Capítulo 7: Las Sombras del Palacio

El sol de la mañana brillaba con una ironía cruel sobre los inmensos jardines de la mansión Vargas. Mientras Alejandro golpeaba inútilmente las puertas de hierro del invernadero, rugiendo como una bestia enjaulada, Elena corría descalza por el césped húmedo, dirigiéndose hacia la entrada de servicio de la casa.
Su aspecto era el de un espectro salido de una pesadilla. El vestido de novia de diseñador, que horas antes representaba un futuro de ensueño, ahora era un trapo desgarrado por las rodillas, manchado de barro oscuro, sudor y la sangre de las heridas en el rostro de Alejandro. Su cabello castaño caía en mechones desordenados sobre sus hombros descubiertos, y sus pulmones ardían con cada inhalación. Sin embargo, no sentía dolor. Una fría y calculadora claridad había reemplazado al terror. Ya no era la novia ingenua; era la ejecutora de la voluntad de su hermana.
Elena se deslizó por la puerta de las cocinas. El contraste era abrumador. Mientras ella acababa de luchar por su vida, el interior de la mansión era un hervidero de actividad festiva. Se escuchaba el tintineo de las copas de cristal, el murmullo acelerado de los organizadores del evento y, desde el gran salón, las notas lejanas de un cuarteto de cuerdas afinando sus instrumentos. Los invitados comenzarían a llegar en menos de una hora.
Ocultándose detrás de una enorme despensa de acero inoxidable, Elena observó a los camareros pasar con bandejas de canapés. Nadie la vio. Usando el conocimiento que había adquirido durante su año como la "señora de la casa", se movió a través de los pasillos de servicio, aquellos corredores estrechos y sin ventanas diseñados para que el personal se moviera sin molestar a los dueños.
Subió por la escalera de caracol de servicio que conectaba directamente con el pasillo del segundo piso. Al abrir sigilosamente la puerta oculta tras un tapiz, asomó la cabeza. El pasillo principal estaba desierto, adornado con miles de rosas blancas cuyo perfume dulce y penetrante le revolvió el estómago.
Corrió hacia la suite nupcial. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre la gruesa alfombra persa. Al entrar, cerró la puerta tras de sí con un clic inaudible.
La habitación estaba exactamente como la había dejado durante su frenética huida, pero ahora parecía el escenario de un crimen. El velo de tul arrancado yacía en el suelo, y cerca de la puerta del vestidor de caoba, había un par de gotas de sangre fresca —la sangre de Alejandro, derramada cuando ella le hundió las uñas en el rostro—.
Elena entró al vestidor. El olor a la colonia cara de Alejandro aún flotaba en el aire, mezclado con la tensión de la violencia reciente. Caminó directamente hacia el mueble central. Como había notado antes de la pelea, el cajón inferior con el doble fondo seguía a medio abrir; Alejandro, en su ataque de pánico inicial, no había tenido tiempo de cerrarlo correctamente.
Con las manos temblorosas, Elena tiró del cajón. Allí, descansando sobre el fondo de terciopelo negro, estaba la caja roja.
Al tomarla entre sus manos, Elena sintió un nudo asfixiante en la garganta. Era el joyero de Sofía. Lo abrió lentamente. En el interior descansaba el anillo de zafiro de su abuela, intacto. Y justo debajo, encajado en un compartimento lateral, un pequeño dispositivo USB de color negro.
El Santo Grial. La evidencia por la que Sofía había sido asesinada. Las pruebas del fraude multimillonario, de las cuentas offshore, de la podredumbre del imperio Vargas.
Elena sacó el USB y lo apretó en su puño hasta que los bordes de plástico se le clavaron en la piel. Sabía que no podía llevar la caja entera; era demasiado voluminosa. Guardó el anillo de zafiro y el USB en el escote de su corsé destrozado, asegurándose de que quedaran firmemente ocultos y pegados a su pecho.
Estaba a punto de darse la vuelta para salir cuando el sonido de la puerta principal de la suite abriéndose la paralizó por completo.
—¿Señor Alejandro? ¿Señora Elena? —La voz grave y áspera pertenecía a Víctor, el jefe de seguridad de la mansión. Era un exmilitar despiadado, inquebrantablemente leal a la billetera de Alejandro.
Elena dejó de respirar. Se pegó contra la pared del vestidor, ocultándose detrás de una larga fila de trajes oscuros. A través de un pequeño espacio entre las perchas, observó.
Víctor entró en la suite. Su mirada entrenada escaneó la habitación en menos de un segundo. Vio el velo tirado. Vio la silla volcada cerca del tocador. Y luego, sus ojos se detuvieron en las gotas de sangre en la alfombra. El hombre sacó inmediatamente su arma de fuego, una pistola negra y silenciosa, de la funda bajo su chaqueta, y avanzó con pasos tácticos hacia el vestidor.
El pánico amenazó con nublar la mente de Elena. Víctor no era Alejandro; no dudaría en dispararle a las piernas para inmovilizarla. Tenía que sacarlo de la habitación.
Mientras Víctor asomaba el arma por el umbral del vestidor, los ojos de Elena se posaron en un pesado frasco de perfume de cristal macizo que estaba en un estante a su izquierda. Con un movimiento rápido y silencioso, lo tomó. Calculó la trayectoria hacia el espejo del tocador que estaba en la habitación principal, justo detrás de Víctor.
Con todas sus fuerzas, lanzó el frasco por encima de la cabeza del guardia. El cristal voló por el aire y se estrelló espectacularmente contra el enorme espejo del tocador. El sonido del vidrio estallando en mil pedazos fue ensordecedor.
Víctor se giró instintivamente hacia el ruido, apuntando con su arma hacia los fragmentos que caían.
Esa fue la única oportunidad de Elena. Salió de su escondite detrás de los trajes como un rayo, empujando a Víctor por la espalda con todo su peso. El hombre, desequilibrado por el repentino ataque y los zapatos resbaladizos sobre el cristal roto, cayó de bruces contra el suelo.
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Elena no perdió un milisegundo. Saltó por encima de él, salió al pasillo principal y cerró de golpe la pesada puerta de madera maciza de la suite, girando la llave que estaba puesta por fuera. Escuchó un golpe sordo cuando Víctor embistió la puerta desde el interior, maldiciendo, pero la cerradura de alta seguridad resistió.
Tenía el USB. Ahora tenía que recuperar a Lily y salir de la propiedad antes de que Víctor derribara la puerta o Alejandro lograra romper los cristales del invernadero. El reloj corría, y la mansión estaba a punto de convertirse en un infierno.