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Capítulo 6: El Laberinto de Cristal

El pasadizo de servicio terminaba en una pesada puerta de hierro oxidado. Elena empujó el pestillo con todas sus fuerzas. La puerta crujió y se abrió, revelando una luz cegadora.

Habían salido directamente al inmenso invernadero de la mansión Vargas. Era una estructura monumental de hierro forjado verde y cristal templado, construida a imitación de los jardines botánicos londinenses del siglo XIX. El aire en su interior era denso, sofocante y pegajoso, saturado por la humedad artificial necesaria para mantener vivas las exóticas orquídeas, los altos helechos y las palmeras que formaban un auténtico laberinto de vegetación.

El sonido constante de las fuentes de agua y los sistemas de goteo llenaba el ambiente con un murmullo húmedo. Era el escondite perfecto, pero también una trampa mortal sin salidas secundarias.

Elena se arrodilló frente a Lily. El rostro de la niña estaba sucio de polvo, y sus ojos azules la miraban con una intensidad desoladora.

—Lily, escúchame muy bien —dijo Elena, manteniendo la voz firme y calmada, ocultando su propio terror—. Voy a esconderte aquí. Es como jugar al escondite, pero esta vez es muy importante que ganes. No puedes hacer ningún ruido. Pase lo que pase, escuches lo que escuches, no salgas hasta que yo vuelva por ti. ¿Me lo prometes?

Lily asintió lentamente. —Lo prometo. ¿Vas a atrapar al monstruo, tía Elena?

Las palabras de la niña golpearon a Elena en el pecho. Sofía había criado a una niña extraordinariamente perceptiva. —Sí, mi amor. Voy a atrapar al monstruo para que nunca más nos haga daño.

Elena guió a Lily hacia el centro del invernadero, donde una espesa jungla de palmeras enanas y enormes macetas de terracota formaban una barrera visual impenetrable. Encontró un pequeño hueco bajo una gran mesa de trabajo de jardinería, cubierta por pesadas hojas de monstera que caían hasta el suelo. Hizo que Lily se arrastrara por debajo, asegurándose de que la niña quedara completamente oculta a la vista.

Apenas unos segundos después de ocultar a Lily, el inconfundible chirrido de la puerta de hierro del pasadizo se escuchó en el otro extremo del invernadero.

Alejandro había llegado.

Elena se agachó rápidamente detrás de un muro de helechos espesos, intentando controlar el sonido de su propia respiración agitada. A través de las hojas, observó al hombre entrar.

Alejandro era una visión grotesca. Su traje azul claro estaba empapado en sudor y manchado de sangre. El brazo derecho le colgaba inútilmente a un costado, destrozado por el golpe del atizador, pero en su mano izquierda sana empuñaba un arma nueva: un enorme cuchillo de carnicero que seguramente había tomado al pasar por las cocinas. Su rostro, arañado y ensangrentado por las uñas de Elena, estaba contraído en una mueca de locura desenfrenada.

El millonario comenzó a caminar lentamente por los pasillos de cristal, arrastrando la punta del cuchillo contra las estructuras metálicas de las mesas de plantación. El sonido era un chirrido agudo, metálico y espeluznante, diseñado para quebrar los nervios de su presa.

Screeech... Screeech...

—El invernadero, Elena... ¿En serio? —La voz de Alejandro resonó bajo la cúpula de cristal, amplificada por el eco. Ya no gritaba; hablaba con una calma macabra y conversacional que helaba la sangre—. Es poético, supongo. Sofía también amaba las plantas. Solía decir que yo era como una de esas enredaderas parásitas, que asfixiaba todo lo que tocaba. Tenía razón, por supuesto. Era una mujer brillante. Demasiado brillante para su propio bien.

Elena apretó los puños hasta que se le clavaron las uñas en las palmas. Escucharlo hablar de su hermana con tanta indiferencia encendió un fuego en sus venas que eclipsó por completo su miedo.

—Descubrió las cuentas en las Islas Caimán, ¿sabes? —continuó Alejandro, paseándose entre las orquídeas, apuñalando distraídamente las hojas con el cuchillo—. El fraude, los sobornos corporativos. Todo estaba en esa pequeña memoria USB. Le ofrecí millones, Elena. Le ofrecí el mundo entero para que guardara silencio. Pero era tan terca... tan moralista, igual que tú. Me dijo que iba a ir al FBI. No me dejó otra opción.

El sonido del cuchillo arrastrándose se detuvo. Alejandro estaba a solo unos metros del pasillo donde Elena se escondía.

—Fue tan fácil —susurró Alejandro, riendo por lo bajo, un sonido seco y desprovisto de humor—. Alteré los frenos de su coche. Sabía que siempre conducía por la carretera del acantilado. Solo tuve que ir con ella esa noche, dar un volantazo y saltar antes del impacto. Ver el coche rodar cuesta abajo... fue hermoso, de una manera retorcida. La pequeña Lily sobrevivió de milagro. Pensé en matarla allí mismo, pero me pareció más cruel dejarla vivir con el recuerdo de que yo fui el último rostro que vio su madre. Y luego, te encontré a ti. El reemplazo perfecto. Tan frágil, tan necesitada de un salvador...

El monstruo se había desnudado por completo. En su arrogancia, creía que Elena iba a morir allí, así que no tenía reparos en confesar sus pecados.

Elena necesitaba sacarlo del invernadero y dejarlo encerrado, pero no podía hacerlo sin una distracción masiva. Miró a su alrededor y sus ojos se posaron en una gran válvula roja de acero empotrada en la pared de ladrillo cercana: el control manual del sistema de riego y nebulización de emergencia.

Moviéndose con el sigilo de un felino, deslizando sus pies descalzos sobre la tierra húmeda, Elena se arrastró hacia la válvula. Alejandro estaba de espaldas, buscando entre los rosales.

Con un movimiento rápido, Elena agarró la rueda de la válvula y la giró con todas sus fuerzas hasta el tope.

El efecto fue instantáneo. Cientos de aspersores de alta presión instalados en el techo del invernadero se activaron simultáneamente con un siseo atronador. Una lluvia torrencial y artificial inundó el espacio. La espesa niebla de agua fría redujo la visibilidad a menos de dos metros y el ruido del agua golpeando contra el cristal y las hojas ahogó cualquier otro sonido.

—¡Maldita sea! —gritó Alejandro, cegado por el agua repentina, agitando el cuchillo en el aire, perdiendo por completo la orientación.

Esa era su oportunidad. Elena se levantó, empapada hasta los huesos, el vestido de novia rasgado pegado a su cuerpo como una segunda piel. Salió de su escondite y corrió en dirección opuesta, hacia las enormes y pesadas puertas de hierro forjado que servían como entrada principal al invernadero desde los jardines exteriores.

Pasó a un metro de Alejandro, pero el hombre, cegado por la densa niebla de los aspersores y ensordecido por el ruido del agua, solo alcanzó a ver una sombra blanca cruzando frente a él.

—¡Elena! —bramó, lanzándose en su persecución, pero tropezó con una manguera gruesa en el suelo y cayó de rodillas sobre el barro.

Elena alcanzó las pesadas puertas dobles del invernadero. Las empujó hacia afuera y salió al aire fresco de la mañana. Se giró rápidamente. Sabía que las puertas no tenían cerradura exterior, se cerraban con llave desde adentro. Pero en el suelo, junto a un banco de herramientas de jardinería, había una gruesa cadena de acero y un enorme candado que los jardineros usaban para asegurar el cortacésped.

Alejandro apareció en el umbral de las puertas, empapado, cubierto de barro y con el cuchillo en alto, su rostro desfigurado por la rabia homicida.

—¡Se acabó, Elena! —gritó, abalanzándose hacia la salida.

Elena cerró las dos hojas de hierro de golpe, justo en la cara de Alejandro. El hombre chocó contra el metal con todo su peso. Con manos frenéticas pero precisas, Elena pasó la pesada cadena de acero a través de los enormes tiradores de hierro forjado de ambas puertas, le dio dos vueltas completas y cerró el candado de un golpe seco.

Alejandro empujó las puertas desde adentro con todas sus fuerzas. El hierro crujió, pero la gruesa cadena se tensó, manteniéndolas firmemente cerradas. Estaba atrapado en su propia jaula de cristal.

—¡Sácame de aquí! ¡Te voy a despellejar viva! —rugió Alejandro, golpeando el cristal de la puerta con el puño de su mano sana.

Elena retrocedió dos pasos, respirando agitadamente. Su vestido blanco era ahora un trapo empapado y manchado de sangre y tierra, y su cabello oscuro se pegaba a su rostro pálido. Miró a los ojos desquiciados del hombre que la había engañado durante un año. Ya no le tenía miedo.

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—Púdrete, Alejandro —susurró Elena.

Se dio la vuelta y corrió hacia la entrada trasera de la mansión. Tenía que llegar a la suite nupcial. Tenía que conseguir la caja roja de Sofía antes de que la seguridad de Alejandro notara que el novio había desaparecido y el infierno se desatara por completo. La guerra apenas había comenzado, y Elena estaba dispuesta a quemar la mansión hasta los cimientos si era necesario para sacar la verdad a la luz

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