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Capítulo 9 - La mujer que robaba identidades

Celeste no era Rebecca Hart.

Al menos no por nacimiento.

Dana descubrió que la verdadera Rebecca Hart había muerto a los nueve años en un incendio ocurrido en Ohio. Su certificado de nacimiento nunca había sido cancelado por un error administrativo. Años después, alguien utilizó esa identidad para abrir cuentas, estudiar en una universidad privada y crear el historial que Celeste había presentado antes de casarse con Mason.

—¿Quién eres realmente? —preguntó Mason cuando Celeste aceptó una videollamada desde un lugar desconocido.

Ella aparecía dentro de un automóvil estacionado. Ya no llevaba maquillaje ni ropa elegante. Parecía más joven y mucho más cansada.

—Mi nombre era Sarah Bell —respondió—. Crecí en hogares temporales. A los diecisiete años, Eleanor me ofreció una identidad nueva, educación y una vida que nunca habría podido tener.

—A cambio de acercarte a mí.

—Al principio, sí.

Emily estaba fuera de cámara, escuchando.

—¿Sabías que me envenenaban? —preguntó.

Celeste cerró los ojos.

—Sabía que el tratamiento la mantenía débil. Warren me aseguró que era reversible.

—Me viste llorar cada noche.

—Lo sé.

—Me dijiste que debía aceptar mi cuerpo.

—Porque si empezabas a dudar, Eleanor habría utilizado algo peor.

Emily rio sin humor.

—¿Eso es lo que te dices para dormir?

Celeste no respondió.

Mason se inclinó hacia la pantalla.

—¿Dónde está Eleanor?

—No lo sé. Cuando descubrí que había guardado un pasaporte en la mansión, comprendí que planeaba convertirme en la responsable de todo. Me dejó entrar para que pareciera que yo destruí las pruebas.

—¿Por qué deberíamos creerte?

—Porque Julian tampoco sabe quién es realmente. Él piensa que puede controlar a Eleanor, pero ella tiene archivos sobre todos. Jueces, médicos, políticos. Si la exponen sin asegurar esos archivos, destruirá a la mitad de las personas que podrían testificar.

—Dinos dónde están.

Celeste miró por el espejo retrovisor.

—Existe un servidor fuera del país y una copia física en Chicago. Claire estuvo cerca de encontrarla.

—¿Dónde?

—En el hotel original de la familia, el Blackwood Lake. El edificio está cerrado por reformas. Debajo del antiguo salón hay una cámara de archivos.

Dana escribió la dirección.

—¿Por qué nos ayudas ahora?

Celeste miró a Emily.

—Porque cuando encontré la jeringa desaparecida del bolso médico, entendí que Eleanor ya no quería mantenerla enferma. Quería dañarla para siempre. Yo participé en algo imperdonable, pero no permitiré eso.

—Ya lo permitiste durante cuatro años —dijo Emily.

La llamada se cortó.

Mason ordenó localizar el automóvil, pero la señal provenía de un teléfono desechable. Dana propuso informar a la fiscal. Noah se opuso.

—Hay una filtración. Si enviamos a la policía, Eleanor se marchará antes de que lleguen.

—No podemos entrar solos —dijo Dana.

—No irán solos —intervino una voz.

Adrian Warren apareció en la puerta del hospital con una venda alrededor del abdomen. Dos agentes levantaron sus armas.

—Deténganse —dijo él—. Vine a entregarme.

Warren había sobrevivido al tiroteo del sótano. La bala le rozó el costado y fingió caer para que los atacantes lo dieran por muerto. Pasó un día escondido en una clínica de un antiguo compañero.

—Victor recibió órdenes de Eleanor —explicó—. Yo escuché la llamada antes de que dispararan.

Dana lo esposó a la cama de una habitación vacía mientras un detective tomaba declaración.

—¿Dónde guarda sus archivos? —preguntó Mason.

—Celeste dice la verdad sobre el Blackwood Lake. Yo entregaba allí informes cada tres meses.

—¿Cómo se entra?

—Hay un ascensor de servicio detrás de la cocina. La llave maestra está en la oficina de Julian.

—Julian controla la torre.

Warren miró a Noah.

—Tu madre tenía una copia.

Lucia recordó que había cosido una llave plana dentro de la chaqueta de invierno de Noah antes de desaparecer. El niño pensó en la mochila del casillero. Una de las camisetas tenía un parche grueso en el hombro. Dana lo abrió y encontró una tarjeta metálica negra.

—Mi mamá siempre planeaba tres salidas —dijo Noah.

—Y tú aprendiste bien —respondió Mason.

El equipo se dividió. Dana y agentes de confianza irían al hotel. Mason debía permanecer con Emily y Lucia, pero se negó.

—Eleanor ha perseguido a mi familia durante años.

Emily lo miró.

—Entonces deja de actuar como si solo tú pudieras detenerla.

—No quiero ponerte en riesgo.

—Ya estoy en riesgo. La diferencia es que ahora quiero participar en las decisiones.

Lucia apoyó a la niña.

—Claire quería que Emily creciera sabiendo la verdad, no protegida dentro de una jaula.

Finalmente acordaron trasladar a Emily, Noah y Lucia a una casa segura mientras Mason acompañaba a Dana.

El Blackwood Lake había sido el primer hotel construido por el abuelo de Mason. Cerrado desde hacía un año, se alzaba junto al lago Michigan como un palacio vacío. La entrada principal estaba encadenada, pero la tarjeta abrió una puerta de personal.

Dentro olía a madera húmeda y yeso.

Dana, Mason, Owen y tres agentes avanzaron hasta la cocina. Detrás de una cámara frigorífica encontraron el ascensor. La tarjeta negra activó un botón sin etiqueta.

Descendieron dos niveles.

La cámara de archivos contenía estanterías con cajas numeradas, discos duros, fotografías y documentos de decenas de familias. Había expedientes sobre herederos enfermos, matrimonios destruidos, sobornos y muertes calificadas como accidentes.

—Esto es una organización criminal de décadas —dijo Dana.

Mason encontró una caja marcada “BLACKWOOD”. Dentro había fotografías de Claire, informes de Emily y una carpeta sobre Noah.

El primer documento era una orden de vigilancia emitida cuando el niño tenía tres años.

El segundo, una evaluación donde Eleanor recomendaba “eliminar el riesgo biológico si Lucia intenta contacto”.

Mason apretó la hoja hasta romperla.

—Querían matar a mi hijo.

Owen estaba revisando otra estantería. De pronto, su expresión cambió.

—Señor, venga a ver esto.

Encontró un expediente con su propio nombre.

Owen Shaw no era su identidad original.

Había nacido como Owen Hale.

Hermano menor de Victor Hale.

Mason levantó el arma.

—Pon las manos donde pueda verlas.

Owen no se movió.

—Puedo explicarlo.

—Llevas siete años protegiendo a mi familia y nunca mencionaste que tu hermano trabajaba para Julian.

—Porque no sabía que Victor seguía vivo.

Dana tomó el expediente. Incluía pagos periódicos a una cuenta vinculada a Owen.

—Recibiste dinero de Eleanor.

—Ese dinero financió la cirugía de mi esposa. Eleanor me prestó la cantidad antes de que trabajara para usted. Después utilizó la deuda para obligarme a informarle sobre sus viajes.

—¿Fuiste tú quien filtró St. Agnes?

Owen guardó silencio.

Mason sintió la respuesta antes de oírla.

—Sí —dijo Owen—. Pero también fui yo quien retrasó el traslado de Lucia para que dejara una pista.

—Jugaste con su vida.

—Intentaba mantener con vida a mi familia y a la suya.

Un sonido de cierre metálico interrumpió la discusión.

Las puertas del archivo se bloquearon.

La voz de Eleanor salió por los altavoces.

—Siempre es decepcionante ver a hombres poderosos descubrir que nunca controlaron la habitación.

Gas blanco comenzó a salir por las rejillas.

Dana cubrió su boca.

—¿Qué es eso?

Warren había advertido sobre un sistema de destrucción de pruebas. Mason buscó un panel, pero estaba protegido.

Owen sacó una pequeña herramienta de su cinturón y abrió la cubierta de ventilación.

—Puedo detener el gas desde el conducto, pero alguien debe activar el sistema manual al otro lado.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Mason.

—Porque ayudé a instalarlo.

Mason apuntó a su pecho.

—Dame una razón para confiar en ti.

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Owen lo miró con ojos llorosos.

—No la tiene. Solo tiene treinta segundos.

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