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Capítulo 3: El Instinto de Fuga

—¡Quédate exactamente donde estás!

El grito de Alejandro no fue solo una orden; fue el rugido de un depredador que ha visto cómo su presa descubre la trampa. La voz, habitualmente aterciopelada y seductora, rebotó contra las oscuras paredes de caoba del vestidor con una violencia que hizo temblar los finos frascos de colonia sobre el tocador.

Por un microsegundo, el tiempo pareció congelarse en la inmensa suite. Elena sintió que el aire se convertía en plomo dentro de sus pulmones. Miró el rostro del hombre con el que iba a casarse en menos de dos horas. Los ojos de Alejandro, esos ojos oscuros en los que ella había buscado refugio tras la muerte de su hermana, ahora eran dos abismos de crueldad pura, desprovistos de cualquier rastro de amor o humanidad. La vena en su cuello palpitaba frenéticamente, y sus puños cerrados temblaban por la adrenalina de la ira.

En ese instante de parálisis, la mente de Elena, impulsada por un instinto de supervivencia primario, unió las piezas del rompecabezas a una velocidad vertiginosa. Sofía no había muerto en un accidente aleatorio. El conductor que se dio a la fuga no era un extraño. Sofía había descubierto algo en la empresa de Alejandro, algo tan oscuro y destructivo que guardó las pruebas en esa memoria USB dentro de su caja roja. Y Alejandro... Alejandro la había asesinado. Luego, para asegurarse de que nadie jamás hurgara en el pasado y para mantener vigilada a la única testigo —la pequeña Lily—, se había acercado a Elena. La había seducido, la había aislado financieramente, la había convencido de que él era su salvador, todo para encerrarla en esta jaula de oro y silenciar la verdad para siempre.

Toda su relación, cada beso, cada palabra de consuelo, cada lágrima que él fingió secar, había sido una farsa macabra.

Alejandro dio un paso pesado hacia ella. El crujido de su zapato de cuero italiano contra el suelo de madera rompió el hechizo de la parálisis.

—Elena... —comenzó él, bajando el tono de voz de manera repentina, intentando adoptar de nuevo esa máscara de control manipulador—. Escúchame. No es lo que estás pensando. Estás confundida por los nervios de la boda. Cierra la puerta y hablemos.

Pero el instinto maternal es una fuerza imparable. Elena no miró a Alejandro; bajó la vista hacia la pequeña Lily, que seguía abrazando a su conejo de peluche, observando al hombre con una calma antinatural que ahora Elena comprendía perfectamente. Lily siempre lo supo. Su silencio no era solo trauma por el choque; era terror. Terror al hombre que le había arrebatado a su madre.

Sin decir una palabra, movida por una explosión de pura adrenalina, Elena se agachó de golpe, agarró a Lily por la cintura y la levantó en brazos.

—¡Elena, no seas estúpida! —bramó Alejandro, lanzándose hacia adelante, sus manos extendidas como garras para atraparla.

Elena giró sobre sus talones con una agilidad desesperada. El inmenso vestido de novia, con sus múltiples capas de tul, crinolina y encaje francés, pesaba como una armadura de plomo. La pesada cola del vestido se enredó momentáneamente en el marco de la puerta, pero ella tiró con tanta fuerza que el delicado encaje se desgarró con un sonido agudo y violento.

Corrió.

Salió del vestidor y atravesó la suite nupcial como un fantasma blanco impulsado por el terror. El corazón le golpeaba contra las costillas con la fuerza de un martillo. Lily, con los brazos aferrados al cuello de su tía, no emitió ningún sonido, pero Elena podía sentir el pequeño y acelerado corazón de la niña latiendo contra su propio pecho.

—¡Vuelve aquí! ¡No puedes escapar de mí en mi propia casa! —El rugido de Alejandro resonó a sus espaldas, seguido por el pesado sonido de sus pasos corriendo tras ellas.

Elena llegó al pasillo principal del segundo piso. La ironía de la escena era nauseabunda. El pasillo estaba decorado con decenas de arreglos de rosas blancas, lirios y cintas de seda preparadas para la celebración de su boda. La luz del sol matutino entraba a raudales por los inmensos ventanales, pintando el suelo de mármol con reflejos dorados. Era un escenario diseñado para la felicidad absoluta, convertido en un instante en el escenario de una cacería humana.

Correr con el vestido de novia era una pesadilla física. El corsé deshuesado le oprimía los pulmones, dificultando cada respiración. Los tacones de aguja forrados en satén blanco resbalaban peligrosamente sobre el mármol pulido. Con un movimiento rápido y desesperado de su mano libre, Elena se arrancó el largo velo de tul que le tiraba del cabello y lo dejó caer al suelo, esperando que al menos sirviera para que Alejandro tropezara. Luego, pateó sus zapatos, prefiriendo correr descalza, sintiendo el frío mármol bajo sus pies.

Al llegar a la intersección del pasillo, miró hacia la gran escalera que descendía al vestíbulo. A través de la barandilla de cristal, pudo ver el movimiento de los empleados. Floristas, camareros y organizadores iban de un lado a otro preparando el banquete. Si bajaba gritando, llamaría la atención. Pero Alejandro era el amo y señor allí. Su equipo de seguridad privada, hombres leales solo a su chequera, rodeaba el perímetro. Si los empleados la veían huyendo en medio de un ataque de histeria, Alejandro simplemente diría que la novia había sufrido un colapso nervioso y ordenaría a sus hombres que la "escoltaran" de vuelta a su habitación. Nadie le creería a una mujer histérica por encima del impecable Alejandro Vargas. No podía arriesgarse a bajar todavía.

El sonido de los pasos de Alejandro se acercaba.

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—¡Elena! —Su voz resonó en la esquina del pasillo, fría y llena de una ira asesina—. ¡No hagas que me enfade más! ¡Si bajas esas escaleras, te juro que la niña pagará las consecuencias!

La amenaza directa hacia Lily fue el detonante final. Elena giró a la izquierda, adentrándose en el ala oeste de la mansión, una zona menos transitada que albergaba las habitaciones de invitados y la vieja biblioteca privada del difunto padre de Alejandro. Tenía que esconderse, encontrar un teléfono seguro o un arma. Sus pulmones ardían y sus brazos comenzaban a temblar por el peso de la niña, pero el terror inyectaba energía pura en sus músculos. El laberinto de la mansión Vargas acababa de convertirse en su única esperanza de supervivencia.

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