Capítulo 2: La Caja Roja

El vestidor de Alejandro Vargas era tan imponente y ostentoso como el hombre mismo. Las paredes estaban cubiertas de estantes y cajones de madera de caoba oscura, iluminados por tiras de luces LED empotradas que daban a la habitación un aire casi teatral. Decenas de trajes de diseñador, camisas de seda perfectamente planchadas y zapatos de cuero italiano llenaban el espacio. En el centro del vestidor, una robusta butaca de cuero marrón de estilo Chesterfield reinaba como el trono de un monarca.
Alejandro estaba sentado en esa butaca, vestido con un inmaculado traje azul claro de tres piezas, chaleco a juego y una corbata de seda gris hielo. Era la imagen de la perfección masculina, un príncipe de cuento de hadas moderno. Sin embargo, su rostro, habitualmente sereno y encantador, estaba tenso. Sus oscuros ojos escrutaban el vestidor con una urgencia febril, y una fina capa de sudor perlaba su frente.
Había perdido algo. Algo que no podía permitirse perder, y mucho menos hoy.
Fue entonces cuando la pequeña figura de Lily apareció en el umbral de la puerta. La niña se detuvo, observando al hombre que estaba a punto de convertirse en su padrastro. Alejandro, al notar su presencia, forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Hola, Lily. ¿Qué haces aquí? Tu tía te está esperando abajo —dijo Alejandro, su tono de voz buscando ser amable, pero teñido de una impaciencia evidente.
Lily no respondió a su pregunta. Caminó lentamente hacia el centro de la habitación, sus pequeños zapatos haciendo un eco casi imperceptible. Se detuvo a un par de metros de Alejandro, abrazando a su conejo de peluche. Levantó su pequeña mano y apuntó con su dedo índice hacia uno de los grandes muebles de caoba. Específicamente, hacia una sección de cajones que parecían estar cerrados con llave.
—La caja roja está ahí adentro —dijo Lily. Su voz infantil resonó en el silencio del vestidor con la claridad de una campana, pero con una certeza que helaba la sangre.
Alejandro se quedó paralizado. Toda la sangre abandonó su rostro. Sus ojos se abrieron de par en par, y la máscara de amabilidad se hizo añicos por completo. La respiración se le atascó en la garganta. Miró el cajón al que la niña señalaba, y luego volvió a mirar a Lily, como si estuviera viendo a un fantasma.
Ese cajón tenía un doble fondo, un compartimento secreto protegido por un mecanismo biométrico que solo él conocía. Y dentro de ese compartimento estaba, en efecto, una caja roja. Una caja de terciopelo que contenía la evidencia más incriminatoria de su vida, la prueba física del accidente que le costó la vida a Sofía, y los oscuros motivos que lo habían llevado a acercarse a Elena. Era el secreto mejor guardado de su existencia.
—¿Cómo supiste de esto? —preguntó Alejandro, su voz era ahora un siseo áspero, amenazante. Se inclinó hacia adelante en la butaca de cuero, sus músculos tensos como los de un depredador a punto de saltar. El pánico y la furia comenzaron a hervir en sus venas. ¿La niña lo había visto? ¿Sofía le había hablado de la caja antes de morir?
Mientras tanto, en el pasillo, Elena caminaba en silencio. El vestido de novia crujía suavemente con cada paso. Al acercarse al cuarto de Alejandro, escuchó la voz de su prometido. No era la voz dulce que usaba con ella; era una voz cargada de pánico y agresividad que nunca le había escuchado.
Intrigada y repentinamente asustada por el tono, Elena aceleró el paso. Llegó al umbral del vestidor justo a tiempo para escuchar la pregunta de Alejandro y ver a Lily apuntando hacia el mueble.
Movida por una curiosidad mórbida, Elena dio un paso al interior de la habitación. Alejandro, en su distracción y furia, había dejado el cajón inferior a medio cerrar después de su búsqueda frenética. A través del reflejo de un espejo bajo, Elena pudo ver el interior. El doble fondo estaba expuesto.
Y allí estaba. Una caja de terciopelo rojo.
Elena sintió que el mundo se detenía. El aire abandonó sus pulmones. Conocía esa caja. Por supuesto que la conocía. Era el joyero personal de su hermana Sofía, el mismo que Sofía llevaba en el bolso la noche en que murió. La policía les había dicho que el bolso había sido saqueado en la escena del accidente, presumiblemente por un ladrón oportunista. El joyero rojo contenía el anillo de su abuela y, más importante aún, una memoria USB donde Sofía guardaba documentos confidenciales de su trabajo.
¿Por qué la caja de su hermana muerta, desaparecida hace un año, estaba escondida en el cajón secreto del hombre con el que estaba a punto de casarse?
La realidad golpeó a Elena con la fuerza de un tren a toda velocidad. Las piezas de un rompecabezas macabro comenzaron a encajar en su mente. El accidente sin resolver. La rápida aparición de Alejandro en su vida. Su insistencia en controlar las finanzas de la familia tras la muerte de Sofía.
Elena se llevó ambas manos a la boca, intentando ahogar el grito de horror puro que brotó de su garganta, pero fue imposible. Un jadeo fuerte, desesperado y desgarrador escapó de sus labios.
—¡Oh! —sollozó Elena, sus ojos muy abiertos, llenos de terror y traición, fijos en la caja y luego en el rostro del hombre que amaba.
El sonido atrajo la atención de Alejandro. Al girar la cabeza y ver a Elena parada en el umbral, con su inmaculado vestido de novia y los ojos fijos en el secreto que acababa de quedar al descubierto, el último vestigio de cordura abandonó al millonario.
La fachada del príncipe encantador se desintegró, revelando al monstruo que se escondía debajo. Alejandro se puso de pie de un salto. Sus manos se cerraron en puños tan apretados que los nudillos se volvieron blancos. Su rostro se contorsionó en una máscara de rabia absoluta, los músculos de su mandíbula saltando mientras la miraba con una furia letal.
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—¡Quédate exactamente donde estás! —rugió Alejandro, su voz retumbando en las paredes de caoba como un trueno, llena de una amenaza de violencia inminente.
El hombre avanzó un paso hacia ella. Elena, temblando bajo el peso de su vestido y el colapso de toda su realidad, miró los puños apretados de su prometido. El cuento de hadas había terminado. La pesadilla acababa de comenzar. Y en medio de la tormenta, la pequeña Lily abrazaba a su conejo, observando cómo la verdad finalmente salía a la luz.