peak

Capítulo 1: El Reflejo de la Mentira

El reloj de pie en el pasillo principal dio las diez de la mañana, un sonido profundo y metálico que resonó por toda la mansión Vargas. En la inmensa suite nupcial de la planta superior, el aire olía a rosas blancas, laca para el cabello y a una ansiedad apenas contenida. Elena se encontraba de pie frente al enorme espejo de cuerpo entero, con los ojos fijos en su propio reflejo. Llevaba un vestido de novia espectacular, una obra de arte de encaje francés y seda blanca que se ajustaba a su figura con la precisión de un guante. El escote en V, adornado con intrincados bordados que parecían enredaderas de cristal, realzaba su belleza, mientras el largo velo de tul caía sobre sus hombros como una cascada de niebla.

Cualquier mujer en su lugar habría estado saltando de alegría. Iba a casarse con Alejandro Vargas, uno de los hombres más ricos, apuestos y enigmáticos de la ciudad. Un hombre que, con su sonrisa seductora y su inagotable chequera, había barrido con todos los obstáculos de su vida. Sin embargo, bajo las capas de tul y seda, el corazón de Elena latía con un ritmo errático, impulsado por una sombra de duda que no lograba sacudirse.

Hacía apenas un año, la vida de Elena se había hecho pedazos. Su hermana mayor, Sofía, había muerto en un trágico y misterioso accidente automovilístico. El conductor que la atropelló se dio a la fuga, dejando tras de sí un caso sin resolver y a una niña de tres años, Lily, huérfana y traumatizada. Elena, consumida por el dolor, había asumido la custodia de su sobrina. Fue en ese abismo de desesperación cuando Alejandro, quien había sido el jefe y supuesto amigo de Sofía, apareció. Él se encargó de los gastos del funeral, de los abogados, y poco a poco, se convirtió en el pilar que sostuvo a Elena. La transición de la gratitud al amor fue rápida, casi vertiginosa. Alejandro era protector, intenso y abrumadoramente controlador, aunque él lo llamaba "cuidar de sus chicas".

—Estás hermosa, señora Vargas —dijo una voz a sus espaldas. Era Marta, la estilista, quien daba los últimos retoques al velo—. El señor Alejandro va a quedarse sin aliento cuando la vea caminar hacia el altar.

Elena forzó una sonrisa, apartando los oscuros pensamientos de su mente. Hoy era su boda. Debía estar feliz. Debía dejar el pasado atrás.

—Gracias, Marta. ¿Podrías dejarme sola unos minutos? Necesito respirar antes de bajar —pidió Elena, su voz suave pero firme.

La estilista asintió, recogió sus brochas y salió de la habitación cerrando la puerta con delicadeza. El silencio que siguió fue denso. Elena cerró los ojos, intentando calmar sus nervios, cuando sintió un pequeño tirón en la falda de su vestido.

Al abrir los ojos y mirar hacia abajo, se encontró con Lily. La pequeña de cuatro años era la viva imagen de su difunta madre: cabello rubio platino que caía en ondas suaves, piel pálida como la porcelana y unos inmensos ojos azules que siempre parecían estar observando mucho más de lo que una niña de su edad debería comprender. Lily llevaba un precioso vestido de color rosa pálido, a juego con el tema de la boda, y unos pequeños zapatos blancos. En sus brazos, apretaba con fuerza su juguete favorito: un conejito de peluche blanco, desgastado por el tiempo, que había pertenecido a Sofía.

—Hola, mi amor —dijo Elena, agachándose con cuidado de no arruinar el encaje de su vestido para quedar a la altura de la niña—. ¿Qué haces aquí solita? ¿No deberías estar con la niñera en el jardín?

Lily no sonrió. Su rostro mantenía esa expresión seria y melancólica que había adoptado desde la muerte de su madre. La niña rara vez hablaba desde el accidente, y cuando lo hacía, sus palabras solían ser crípticas o estar cargadas de un peso inusual.

—Él está enojado —murmuró Lily, su voz apenas un susurro en la inmensa habitación.

Elena frunció el ceño, acariciando la suave mejilla de su sobrina. —¿Quién está enojado, cariño? ¿Alejandro?

Lily asintió lentamente, apretando el conejito contra su pecho. —Está buscando algo. En su cuarto oscuro.

Elena sintió un leve escalofrío. El "cuarto oscuro" era como Lily llamaba al inmenso vestidor de Alejandro, una habitación construida íntegramente con madera de caoba oscura, sin ventanas, que Alejandro usaba como su santuario personal. A Elena nunca le había gustado esa habitación; tenía un ambiente opresivo y frío, pero Alejandro era extremadamente celoso con su privacidad.

—Los novios siempre se ponen nerviosos antes de la boda, Lily. Es normal —intentó racionalizar Elena, aunque la inquietud empezaba a retorcerse en su estómago—. Mira, ¿por qué no me haces un favor enorme? Tengo un regalo para él. Un pisacorbatas de plata que olvidé darle. ¿Podrías llevárselo y decirle que lo amo? Eso lo pondrá feliz.

Elena se levantó, caminó hacia su tocador y tomó una pequeña caja de terciopelo azul. Se la entregó a Lily. La niña miró la caja, luego a Elena, y asintió en silencio. Sin decir una palabra más, Lily dio media vuelta y salió de la suite nupcial, caminando con pasos silenciosos por el largo pasillo cubierto de alfombras persas.

May you like

Elena se quedó sola de nuevo. Miró su reflejo por última vez. La inquietud que había sentido toda la mañana acababa de multiplicarse por diez. Algo en la mirada de Lily, en su forma de decir "está buscando algo", encendió una alarma en el instinto maternal y protector de Elena.

"Es solo el estrés de la boda", se repitió a sí misma. Pero no pudo convencerse. Recogiendo la pesada falda de su vestido de encaje con ambas manos, Elena decidió seguir a la niña. No podía permitir que Alejandro, con su temperamento volátil, asustara a Lily en un día tan importante. No sabía que, al caminar por ese pasillo, estaba dando sus últimos pasos hacia el fin de la ilusión que había llamado vida.

Related Stories

Other posts