Capítulo 12: Ecos de Acero y Hormigón

El sonido metálico de las puertas de acero deslizándose sobre rieles oxidados era constante, rítmico y enloquecedor.
Alejandro Vargas estaba sentado en el borde de un colchón delgado y manchado, que descansaba sobre una plancha de acero fijada a la pared de concreto. Ya no había trajes de lino a medida, ni relojes suizos en su muñeca, ni el aroma a colonia de diseñador en el aire. Vestía un uniforme de recluso de color naranja opaco, holgado y áspero, que rozaba irritantemente su piel acostumbrada a la seda.
El aire en el Centro Correccional de Máxima Seguridad de Blackgate olía a sudor rancio, lejía barata y desesperanza.
Hacía apenas veinticuatro horas que el juez había dictado sentencia tras su declaración de culpabilidad. Cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Sin apelaciones. Sin tratos especiales. Alejandro había sido clasificado como un recluso de alto riesgo, no por su violencia física, sino por su perfil de manipulador y su antigua riqueza, lo que lo convertía en un objetivo principal para la extorsión dentro de los muros de la prisión. Por ello, fue confinado en el Bloque D: la unidad de aislamiento segregado.
Su celda medía apenas dos metros de ancho por tres de largo. No había ventanas al exterior. La única fuente de luz era un fluorescente incrustado en el techo, protegido por una gruesa malla de alambre, que zumbaba con un ruido eléctrico constante y que nunca se apagaba por completo, manteniéndolo en un estado de insomnio tortuoso.
El hombre que alguna vez había dominado la ciudad desde los rascacielos de cristal ahora era menos que nada.
Alejandro se frotó el hombro derecho. El hueso de la clavícula, fracturado por el brutal golpe que Elena le propinó con el atizador, había sido operado en el hospital de la prisión, pero el trabajo fue torpe y apresurado. Le dolía con cada movimiento, un recordatorio constante de su humillación a manos de la mujer que creyó dominar.
Un guardia de seguridad, un hombre enorme con expresión de aburrimiento crónico, se detuvo frente a los gruesos barrotes de su celda. Golpeó el metal con su porra, haciendo que Alejandro se sobresaltara.
—Hora de la comida, Vargas. Aléjate de la puerta —ordenó el guardia con voz ronca.
A través de una pequeña rendija en la parte inferior de la puerta de acero sólido que había tras los barrotes, el guardia deslizó una bandeja de plástico rayado. Contenía un puré grisáceo no identificado, una rebanada de pan duro y un vaso de plástico con agua tibia.
Alejandro miró la comida y sintió que la bilis le subía por la garganta. Se acercó a la puerta, agarrando los barrotes con sus manos pálidas.
—Escúchame —dijo Alejandro, intentando usar el tono de autoridad y persuasión que le había funcionado toda su vida—. Necesito hacer una llamada. Mi cuenta bancaria principal en Suiza no ha sido tocada por los federales. Si me consigues un teléfono móvil y un trato mejor, te aseguro que habrá un millón de dólares en tu cuenta mañana por la mañana.
El guardia lo miró por un segundo, inexpresivo. Luego, soltó una carcajada áspera que resonó por el sombrío pasillo.
—Estás delirando, principito —respondió el guardia, golpeando los nudillos de Alejandro con su porra, obligándolo a soltar los barrotes con un grito de dolor—. Tus cuentas están bloqueadas, tu nombre es basura y aquí adentro no eres más que un número de seis dígitos. Cómete tu bazofia y cállate, o te quitaré el colchón por tres días.
El guardia se alejó riendo, dejando a Alejandro completamente solo en el abrumador silencio de su confinamiento.
Alejandro retrocedió, tropezando con sus propios pies, y cayó de espaldas sobre el duro colchón. Miró hacia las cuatro paredes de concreto gris que se alzaban a su alrededor.
De repente, la sensación opresiva que siempre había provocado en los demás comenzó a volverse contra él. Las paredes parecían acercarse. El aire se volvía más denso. Era exactamente la misma oscuridad asfixiante que había en su vestidor secreto de caoba, pero esta vez, él no tenía la llave para salir. Él era el secreto que la sociedad había encerrado y olvidado.
Cerró los ojos, intentando escapar a su propia mente, pero eso fue un error aún peor. Al cerrar los párpados, el silencio de la celda fue roto por un eco fantasmagórico que solo él podía escuchar.
"—¡No vas a ir a ninguna parte, Sofía!"
Era su propia voz, reproduciéndose en un bucle infinito en su memoria, seguida de los gritos aterrorizados de su primera víctima. Veía el coche derrapando, escuchaba el cristal rompiéndose. Y luego, el rostro de Elena, manchado de su sangre, mirándolo con un odio puro mientras lo dejaba encerrado en el invernadero de cristal.
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Alejandro se llevó las manos a los oídos y se encogió en posición fetal en una esquina de la cama, temblando incontrolablemente. El monstruo arrogante había sido destruido, reducido a un cascarón vacío y aterrado.
En ese pozo de hormigón y acero, donde no existían ni el día ni la noche, Alejandro Vargas comprendió su condena definitiva. La inyección letal habría sido una misericordia. Su verdadero infierno no era la prisión física; era verse obligado a convivir consigo mismo, atrapado con sus fantasmas, reviviendo su caída todos los días, cada hora, cada minuto, por el resto de su miserable vida, bajo la pálida e inquebrantable luz de una celda sin salida.