Capítulo 13: Ecos de un Pasado de Cristal

Seis meses después de que las pesadas puertas de Blackgate se cerraran para Alejandro Vargas, un sedán negro atravesó las rejas de hierro forjado de la que alguna vez fue la propiedad más codiciada de la ciudad.
Elena bajó del coche, abrigada con un elegante pero sencillo abrigo color camel contra el viento cortante del otoño. A su lado, caminaba el señor Mendoza, el abogado encargado de liquidar el inmenso patrimonio de los Vargas, ahora incautado en gran parte por el Estado para compensar a las víctimas del fraude corporativo. Sin embargo, la mansión y ciertos activos personales habían pasado a manos de Elena como parte de las indemnizaciones por daños, estrés postraumático y la restitución del seguro de vida de Sofía.
La mansión Vargas se alzaba frente a ellos, pero ya no parecía un palacio sacado de un cuento de hadas. Sin el ejército de jardineros, el césped había comenzado a crecer de forma salvaje, y las hojas secas cubrían los senderos de piedra. Las grandes ventanas estaban oscuras y sin vida. La casa parecía lo que realmente era: un mausoleo.
—¿Está segura de que quiere hacer esto, señorita Elena? —preguntó el abogado Mendoza, sosteniendo su maletín—. Podría haber enviado a alguien de mi equipo a recoger sus pertenencias personales y firmar los papeles de venta en mi oficina. No tenía que volver aquí.
Elena miró la imponente fachada de piedra y respiró hondo. El aire frío llenó sus pulmones, pero su corazón latía con un ritmo constante y tranquilo. No había rastro del pánico que la dominó el día de la boda.
—Necesitaba venir, señor Mendoza. Las pesadillas solo desaparecen cuando te atreves a mirarlas directamente a los ojos y te das cuenta de que ya no tienen poder sobre ti —respondió ella, con una voz serena y llena de una nueva autoridad.
El abogado asintió con respeto, sacó un manojo de llaves y abrió la inmensa puerta doble de roble.
El interior de la mansión estaba cubierto por un manto de silencio sepulcral. Los muebles del vestíbulo estaban tapados con sábanas blancas para protegerlos del polvo, pareciendo fantasmas congelados en el tiempo. Elena caminó por el suelo de mármol, recordando cómo sus pies descalzos y ensangrentados habían resbalado sobre esa misma superficie mientras huía por su vida.
Subió por la gran escalera principal, sus pasos haciendo un ligero eco. Se dirigió directamente a la suite nupcial. Al abrir la puerta, el olor a cerrado y a polvo la recibió. Ya no había rastro del perfume de rosas blancas. Caminó hacia el cuarto oscuro, el inmenso vestidor de caoba de Alejandro.
Se paró en el centro de la habitación, frente al cajón con el doble fondo. Estaba vacío y abierto, exactamente como lo había dejado la policía forense después de desmantelarlo. El altar de los secretos de Alejandro había sido profanado y destruido. Elena extendió la mano y tocó la madera fría. Ya no le causaba terror; solo sentía una profunda lástima por el hombre patético que había necesitado construir una fortaleza de mentiras para sentirse poderoso.
Después de recoger una pequeña caja con joyas que le pertenecían y unas fotografías antiguas de ella y Sofía que Alejandro había guardado, Elena bajó a la planta baja. Sus pasos la llevaron hacia la parte trasera de la casa, cruzando las cocinas hasta llegar a los jardines.
Se detuvo frente al invernadero de cristal.
La estructura, que alguna vez fue el orgullo de Alejandro, estaba en ruinas. La pared de vidrio lateral seguía destrozada, con los bordes afilados apuntando hacia el cielo gris. En el interior, sin el sistema de clima controlado, las exóticas orquídeas y los helechos tropicales habían muerto, convertidos en una masa marrón y marchita. Las pesadas puertas de hierro por las que Alejandro había intentado escapar seguían allí.
—Aquí fue donde terminó todo —murmuró Elena para sí misma, tocando el frío metal de la puerta.
El abogado Mendoza se acercó a ella en silencio, entregándole una pluma estilográfica plateada y una carpeta con gruesos documentos legales.
—El contrato de venta está listo, señorita Elena. Un consorcio de desarrolladores inmobiliarios comprará el terreno. Planean demoler la mansión y construir un complejo de viviendas ecológicas. Con su firma, esta propiedad dejará de existir en los registros.
Elena tomó la pluma. No leyó la letra pequeña; confiaba plenamente en Mendoza. Apoyó la carpeta sobre un banco de piedra del jardín y firmó con trazos firmes y decididos. Al levantar la pluma, sintió que el último eslabón de la cadena invisible que la ataba a Alejandro Vargas se rompía en mil pedazos.
—El dinero de la venta de la propiedad será transferido a su cuenta mañana a primera hora —informó el abogado.
—No lo transfiera a mi cuenta personal, Mendoza —corrigió Elena, entregándole los documentos—. Quiero que el cien por ciento de los fondos de esta venta se destinen a crear la "Fundación Sofía". Estará dedicada a proveer refugio seguro, asistencia legal y apoyo psicológico a mujeres y niños que huyen de situaciones de abuso doméstico y manipulación narcisista. Ese dinero está manchado de sangre, pero vamos a usarlo para salvar vidas.
May you like
Mendoza sonrió, una sonrisa cargada de genuina admiración. —Será un honor gestionar esos trámites, presidenta.
Elena dio media vuelta y caminó hacia el coche, dejando atrás el invernadero roto y la mansión muerta. Nunca más volvería a mirar por el espejo retrovisor.