peak
LA MANO QUE NADIE DEBÍA TOCAR / Chapter 10 / 20

Capítulo 10 - El precio de una segunda oportunidad

Mason bajó el arma.

—Hazlo.

Owen se introdujo en el conducto mientras los demás cubrían sus rostros con prendas. El gas provocaba mareo, visión borrosa y una sensación ardiente en la garganta. Dana intentó mantener a los agentes conscientes.

—No se sienten —ordenó—. Si se duermen, quizá no despierten.

Mason golpeó la puerta metálica con una barra, pero no cedió.

Desde el conducto llegó la voz de Owen.

—Encontré el control. Necesito cortar tres cables, pero no sé cuál activa la ignición.

—¿Hay colores? —preguntó Dana.

—Negro, amarillo y verde.

Mason recordó un plano antiguo del hotel. El sistema contra incendios utilizaba cable amarillo. El negro alimentaba electricidad. El verde pertenecía a una instalación posterior.

—Corta el verde.

—¿Seguro?

—No.

Owen cortó.

El gas se detuvo. Las luces se apagaron, pero no hubo explosión.

Después de varios segundos, la puerta se abrió con un chasquido. Mason y Dana arrastraron a los agentes hacia el pasillo. Owen salió del conducto cubierto de polvo.

—Eleanor esperaba que muriéramos y que el sistema incendiara los archivos —dijo.

—Entonces volverá para comprobarlo —respondió Dana.

Copiaron tantos discos como pudieron y fotografiaron cada estantería. Un equipo federal llegó una hora después, convocado mediante un canal independiente. La magnitud de los documentos obligó a crear una investigación nacional.

Pero Eleanor había desaparecido.

También Julian.

La torre Blackwood quedó vacía antes del amanecer. Las cuentas principales fueron congeladas, pero alguien transfirió ciento veinte millones de dólares minutos antes de la orden judicial.

En la casa segura, Emily realizaba ejercicios con Tessa mientras Noah leía mensajes en un teléfono desechable. Mason entró acompañado por Dana y Owen.

Noah vio al jefe de seguridad y se puso de pie.

—Él filtró la ubicación de mi mamá.

—Sí —dijo Mason.

—¿Y sigue aquí?

Owen se quitó el arma y la dejó sobre una mesa.

—No espero que me perdones. Eleanor amenazó con matar a mi esposa y a mi hijo si no obedecía. Pensé que podía darle información limitada y protegerlos a todos. Me equivoqué.

—Mi mamá estaba atada a una cama por tu información.

—Lo sé.

—Decir “lo sé” no cambia nada.

—No. Pero testificaré, entregaré mis cuentas y aceptaré lo que decida un juez.

Noah miró a Mason.

—¿Por qué le dio otra oportunidad?

—Porque nos sacó del archivo.

—También ayudó a encerrarlos.

—Ambas cosas son verdad.

Noah frunció el ceño.

—Los adultos hacen que todo parezca complicado cuando quieren evitar elegir.

Mason se acercó.

—Tienes razón en desconfiar. Pero a veces elegir no consiste en decidir quién es completamente bueno o malo. Consiste en decidir qué acción protege a más personas ahora.

—Eso suena como algo que diría alguien rico antes de perdonar a otro rico.

Owen casi sonrió pese a la tensión.

—No estoy siendo perdonado.

Lucia entró apoyada en un bastón. Aún estaba débil, pero había insistido en abandonar el hospital para permanecer con Noah.

—Owen me dio cinco minutos adicionales en St. Agnes al retrasar el transporte —dijo—. Sin esos minutos no habría dejado la llave ni la fotografía.

Noah la miró.

—¿Lo sabías?

—Sospechaba que alguien dentro intentaba ayudar sin revelar su identidad.

—También pudo haberte matado.

—Sí.

Noah apartó la mirada. No estaba preparado para aceptar zonas grises.

Emily intentó levantar la rodilla. Su pierna apenas respondió, pero Tessa aplaudió.

—Otra vez.

Emily respiró y logró un movimiento mayor.

—Lo viste —dijo a Noah.

—Lo vi.

—Ven aquí.

Él se acercó y ella le susurró:

—Cuando empecé, odiaba cada ejercicio porque mostraba todo lo que no podía hacer. Después comprendí que también mostraba lo que ayer era imposible. Quizá las personas sean así.

—¿Ahora defiendes a Owen?

—No. Solo digo que un error no borra una buena acción, y una buena acción tampoco borra el error.

Noah la observó.

—Hablas como una anciana.

—Y tú hueles como una estación de autobuses.

Por primera vez en días, ambos rieron.

Dana reunió a todos alrededor de una mesa. Los discos del archivo contenían una agenda cifrada. Uno de los próximos eventos estaba marcado con las iniciales “E.P.” y la fecha del cumpleaños de Emily, dieciocho meses en el futuro. Pero había otra entrada mucho más cercana:

“Transferencia de custodia. Audiencia de emergencia. Viernes, 9:00.”

—Mañana —dijo Mason.

—Julian presentó una petición para retirarte la custodia —explicó Dana—. Afirma que expusiste a Emily a operaciones violentas, incendios y personas desconocidas. También sostiene que Lucia y Noah manipulan a la niña por dinero.

Emily golpeó el brazo de su silla.

—Yo decidiré con quién quiero estar.

—El tribunal debería escucharte —dijo Dana—, pero Julian ha solicitado una evaluación médica que te declare temporalmente incapaz por estrés y abstinencia farmacológica.

Rachel revisó el nombre del evaluador.

—Doctor Samuel Keene. Trabajó con Eleanor en tres clínicas.

—Entonces la audiencia está preparada —dijo Mason.

Lucia se sentó.

—¿Qué ocurrirá si pierdes?

—Emily quedará bajo custodia temporal de un tutor designado. Probablemente Julian o una persona controlada por él.

—No iré —dijo Emily.

Mason se arrodilló a su lado.

—No permitiré que te lleven.

—No hagas otra promesa imposible.

Él recordó sus palabras.

—Haré todo legalmente posible para impedirlo.

Noah levantó el teléfono desechable.

—Recibí un mensaje mientras hablaban.

La pantalla mostraba una fotografía de Celeste frente a un cartel de carretera. Sostenía una edición del periódico de aquel día para demostrar que seguía viva.

El texto decía:

“Puedo destruir la petición de Julian. Tengo una grabación donde admite el plan. Pero quiero inmunidad y una salida segura.”

Dana negó.

—No podemos prometer inmunidad completa.

—Ella lo sabe —dijo Mason—. Está negociando alto para obtener algo menor.

Otro mensaje llegó.

“Solo hablaré con Emily.”

—No —dijo Mason.

Emily tomó el teléfono.

—Sí.

—Celeste participó en tu envenenamiento.

—Y quizá sea la única persona que puede impedir que Julian gane mañana.

Lucia observó a la niña.

—Puede ser una trampa.

—Entonces iremos preparados.

Mason negó.

—No voy a utilizarte como cebo.

Emily lo miró con una firmeza que recordaba a Claire.

—Durante cuatro años todos decidieron por mí porque creían que era frágil. Celeste decidió qué bebía. Warren decidió qué sentía. Tú decidiste cuándo podías estar conmigo. No voy a pasar el resto de mi vida dejando que otros llamen protección a quitarme la voz.

La habitación quedó en silencio.

Mason bajó la cabeza.

—¿Qué propones?

Emily escribió una respuesta:

“Hablaré contigo. Lugar público. Yo elijo la hora.”

Celeste respondió con una ubicación: una iglesia abandonada en las afueras, a medianoche.

—Eso no es público —dijo Dana.

Noah observó la fotografía. En el reflejo del cristal detrás de Celeste se veía una mano sosteniendo el teléfono.

En uno de los dedos había un anillo verde.

—Celeste no está enviando los mensajes sola —susurró.

May you like

Emily amplió la imagen.

Eleanor estaba con ella.

Related Stories

Other posts