Capítulo 6 - La mujer sin nombre

La sangre de la nota pertenecía a Lucia Reyes.
El laboratorio lo confirmó en menos de cuatro horas utilizando una muestra genética obtenida del apartamento que había compartido con Noah. Sin embargo, la cantidad encontrada no indicaba necesariamente una herida mortal. Podía proceder de un corte pequeño, colocado allí para convertir el mensaje en una amenaza.
—Querían que supiéramos que siguen un paso por delante —dijo Dana.
Noah estaba sentado en una sala protegida del hospital, con los brazos alrededor de las rodillas.
—No llegaron un paso por delante. Alguien les avisó.
Mason miró a Owen.
—El operativo se comunicó solo a seis personas.
—Dos detectives, la fiscal, la capitana de bomberos, la señora Pierce y yo —enumeró Owen—. Usted se enteró después de que el equipo ya estaba en camino.
—¿Y Warren? —preguntó Noah.
Dana negó.
—Sigue desaparecido. Encontraron sangre en el edificio junto al río, pero no un cuerpo.
—Entonces pudo avisarles.
—O pudo ser la persona a la que dispararon.
Noah apretó los dientes.
—Siempre hay una explicación que permite a los adultos esperar. Mientras esperan, mi mamá sigue encerrada.
Emily, que había comenzado su primer día de desintoxicación, escuchaba desde la cama. Sus músculos temblaban de manera intermitente y el dolor le provocaba sudor frío, pero se negó a recibir sedantes sin revisar personalmente cada etiqueta.
—Noah tiene razón en algo —dijo—. La filtración ocurrió antes de que llegara la policía. Debemos averiguar quién sabía de St. Agnes antes del operativo.
Dana miró el teléfono de Warren.
—Lucia grabó el mensaje hace seis meses. Warren afirmó que lo conservó todo ese tiempo. Si él trabajaba para Julian, quizá la pista nunca fue una pista de rescate. Tal vez era una trampa para descubrir qué sabía Noah.
Mason caminó hasta la ventana.
—Owen, investiga cada llamada realizada desde el hospital y desde la comisaría. Nadie sale de este piso sin autorización.
—Eso incluye a usted —respondió Dana—. No puede convertir un hospital en una fortaleza privada.
—Mi hijo fue atacado con armas de fuego.
Noah levantó la cabeza.
—No me llame así frente a todos.
Mason se volvió.
—Lo siento.
La disculpa fue inmediata. Noah pareció no saber qué hacer con ella.
Rachel entró acompañada por una fisioterapeuta llamada Tessa Morgan. Habían preparado una sesión breve para evaluar la respuesta de Emily sin el compuesto.
—No será agradable —advirtió Tessa—. Tu cerebro está intentando comunicarse con músculos que llevan años recibiendo señales confusas.
—¿Qué tengo que hacer?
—Sentarte en el borde de la cama con ayuda y mantener el tronco recto.
Mason se acercó, pero Emily alzó una mano.
—Quiero que Noah me ayude.
El niño la miró.
—No sé cómo.
—Solo quédate donde pueda verte.
Tessa y Rachel movieron a Emily con cuidado. Al principio, su cuerpo cayó hacia delante. Noah se colocó frente a ella.
—Mírame —dijo—. No pienses en tus piernas. Piensa en algo que te haga enfadar.
—Eso no parece muy médico —comentó Tessa.
—A mí me funciona.
Emily miró a su padre.
—Tengo muchas opciones.
Mason aceptó la frase en silencio.
Emily apretó las manos contra el colchón. Durante tres segundos logró sostenerse. Después fueron cinco. Al llegar a ocho, sus brazos cedieron, pero no cayó. Noah la sujetó por los hombros.
—Lo hiciste.
—Ocho segundos —dijo ella, jadeando.
—Mañana serán nueve.
El momento fue interrumpido por una enfermera que entregó un sobre a Dana. Lo habían dejado en recepción a nombre de Noah.
Dentro había una llave pequeña y una fotografía reciente de Lucia sentada en una silla, con el cabello corto y una venda alrededor de la muñeca. Detrás aparecía una pared pintada de verde y parte de un reloj sin números.
En el reverso habían escrito:
“Deja de buscar o la próxima fotografía será de su funeral.”
Noah apretó la imagen hasta arrugarla.
—Está viva.
Dana examinó la llave.
—Parece pertenecer a un depósito bancario.
Mason llamó a su equipo legal. La llave tenía un número grabado, 631, y el logotipo de Lakeshore Mutual, una pequeña cooperativa de crédito donde Claire había mantenido una cuenta secreta.
Dos horas después, Mason, Dana y Noah entraron en la sucursal acompañados por detectives. El gerente confirmó que la caja 631 pertenecía a Lucia Reyes y Claire Blackwood conjuntamente. Nadie la había abierto desde hacía seis años.
Dentro encontraron una grabadora, varios informes médicos y un sobre dirigido a Noah.
El niño lo abrió con manos temblorosas.
“Mi querido Noah:
Si estás leyendo esto, alguien descubrió que guardé pruebas. Quiero que recuerdes algo antes que cualquier otra cosa: nunca te abandoné por voluntad propia. Todo lo que hice fue para mantenerte vivo.
No confíes en el hombre que lleva una cicatriz blanca en la palma izquierda. Él estuvo allí la noche en que murió Claire. Tampoco confíes en la mujer sin nombre. Ella puede cambiar de rostro, historia y lealtad, pero siempre lleva un anillo con una piedra verde.
La verdad no está en St. Agnes. St. Agnes era solo la puerta. Busca el lugar donde los trenes dejaron de llegar.
Te amo más que a mi propia vida.
Mamá.”
Noah leyó la carta dos veces.
—¿Quién tiene una cicatriz en la palma izquierda? —preguntó Dana.
Mason pensó en Julian, Warren y Owen. No recordaba haber visto sus manos con suficiente atención.
—Cualquiera podría ocultarla.
Dana revisó los informes. Uno correspondía al nacimiento de Emily. El documento oficial indicaba que la niña había nacido con una mutación genética relacionada con debilidad muscular progresiva. El informe guardado por Lucia mostraba un resultado negativo.
Otro archivo incluía transferencias desde una cuenta de Blackwood Health hacia una empresa llamada North Line Recovery.
—“El lugar donde los trenes dejaron de llegar” —dijo Noah—. North Line.
La empresa figuraba registrada en un antiguo depósito ferroviario de Wisconsin, cerrado al público desde hacía quince años.
Mason ordenó preparar un operativo, pero Dana se negó a repetir el error.
—No comunicaremos el destino por radio ni correo. Solo lo sabrán las personas que entren en los vehículos.
—Yo iré —dijo Noah.
—No.
—La carta está dirigida a mí.
—Precisamente por eso pueden estar esperándote.
Mason se agachó para quedar a su altura.
—Déjame hacer esto.
Noah soltó una risa amarga.
—¿Como padre?
—Como alguien que le debe a tu madre once años y una vida.
—No puede pagar una vida.
—Lo sé.
Noah miró la fotografía de Lucia.
—Entonces no falle.
El convoy salió al anochecer sin luces identificativas. Mason viajaba con Dana y dos agentes. Owen debía quedarse protegiendo a Emily y Noah.
Antes de partir, Mason se acercó a su hija.
—Regresaré.
—No prometas cosas que no controlas —dijo Emily.
—Tienes razón. Haré todo lo posible por regresar.
Emily tomó su mano.
—Y trae a la mamá de Noah.
Durante el trayecto hacia Wisconsin, Dana revisó una lista de propiedades. North Line Recovery no tenía empleados declarados, pero pagaba electricidad, vigilancia y suministros médicos.
—Parece una clínica fantasma —dijo.
—Julian ha creado docenas de empresas para ocultar deuda —respondió Mason—. Nunca pensé que las utilizaría para esconder personas.
—¿Nunca lo pensó o nunca quiso comprobarlo?
Mason miró la carretera oscura.
—Ambas cosas.
Al llegar al depósito ferroviario, encontraron un edificio de ladrillo rodeado por vías oxidadas. No había guardias visibles. Una puerta lateral estaba abierta.
Los agentes entraron primero.
En el interior, las antiguas salas de equipaje habían sido convertidas en habitaciones médicas. Encontraron medicamentos, ropa de pacientes y cámaras recientes. En una oficina había fotografías de Emily, Noah, Mason y Dana tomadas durante los últimos días.
—Nos han estado siguiendo —susurró Dana.
Un sonido débil llegó desde el túnel de mantenimiento.
Mason siguió a los agentes hasta una habitación subterránea. Allí encontraron a una mujer atada a una cama.
Tenía el cabello corto, la muñeca vendada y el rostro de la fotografía.
—Lucia —dijo Mason.
La mujer abrió los ojos.
—¿Noah?
—Está a salvo.
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—No debiste venir.
—Vamos a sacarte de aquí.
Lucia negó con desesperación.
—No entiendes. Me dejaron para que me encontraras.
Un pitido comenzó a sonar debajo de la cama.
Dana levantó la manta y vio un dispositivo conectado a varios cables.
—¡Bomba!
Los agentes cortaron las correas y levantaron a Lucia. Todos corrieron hacia el túnel mientras el pitido se aceleraba.
Mason cargó a la mujer entre sus brazos. A pocos metros de la salida, Lucia vio la mano del agente que abría paso.
Una cicatriz blanca cruzaba su palma izquierda.
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—¡No! —gritó ella—. ¡Es él!
El agente se volvió y levantó su arma.