peak

Capítulo 10: La Caída del Titán

En la comisaría central del Distrito 4, el ambiente era asfixiante. Alejandro Vargas estaba sentado en una sala de interrogatorios de paredes grises, vestido con un mono naranja temporal sobre su ropa interior, ya que su traje arruinado y ensangrentado había sido confiscado como evidencia.

A pesar de las circunstancias, Alejandro mantenía una postura arrogante. Estaba recostado en la silla de metal, con las manos esposadas sobre la mesa, esbozando una media sonrisa de desprecio hacia los oficiales que lo observaban desde el otro lado del espejo de doble visión.

La puerta de acero se abrió con un fuerte chasquido, permitiendo la entrada de Fernando Valenzuela, el abogado defensor penalista más costoso y temido de la ciudad. Valenzuela, un hombre vestido con un traje a rayas impecable y un maletín de cuero italiano, irradiaba una autoridad agresiva.

—Quítenle las esposas a mi cliente de inmediato —ladró Valenzuela al oficial de guardia—. Esto es un ultraje. El señor Vargas es la víctima de un asalto violento por parte de una mujer mentalmente inestable. Tenemos el testimonio jurado de su jefe de seguridad. Exijo que se procese su libertad bajo fianza en este mismo instante o demandaré a este departamento por detención ilegal.

El oficial dudó un momento, pero antes de que pudiera actuar, la puerta volvió a abrirse. El Detective Silva entró, sosteniendo una gruesa carpeta de manila y una tableta electrónica. Su rostro era inescrutable.

—Nadie le va a quitar las esposas, abogado —dijo Silva, sentándose lentamente frente a Alejandro, colocando la carpeta sobre la mesa metálica—. Y me temo que la fianza está completamente descartada.

Alejandro dejó escapar una risa seca y burlona. —¿De qué está hablando, detective? Elena perdió la cabeza. Ha estado inestable desde la muerte de su hermana. ¿De verdad va a creer las divagaciones de una mujer histérica sobre un hombre de mi posición?

—Normalmente, señor Vargas, los casos de "él dijo, ella dijo" son complicados —respondió Silva, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa—. Pero afortunadamente, no tenemos que depender únicamente de la palabra de su prometida. Tenemos esto.

Silva giró la tableta hacia Alejandro y Valenzuela. En la pantalla, se mostraba un diagrama financiero masivo, correos electrónicos desencriptados y documentos escaneados con el membrete de la Corporación Vargas.

El rostro de Alejandro palideció un tono. La sonrisa petulante desapareció de sus labios como si se la hubieran borrado con ácido.

—La división de delitos cibernéticos tardó menos de dos horas en romper la encriptación básica de este dispositivo USB —explicó Silva, su voz cargada de una fría satisfacción—. Contiene pruebas de una red de lavado de dinero a través de empresas fantasma en paraísos fiscales, sobornos a funcionarios de aduanas y desvío de fondos de pensiones. Todo orquestado por usted. Documentos que su asistente, Sofía, recopiló meticulosamente antes de su muerte.

—Esos documentos pueden ser falsificados. Son conjeturas —intervino Valenzuela rápidamente, sudando un poco al ver la magnitud de la evidencia—. No prueban nada sobre el accidente.

—Tiene razón, abogado. Los documentos financieros prueban el móvil, no el asesinato —concedió Silva. Luego, deslizó un dedo sobre la pantalla de la tableta, abriendo un archivo de audio—. Pero el USB también estaba sincronizado con la nube personal del teléfono de Sofía. Resulta que, la noche de su muerte, ella encendió la grabadora de voz de su teléfono durante el viaje en coche, seguramente para protegerse.

El silencio en la sala de interrogatorios se volvió absoluto, tan denso que parecía ahogar el oxígeno. Alejandro dejó de respirar. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de la tableta, como si estuviera mirando al mismísimo diablo.

Silva presionó el botón de reproducción.

El sonido de la lluvia golpeando el parabrisas de un coche llenó la sala, seguido de inmediato por las voces.

"—¡Estás loco, Alejandro! ¡Detén el coche ahora mismo! ¡Voy a ir a la policía! ¡No voy a ser cómplice de tus estafas!", se escuchaba la voz de Sofía, aguda y cargada de terror y furia.

"—No vas a ir a ninguna parte, Sofía. Dame esa maldita memoria. ¡Dámela!", la voz de Alejandro resonó en la grabación, perdiendo todo su encanto, convertida en un gruñido violento.

"—¡Suéltame! ¡La niña está atrás! ¡Alejandro, cuidado con la curva!"

Hubo sonidos de un forcejeo brutal, el chirrido de los neumáticos derrapando sobre el asfalto mojado, un grito desgarrador de Sofía... y luego, el estruendo ensordecedor de metal retorciéndose y vidrios rompiéndose, seguido por un silencio sepulcral, solo interrumpido por el llanto aterrorizado de una niña pequeña de tres años.

La grabación terminó.

Fernando Valenzuela, el despiadado abogado, cerró su maletín lentamente. Miró a su cliente con una mezcla de horror y desprecio absoluto. Sabía identificar una causa perdida cuando la escuchaba. Esto no era un caso difícil; era un suicidio profesional.

—No hay fianza que cubra esto, Alejandro —murmuró Valenzuela, poniéndose de pie—. Renuncio. Te sugiero que consigas a alguien dispuesto a negociar una cadena perpetua, porque jamás volverás a ver la luz del sol.

El abogado salió de la sala sin mirar atrás.

Alejandro se quedó solo frente al Detective Silva. El multimillonario, el príncipe encantador, el manipulador maestro, se desinfló por completo. La realidad de su situación cayó sobre él con el peso de un rascacielos. Había perdido. Elena no solo había escapado de la jaula; había quemado su imperio hasta los cimientos.

Silva recogió la tableta y la carpeta, levantándose de la silla.

May you like

—Señor Vargas, queda formalmente acusado de homicidio en primer grado, intento de homicidio, secuestro agravado y fraude corporativo múltiple —dijo Silva, caminando hacia la puerta—. Su jefe de seguridad, Víctor, también ha sido arrestado como cómplice. Disfrute de su estadía. Se acabó el juego.

Cuando la pesada puerta de acero se cerró, dejando a Alejandro en la penumbra de la sala de interrogatorios, un grito de pura rabia y derrota resonó entre las cuatro paredes grises. Era el aullido final del monstruo, atrapado para siempre en la oscuridad que él mismo había creado.

Related Stories

Other posts