besando su mejilla mojada.

¡CRAAAAASH!

Un estruendo ensordecedor de cristales rotos resonó a solo diez metros de distancia. El panel lateral del invernadero finalmente había colapsado. Alejandro salió tambaleándose de entre los escombros afilados, el rostro desfigurado por el odio y los cristales clavados en su traje. Su mirada desquiciada escaneó los jardines, y casi de inmediato, se fijó en la figura blanca del vestido de Elena.

—¡ELENA! —El grito fue inhumano, desgarrando sus cuerdas vocales. Levantó el cuchillo que aún aferraba en su mano izquierda y comenzó a correr hacia ellas, cojeando pero impulsado por una furia letal.

—¡Agárrate fuerte! —gritó Elena.

Levantó a Lily en brazos y corrió. Corrió como nunca lo había hecho en su vida. Su objetivo eran las grandes puertas de servicio en la parte trasera de la propiedad, por donde entraban los camiones de catering.

Gracias a la alarma de incendios que había activado, el sistema de seguridad automatizado de la mansión había entrado en protocolo de emergencia. Esto significaba que todas las puertas perimetrales se abrían automáticamente para permitir el acceso de los camiones de bomberos. Las enormes puertas de hierro negro estaban abiertas de par en par.

Los pies descalzos de Elena sangraban por las piedras del camino, pero ignoró el dolor. Alejandro, a pesar de sus heridas, recortaba distancia. El peso de la niña y el cansancio acumulado hacían que Elena perdiera velocidad.

—¡No vas a salir de aquí viva! —gritó él, a solo veinte metros a sus espaldas.

Elena llegó a las puertas de hierro. Cruzó el umbral. Estaba fuera de la propiedad.

La calle estaba llena del caos provocado por la evacuación de la mansión. Invitados confundidos, organizadores y un par de patrullas de policía de tránsito que acababan de llegar para desviar el tráfico debido a la alarma.

Alejandro salió corriendo por las puertas detrás de ella, levantando el cuchillo, ciego de ira, sin importarle quién estuviera mirando.

Pero ya no estaban en su mundo de control absoluto. Ya no estaban en el silencio de su vestidor de caoba.

—¡Policía! ¡Ayuda! ¡Tiene un cuchillo! —gritó Elena con todas sus fuerzas, cayendo de rodillas sobre el asfalto caliente de la calle, abrazando a Lily para protegerla.

Dos oficiales de policía, que estaban redirigiendo el tráfico, escucharon el grito y se giraron. Al ver a un hombre ensangrentado, empapado y con un arma blanca corriendo hacia una mujer vestida de novia y una niña, no lo dudaron.

—¡Alto ahí! ¡Suelte el arma! —gritó uno de los oficiales, desenfundando su pistola de servicio.

Alejandro se detuvo en seco. Parpadeó, la niebla roja de la ira disipándose lentamente al encontrarse cara a cara con el cañón de un arma de fuego en medio de la vía pública, rodeado de docenas de testigos con teléfonos móviles grabando la escena. La ilusión de su omnipotencia se desmoronó en un segundo. El cuchillo de carnicero resbaló de sus dedos ensangrentados y cayó al asfalto con un tintineo metálico.

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Elena, temblando de pies a cabeza, apretó a Lily contra su pecho. Llevó su mano libre al escote de su vestido y sintió la forma rectangular del USB negro contra su piel.

Habían sobrevivido al laberinto del monstruo. La boda sangrienta había terminado, pero para Alejandro Vargas, su verdadera condena estaba a punto de comenzar.

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