Capítulo 5: El Estruendo de la Verdad

El último golpe fue ensordecedor. La pesada bisagra superior de hierro forjado cedió con un chirrido agónico, y la cerradura de bronce finalmente estalló en un millar de astillas de madera. La inmensa puerta de doble hoja de la biblioteca se abrió de golpe, chocando violentamente contra la pared interior.
Alejandro Vargas apareció en el umbral.
La visión era aterradora. El inmaculado traje azul claro estaba arrugado y cubierto del polvo de la madera astillada. Su respiración era pesada, bestial, y sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, ardían con una furia maníaca. En sus manos sostenía un pesado extintor de incendios rojo que había arrancado de la pared del pasillo. Miró hacia el centro de la biblioteca, esperando encontrar a Elena encogida de miedo, llorando y suplicando piedad en el suelo.
Pero el centro de la habitación estaba vacío.
Alejandro frunció el ceño, dando un paso cauteloso hacia el interior, pisando los escombros de la puerta. —¿Elena? —ronroneó, su voz destilando un sadismo perturbador—. Ya no hay a dónde correr, mi amor. Sal de donde estés. Te prometo que, si eres buena, seré rápido.
No hubo respuesta. El silencio de la biblioteca era sepulcral.
Lo que Alejandro no sabía era que Elena no había retrocedido; se había posicionado en el punto ciego justo detrás de la puerta destrozada, aplastada contra las estanterías de caoba. Cuando Alejandro dio el segundo paso hacia el interior de la sala, dándole la espalda por una fracción de segundo, Elena no lo pensó. Todo el amor que alguna vez sintió por él se había transmutado en un odio puro, ardiente y letal.
Con un grito gutural que le desgarró la garganta, Elena salió de su escondite, levantó el pesado atizador de hierro forjado con ambas manos y lo bajó con todas sus fuerzas.
No apuntó a la cabeza; el movimiento era demasiado errático. El grueso hierro negro impactó con un crujido nauseabundo directamente sobre la clavícula derecha de Alejandro.
El millonario soltó un aullido de dolor inhumano. El impacto le fracturó el hueso al instante. El extintor cayó de sus manos, rodando inofensivamente por la alfombra. Alejandro se tambaleó hacia adelante, cayendo sobre una de las mesas de lectura, llevándose la mano izquierda al hombro destrozado mientras maldecía a gritos.
—¡Maldita perra! —rugió, girando sobre sí mismo, sus ojos inyectados en sangre fijos en ella.
A pesar del dolor cegador, el instinto asesino de Alejandro no disminuyó; se intensificó. Se impulsó con las piernas y se abalanzó sobre ella. Elena intentó alzar el atizador para un segundo golpe, pero el pesado vestido de novia entorpeció su equilibrio. Alejandro logró agarrar un puñado del encaje rasgado de su falda con su mano izquierda, tirando de ella con una fuerza brutal.
Elena cayó de rodillas, el impacto enviando ondas de dolor por sus piernas desnudas. El atizador resbaló de sus manos y tintineó sobre el suelo de madera.
—¡Te voy a matar con mis propias manos! —bramó Alejandro, arrodillándose sobre ella, levantando su mano izquierda para rodearle el cuello.
Pero Elena ya no estaba dispuesta a ser una víctima. Mientras la mano de él se cerraba sobre su garganta, cortándole la respiración, los instintos más primitivos de Elena tomaron el control. Sus manos volaron hacia el rostro de Alejandro. Hundió sus uñas perfectamente manicuradas para la boda directamente en los ojos y las mejillas del hombre, desgarrando la piel con una ferocidad salvaje.
Alejandro gritó de nuevo, soltando su agarre por mero acto reflejo para protegerse el rostro. Elena aprovechó el microsegundo de distracción, giró las caderas y le propinó una patada con su pie descalzo directamente en la rodilla de la pierna que lo sostenía.
El hombre perdió el equilibrio y cayó de lado, maldiciendo y escupiendo sangre.
Elena se puso de pie de un salto. El pecho le ardía por la falta de oxígeno, pero no se detuvo. Corrió hacia el rincón donde Lily permanecía escondida detrás de un enorme sillón de orejas. La niña no había hecho un solo ruido durante la brutal pelea.
—¡Ven, mi amor, rápido! —susurró Elena, agarrando a la niña por la cintura y levantándola.
No podían salir por la puerta principal de la biblioteca; Alejandro bloqueaba el camino hacia el pasillo. Pero Elena recordó algo. Durante los primeros meses de su relación, Alejandro le había dado un recorrido por la mansión, presumiendo de su historia. Le había mostrado una pequeña puerta camuflada entre las estanterías del ala oeste: un pasaje de servicio utilizado por la servidumbre en la época victoriana para moverse por la casa sin ser vistos por los dueños.
Elena corrió hacia la estantería del fondo, buscando desesperadamente a tientas el mecanismo de apertura. Detrás de ella, escuchó a Alejandro gruñir mientras intentaba ponerse de pie, apoyándose en los muebles, con la clavícula destrozada y el rostro sangrando.
—¡Te encontraré, Elena! ¡No hay salida! —bramó él, cojeando hacia ellas.
Los dedos de Elena encontraron una pequeña hendidura detrás de un falso volumen de enciclopedias. Tiró con fuerza. La estantería entera se deslizó hacia afuera con un chirrido, revelando un pasillo oscuro, estrecho y polvoriento.
Sin mirar atrás, Elena entró al pasaje secreto con Lily en brazos y empujó la pesada estantería para cerrarla desde adentro, justo en el momento en que un pesado libro, lanzado por Alejandro, se estrellaba contra la madera donde ellas habían estado un segundo antes.
La oscuridad dentro del pasadizo de servicio era absoluta. El aire olía a moho, a polvo acumulado durante décadas y a humedad. Elena bajó a Lily para no tropezar. Tomó la pequeña mano de su sobrina, que estaba helada.
—No hagas ruido, Lily. Tenemos que ser invisibles como fantasmas —le susurró Elena, apretando suavemente su mano.
La niña asintió en la oscuridad, aferrando su conejo de peluche.
Guiándose únicamente por el tacto, rozando la fría pared de piedra con su mano libre, Elena comenzó a caminar. Sus pies descalzos pisaban astillas, polvo y telarañas, pero el dolor físico era irrelevante frente a la necesidad de sobrevivir. Sabía que este pasaje descendía hacia las entrañas de la mansión, terminando en algún lugar cerca de las cocinas y el inmenso invernadero botánico en la parte trasera de la propiedad.
Alejandro conocía el pasaje. Era cuestión de minutos antes de que encontrara otra entrada o enviara a sus hombres de seguridad a acorralarla. Tenía que ser más rápida. Tenía que ser más inteligente. Mientras descendían por la estrecha escalera de caracol de piedra, Elena formuló un plan desesperado. No podía simplemente huir; Alejandro tenía el poder, los recursos y a la policía en su bolsillo. Si escapaba, él diría que ella había secuestrado a la niña en un ataque de locura nupcial.
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Para destruirlo, necesitaba la verdad. Y la verdad estaba encerrada en esa caja de terciopelo rojo, en el fondo del cajón secreto. Tenía que volver a la suite nupcial. Pero primero, debía asegurarse de que el monstruo estuviera lejos.
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