Capítulo 3 - La habitación que ardió dos veces

Cuando Mason llegó a la mansión, las llamas ya salían por las ventanas del ala oeste. Los bomberos extendían mangueras sobre el césped helado y el humo cubría la fachada de piedra.
—¿Hay alguien dentro? —preguntó al jefe del operativo.
—El personal fue evacuado. El incendio parece concentrado en una habitación del segundo piso.
—El cuarto de Claire.
Mason intentó cruzar la cinta de seguridad, pero Owen lo detuvo.
—No puede entrar.
—Hay documentos, cartas, discos duros.
—Y un techo a punto de caer.
Mason miró las ventanas iluminadas por el fuego. Seis años atrás, después de la muerte de Claire, había cerrado aquella habitación y prohibido que nadie tocara sus cosas. Se había dicho que conservarla intacta era una forma de amor. Ahora comprendía que también había sido una forma de no mirar.
Celeste llegó en un coche negro, todavía con el vestido de gala bajo un abrigo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, fingiendo sorpresa.
Mason caminó hacia ella con el teléfono en la mano.
—Alguien utilizó tu código para entrar.
Celeste no parpadeó.
—Mi código lo conocen varios empleados.
—No. Lo cambiamos la semana pasada.
—Entonces alguien lo robó.
—¿Dónde estabas hace una hora?
—En el hospital, intentando cuidar a tu hija mientras tú desaparecías con ese niño.
Julian descendió del coche detrás de ella.
—Mason, este no es el lugar para interrogar a tu esposa.
—Mi hija fue envenenada.
Celeste miró a Owen y a los bomberos cercanos.
—Baja la voz.
—El laboratorio encontró NMX-17 en su sangre. La misma sustancia que Adrian preparaba en un video contigo.
Por primera vez, la máscara de Celeste se agrietó.
No fue miedo. Fue cálculo.
—¿Qué video?
—Lucia Reyes te grabó.
Julian se acercó.
—No digas una palabra más hasta que estén presentes los abogados.
Mason lo empujó contra el coche.
—También apareces mencionado. Dieciocho meses. Una votación. ¿Qué significa?
—Significa que alguien fabricó una historia para enfrentarnos.
—¿Quién?
—Quizá Claire.
El nombre quedó suspendido entre ellos.
Mason apretó el cuello del abrigo de su hermano.
—Claire está muerta.
—Y sin embargo sus fotografías aparecen en manos de un niño vagabundo, sus antiguas amigas graban videos clandestinos y su habitación arde la misma noche. ¿No te parece demasiado conveniente?
Los bomberos rompieron una ventana. Una explosión menor hizo temblar el ala oeste.
Owen apartó a Mason.
—La policía necesita hablar con todos. No haga esto aquí.
Celeste se acercó a su esposo.
—Mason, escuchaste unos segundos de una grabación sin contexto. El NMX-17 se utilizó en un protocolo compasivo porque Emily no respondía a otros tratamientos.
—¿Por qué no estaba en su historial?
—Porque Warren temía que la aseguradora lo rechazara.
—En el video dices que necesitas mantenerla dependiente.
Celeste tragó saliva.
—Dependiente del tratamiento. No de nosotros. Las frases pueden cortarse.
Mason quiso creerla. Una parte de él buscaba desesperadamente una explicación que preservara la vida que conocía. Pero recordó la forma en que ella había ordenado aumentar la dosis.
—No volverás a acercarte a Emily hasta que esto se aclare.
—Soy su madre.
—No. Claire era su madre. Tú eres la mujer que firmó sus recetas.
Celeste lo abofeteó.
—Te recogí cuando estabas destruido. Cuidé de esa niña cada día mientras tú cruzabas el país comprando hoteles. No permitiré que un niño callejero borre todo lo que hice.
Mason no respondió.
Dos policías se acercaron para separar a la familia. Celeste y Julian fueron conducidos a vehículos distintos para declarar.
A varios kilómetros, Emily despertó en el hospital y descubrió que su padre no estaba. Rachel Kim se encontraba revisando sus reflejos.
—¿Dónde está Noah? —preguntó Emily.
—Bajo protección de servicios sociales.
—¿Lo arrestaron?
—No.
—Mi madrastra dijo que era peligroso.
Rachel golpeó suavemente debajo de su rodilla. La pierna de Emily se movió apenas.
—¿Sentiste eso?
—Un poco.
—¿Desde cuándo puedes sentir algo?
Emily miró la puerta antes de responder.
—Desde hace meses. A veces siento calor en los pies por la mañana. Se lo conté al doctor Warren y dijo que eran señales falsas del cerebro.
—¿Y después?
—Aumentaba mi medicina.
Rachel dejó el martillo de reflejos.
—Emily, nadie volverá a administrarte esa sustancia.
—¿Me estaban haciendo daño?
La médica eligió las palabras con cuidado.
—Estamos investigando si un tratamiento incorrecto empeoró tus síntomas.
Emily cerró los ojos. Una lágrima descendió hasta su oreja.
—Yo sabía que no estaba loca.
La puerta se abrió. Noah entró acompañado de Dana.
—Solo cinco minutos —advirtió la trabajadora social.
Emily se secó la lágrima.
—Pensé que te habías ido.
—La policía quería mandarme a un refugio, pero les dije que primero debía verte.
—Mi papá te empujó.
—He recibido empujones peores.
—No debería haberlo hecho.
Noah se encogió de hombros, aunque el dolor seguía visible en sus ojos.
—Los adultos asustados hacen cosas estúpidas.
Rachel levantó una ceja.
—Eso es sorprendentemente sabio.
—Mi mamá lo decía.
Emily señaló la silla junto a la cama.
—Cuéntame sobre ella.
Noah se sentó.
—Se llamaba Lucia. Trabajaba turnos dobles, cantaba horrible y quemaba hasta el agua. Cuando yo tenía miedo, inventaba historias sobre una princesa que fingía estar dormida mientras escuchaba los planes de los monstruos.
—¿Por qué fingía?
—Porque los monstruos hablan demasiado cuando creen que nadie puede oírlos.
Emily miró sus piernas bajo la manta.
—Yo también escuché cosas.
Noah se inclinó.
—¿Qué cosas?
—Celeste y el tío Julian discutieron hace una semana. Creían que yo dormía. Él dijo: “Cuando Mason pierda la custodia, la junta será nuestra”. Celeste respondió que primero necesitaban otra crisis médica.
Rachel y Dana intercambiaron una mirada.
—¿Estás segura de esas palabras? —preguntó Dana.
—Sí.
Noah apretó los puños.
—La crisis de esta noche.
—Quizá —dijo Rachel—. Pero no debemos sacar conclusiones sin pruebas.
Emily estiró la mano hacia Noah.
—Hazlo otra vez.
—¿Qué cosa?
—Tócame la mano. Cuando lo hiciste en el hotel, sentí una chispa.
Noah la tomó con delicadeza.
—Intenta mover el dedo pequeño del pie.
Emily cerró los ojos. Su rostro se tensó.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después, bajo la manta, una pequeña elevación apareció junto al borde de su pie derecho.
Rachel retiró la tela.
El dedo se había movido.
Emily comenzó a reír y llorar al mismo tiempo.
—Lo hice.
—Otra vez —dijo Noah.
Lo intentó de nuevo. El movimiento fue mínimo, pero innegable.
Rachel grabó la prueba para el expediente.
—Esto significa que algunas vías neurológicas siguen funcionando.
—¿Podré caminar? —preguntó Emily.
—No lo sé todavía. Pero tenemos una razón real para intentarlo.
Noah sonrió por primera vez.
En la mansión, el fuego fue controlado cerca de medianoche. La habitación de Claire quedó destruida, pero un bombero encontró una caja de seguridad empotrada detrás de una pared. El metal estaba quemado, aunque el interior permanecía intacto.
Mason observó mientras un técnico la abría.
Dentro había cartas, un teléfono antiguo y una cinta de video con una etiqueta escrita a mano:
“Para Mason, cuando finalmente estés dispuesto a ver.”
Owen llevó la cinta a una sala de seguridad que no había sido afectada. El video comenzó con interferencias y luego apareció Claire sentada frente a la cámara.
Parecía cansada. Tenía una herida pequeña en la ceja.
“Mason, si estás viendo esto, significa que no logré decírtelo en persona. No sé en quién confiar. Julian ha movido dinero de las cuentas de la fundación y Adrian está realizando pruebas sin autorización. Pero eso no es lo peor.”
Claire miró hacia una puerta fuera de plano.
“Lucia descubrió que alguien cambió los resultados médicos de Emily desde que nació. Nuestra hija no tiene la enfermedad genética que te dijeron. Y hay otra cosa sobre Noah que debes saber.”
La grabación se interrumpió durante unos segundos.
Cuando regresó, Claire estaba llorando.
“El padre de Noah no murió antes de que él naciera. Lucia le mintió para protegerlo. Mason… tú eres su padre.”
Owen dejó de respirar.
Mason no se movió.
En la pantalla, Claire continuó:
“Lo supe desde el principio. Fue antes de que nos casáramos. Lucia no quiso destruir nuestra vida y yo respeté su decisión. Pero si algo me ocurre, busca al niño. No permitas que pague por nuestros silencios.”
El video terminó.
Mason permaneció frente a la pantalla negra.
En una sola noche había descubierto que su esposa podía estar envenenando a su hija, que su hermano conspiraba contra él y que el niño al que había arrojado al suelo era su propio hijo.
Owen habló con cautela.
—¿Quiere que llamemos al hospital?
Mason miró su reflejo oscuro.
—No.
—¿Por qué?
—Porque antes de decirle a Noah quién soy, necesito averiguar qué clase de padre he sido sin saberlo.
Detrás de ellos, una luz roja parpadeó en el panel de seguridad.
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Alguien había accedido remotamente al sistema.
La copia digital del video de Claire comenzó a borrarse.