Chapter 9 - El niño que llevaba otro apellido

Keller se negó a revelar el destino del cuarto embrión. Víctor afirmó que solo utilizaba aquella información para confundirlos. Julián solicitó hablar con Elena a cambio de una reducción de cargos.
Ella aceptó una reunión en una sala federal, acompañada por Samuel y la fiscal, Dana Brooks.
Julián parecía más cansado que en el aeropuerto, pero aún intentaba controlar la conversación.
—Antes de decirte nada, quiero ver a Lucía.
—No decides las condiciones.
—Soy su padre.
—También eras mi esposo y eso no te impidió falsificar mi consentimiento.
Julián apretó la mandíbula.
—El cuarto embrión fue transferido dos años antes que Lucía.
Elena sintió que la habitación se movía.
—¿A quién?
—A otra gestante. El embarazo tuvo complicaciones. Keller dijo que el niño murió.
—¿Le creíste?
—No me importaba entonces. El fideicomiso exigía un descendiente sano y documentado.
Dana lo miró con repulsión.
—¿Está admitiendo que trató embarazos como intentos financieros?
Julián ignoró la pregunta.
—Hace seis meses descubrí que el niño vivía. Víctor lo mantuvo oculto como plan alternativo.
—Nombre.
—Mateo Salas.
Nora tenía un hijo de seis años llamado Mateo.
Elena recordó la fotografía de la gestante. Nora había mencionado otros hijos, pero nunca habló de cómo fueron concebidos.
La fiscal llamó inmediatamente.
Nora respondió desde la residencia protegida. Al escuchar el nombre del expediente, comenzó a llorar.
—Mateo fue mi primer embarazo para la agencia —dijo—. Me aseguraron que el embrión pertenecía a una pareja anónima. Después del parto, dijeron que los padres habían renunciado por sus problemas cardíacos. Me permitieron adoptarlo.
—¿Tiene una enfermedad cardíaca? —preguntó Elena.
—No. Solo un soplo leve cuando nació.
Keller había mentido a todos. Mantuvo a Mateo con Nora porque el niño no servía inicialmente para la patente, pero conservó acceso médico y muestras durante años.
Una prueba genética confirmó que Mateo también era hijo biológico de Elena y Julián.
Elena viajó a la residencia con una psicóloga infantil. No quería aparecer ante un niño de seis años y anunciar que su identidad era una conspiración corporativa.
Mateo construía un avión de juguete cuando llegó.
—Mamá Nora dice que tú eres amiga —dijo.
—Estoy intentando serlo.
—¿Eres la señora de las noticias?
—Sí.
—Dicen que quieres llevarte a Lucía.
Elena se sentó en el suelo.
—No quiero llevarme a nadie sin escucharlo.
Mateo señaló el avión.
—Mi papá murió antes de conocerme.
Nora había creado aquella historia para protegerlo de preguntas.
Elena miró a la psicóloga, quien asintió suavemente.
—Hay personas que saben cosas sobre cómo naciste y te las explicaremos poco a poco. Nada de eso cambia que Nora sea tu mamá.
—¿Tú también eres mi mamá?
La pregunta llegó demasiado pronto.
Elena respiró.
—Una parte de tu cuerpo comenzó a partir de una célula mía. Pero ser mamá también significa estar, cuidar y escuchar. Nora hizo todo eso. Yo apenas estoy llegando.
Mateo consideró la respuesta.
—Entonces puedes ser Elena.
—Me parece justo.
Desde la puerta, Nora lloraba en silencio.
Aquella noche, Víctor intentó solicitar derechos sobre Mateo mediante el fideicomiso. La maniobra confirmó que aún veía a los niños como llaves de control.
Elena activó la cláusula de disolución familiar.
Las acciones Ross comenzaron a transferirse a una fundación pública independiente.
Julián recibió la noticia en prisión.
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—¡No puedes regalar la empresa de nuestros hijos! —gritó durante una llamada.
—No les estoy quitando una empresa —respondió Elena—. Les estoy quitando una guerra.
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