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Capítulo 2 - La botella plateada

Emily fue trasladada al Hospital St. Catherine, donde el apellido Blackwood abrió puertas antes incluso de que llegara la ambulancia. Un equipo de especialistas esperaba en urgencias, pero Mason prohibió que Adrian Warren dirigiera el tratamiento.

—Soy su neurólogo desde hace cuatro años —protestó Warren—. Conozco cada reacción de su organismo.

—Precisamente por eso quiero otra opinión —respondió Mason.

Celeste lo siguió hasta el pasillo privado.

—Estás humillando a un amigo de la familia por las palabras de un niño que irrumpió en nuestra gala.

—Ese niño tenía una fotografía de Claire.

—Una fotografía no demuestra nada.

—Demuestra que su madre la conocía.

Julian cerró la puerta para evitar que los periodistas escucharan.

—Lo único que importa ahora es controlar el daño. El video ya tiene cinco millones de reproducciones. La mitad de internet te llama monstruo por empujar a un niño sin hogar. La otra mitad dice que nuestra fundación utiliza a Emily como propaganda.

Mason se volvió hacia él.

—Mi hija casi dejó de respirar y tú estás contando reproducciones.

—Alguien tiene que proteger la compañía mientras tú reaccionas emocionalmente.

—La compañía puede esperar.

Una médica llamada Rachel Kim salió de la sala de observación. Tenía el gesto serio.

—Emily está estable. Presentó una depresión neuromuscular aguda, pero no encontramos signos de convulsión ni daño cerebral nuevo.

—¿Qué la causó? —preguntó Mason.

—Aún no lo sabemos. Hemos enviado muestras de sangre a toxicología.

Mason le entregó la botella plateada, guardada dentro de una bolsa de plástico.

—Analicen esto también. Fuera del laboratorio del hospital y sin informar al doctor Warren.

Rachel observó a Celeste y a Julian antes de aceptar la bolsa.

—Entendido.

Al otro lado de la ciudad, Noah estaba sentado en una sala de interrogatorios de la comisaría del Distrito Dieciocho. Sus pies no alcanzaban el suelo. Una trabajadora social llamada Dana Pierce le había dado una manta y chocolate caliente, pero él no había bebido.

—No estás acusado de ningún delito —dijo Dana—. El hotel decidió no presentar cargos.

—Porque saben que digo la verdad.

—O porque no quieren más publicidad. Necesito saber dónde vives.

—En diferentes sitios.

—¿Con algún adulto?

Noah negó.

—Mi mamá desapareció. Yo me quedé en nuestro apartamento hasta que el casero cambió la cerradura. Después dormí en la lavandería de la señora Chen. A veces en el autobús nocturno.

Dana sintió una punzada de culpa profesional. Había visto demasiados niños aprender a describir el abandono como si fuera una rutina.

—¿Por qué no acudiste antes a la policía con el video?

—Fui. El oficial miró veinte segundos y dijo que parecía una grabación médica normal. Dos días después, alguien entró en la lavandería y buscó mi mochila.

—¿Conservas la memoria?

Noah dudó.

—No.

—¿La perdiste?

—La escondí.

—¿Dónde?

—Si se lo digo, dejará de estar escondida.

La puerta se abrió. Mason entró acompañado de Owen Shaw y una abogada.

Noah se puso rígido.

—Viene a decirme que me aleje otra vez.

Mason observó el moretón que uno de sus guardias había dejado en el brazo del niño.

—Vengo a preguntarte por tu madre.

—Ya le dije su nombre.

—Lucia Reyes. Trabajó como enfermera pediátrica en el Mercy North. Conoció a Claire durante su embarazo.

Noah entrecerró los ojos.

—¿Cómo sabe eso?

—He hecho algunas llamadas.

—La gente rica hace llamadas y las puertas se abren. Mi mamá hizo llamadas durante semanas y nadie la escuchó.

La frase golpeó a Mason más de lo esperado.

Se sentó frente a él.

—Enséñame el video.

—Primero prométame que Emily no beberá de esa botella.

—Ya la están analizando.

—Eso no es una promesa.

Mason sostuvo su mirada.

—No recibirá otra dosis hasta que sepamos exactamente qué contiene.

Noah relajó apenas los hombros.

—La memoria está en el casillero 214 de la estación Union. La llave está cosida dentro de mi zapato izquierdo.

Owen miró sus pies.

—Perdiste ese zapato en el hotel.

Noah cerró los ojos con frustración.

—Entonces todavía está allí.

Owen hizo una llamada. Veinte minutos más tarde, un guardia del hotel encontró el zapato detrás de una mesa cubierta con manteles. La pequeña llave seguía dentro del forro.

Mason quiso ir personalmente a la estación, pero Dana se interpuso.

—El niño queda bajo protección temporal. No se irá con usted.

—No he pedido llevármelo.

—Todavía.

—Señora Pierce, alguien amenazó a un menor en mi hotel y puede estar relacionado con la enfermedad de mi hija. No voy a ignorarlo.

—Tampoco va a decidir por encima del sistema porque su apellido esté en la fachada de medio Chicago.

Noah observó a ambos.

—Puedo ir con ella —dijo, señalando a Dana—. Usted puede ir detrás.

Mason casi sonrió.

—Trato hecho.

El casillero 214 contenía una mochila azul, dos camisetas, una fotografía de Lucia y Noah en una feria, un sobre con cuatrocientos dólares y una memoria USB envuelta en papel aluminio.

Regresaron a la comisaría y conectaron la memoria a un ordenador sin acceso a internet.

El video duraba nueve minutos.

La imagen mostraba una habitación blanca. Adrian Warren estaba de espaldas a la cámara, preparando varias botellas plateadas. Junto a él, Celeste sostenía una carpeta.

El sonido era irregular, pero algunas frases podían entenderse.

—La dosis anterior duró menos —dijo Celeste.

—Porque está creciendo —respondió Warren—. Su metabolismo cambia.

—Entonces auméntala.

—Demasiado y podría dejar de respirar.

—No necesito que muera. Necesito que siga dependiendo de nosotros.

Mason dejó de respirar.

La imagen tembló. Una voz femenina susurró detrás de la cámara:

—Dios mío.

Noah señaló la pantalla.

—Esa es mi mamá.

En el video, Warren abrió una caja con ampollas. Cada una llevaba el nombre de un compuesto experimental: NMX-17.

—¿Qué es? —preguntó Dana.

La abogada de Mason comenzó a buscar en una base médica.

—Un bloqueador de la transmisión neuromuscular. Fue probado en un estudio pequeño hace siete años. Se suspendió por efectos adversos.

Mason miró a Noah.

—¿Cuándo grabó esto tu madre?

—Nueve meses atrás. Desapareció tres semanas después.

El video continuó. Celeste se acercó a Warren.

—Julian dijo que necesitamos dieciocho meses más. Después la votación dejará de importar.

Warren bajó la voz.

—¿Y Mason?

—Mason ve lo que quiere ver. Una hija enferma. Una esposa dedicada. Un hermano que mantiene el imperio en pie. Mientras conservemos ese cuadro, jamás mirará detrás.

La grabación terminó.

Durante varios segundos nadie habló.

Mason parecía haberse convertido en piedra.

—Esto puede estar manipulado —dijo finalmente, pero su voz carecía de convicción.

Noah se levantó.

—Siempre dicen eso cuando la verdad no les gusta.

El teléfono de Mason sonó. Era Rachel Kim.

—Señor Blackwood, ya tenemos un resultado preliminar —dijo la médica—. La botella contiene NMX-17 y un sedante de acción corta. Ninguno aparece en el historial farmacológico oficial de Emily.

Mason apretó el teléfono.

—¿Está en su sangre?

—Sí. En una concentración suficiente para explicar la debilidad muscular crónica.

El suelo pareció inclinarse.

Cuatro años de sillas de ruedas, terapias fallidas, noches en que Emily lloraba porque no podía sentir sus pies. Cuatro años confiando en Warren. Dos años casado con Celeste.

—¿Puede recuperarse? —preguntó.

—No puedo prometerlo, pero si suspendemos la exposición, existe una posibilidad real.

Mason colgó.

Noah lo observaba sin triunfo. Solo había cansancio en su rostro.

—Ahora me cree.

Mason se puso de pie.

—Creo que alguien ha estado envenenando a mi hija.

—¿Y mi mamá?

Mason miró de nuevo la pantalla congelada, donde una sombra femenina aparecía reflejada en una superficie metálica.

—También creo que desapareció porque intentó detenerlos.

En aquel instante, Owen recibió una alerta de seguridad. Se apartó para leerla y palideció.

—Señor, alguien acaba de entrar en su residencia de Lake Forest usando el código de la señora Blackwood.

—Celeste está en el hospital.

—Lo sé.

La aplicación mostró una cámara interior. Una figura encapuchada cruzaba el despacho de Mason con una lata de combustible.

Noah se acercó a la pantalla.

—Está buscando algo.

Mason reconoció el lugar al que se dirigía la figura: la habitación cerrada donde guardaba todas las pertenencias de Claire.

—No —susurró.

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La cámara se llenó de luz.

El fuego comenzó a extenderse.

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