Chapter 10 - La junta donde todos llevaban una máscara

La junta definitiva de Asterion se celebró en un auditorio lleno de accionistas, empleados y periodistas. La empresa debía decidir entre aceptar la administración independiente de Elena o solicitar protección por bancarrota y permitir que Novaris comprara las patentes a precio reducido.
Thomas Bell presidía la sesión.
—La señora Ross propone transferir el control del fideicomiso a una fundación pública. Eso eliminaría la autoridad familiar, pero también podría reducir el valor inmediato de las acciones.
Un inversor gritó:
—¡Nos está haciendo pagar por los delitos de su esposo!
Elena subió al escenario.
—Mi esposo, su padre y varios ejecutivos utilizaron fondos de esta empresa para robar material reproductivo, falsificar documentos y experimentar con personas. Si su única preocupación es cuánto vale la acción mañana, entonces no han comprendido por qué estamos aquí.
Mostró imágenes de Orfeo, sin revelar datos privados de pacientes.
—Asterion puede continuar como una empresa responsable o convertirse en un inventario de activos vendidos para ocultar crímenes.
Novaris ofreció una propuesta inesperada: mantendría empleos y financiaría compensaciones si recibía derechos exclusivos sobre la terapia Orfeo.
Maya susurró:
—Saben que Lucía tiene la variante genética.
Elena rechazó la oferta.
—Ninguna terapia vinculada a muestras obtenidas sin consentimiento será exclusiva.
En primera fila, un hombre llamado David Crane, director financiero interino, levantó la mano.
—La señora Ross habla de ética, pero ocultó durante años que el fideicomiso dependía de sus descendientes. Su familia creó este riesgo.
Samuel respondió:
—El documento original protegía a los descendientes. La modificación fraudulenta creó el riesgo.
David proyectó una transferencia firmada por Elena. Parecía demostrar que ella había autorizado pagos a Orfeo tres años atrás.
La sala estalló.
Elena examinó el documento.
La firma era auténtica.
Recordó un paquete financiero que Julián le presentó después de la muerte de su padre. Había firmado decenas de autorizaciones sin leer cada anexo.
—Esa es mi firma —admitió.
Maya la miró, alarmada.
—Pero no sabía que Orfeo existía.
David sonrió.
—La ignorancia no elimina responsabilidad.
—No —dijo Elena—. No la elimina.
La sala se quedó quieta.
—Yo tenía poder y permití que el duelo, la confianza y la costumbre sustituyeran a la supervisión. Aceptaré una investigación independiente sobre mis decisiones. No pediré inmunidad por ser víctima en otras partes de esta historia.
La admisión cambió el ambiente. David esperaba una negación defensiva.
Maya recibió un mensaje y se acercó.
—David Crane autorizó la cuenta que pagó el sabotaje del avión de Gabriel.
Elena no reaccionó inmediatamente.
—¿La prueba es sólida?
—Transferencias, correos y una declaración de Keller.
Elena pidió que proyectaran los registros.
David se levantó.
—Son falsos.
Dos agentes avanzaron hacia él.
Antes de ser detenido, gritó:
—Todos aquí aceptaron el dinero. ¡No pueden convertirnos en monstruos solo porque ahora conocen los nombres de los niños!
Thomas Bell bajó la cabeza.
La votación comenzó.
El setenta y cuatro por ciento aprobó la fundación independiente y la suspensión de la venta a Novaris.
Elena dejó de controlar Asterion, tal como había prometido.
Después de la junta, un periodista preguntó si se arrepentía.
—Perdí una empresa —respondió—. Mateo y Lucía recuperaron el derecho a no pertenecerle.
En una habitación protegida, Nora mostró la transmisión a los niños. Mateo no entendía las acciones ni las patentes.
Solo preguntó:
—¿Elena ya no es jefa?
—No de esa forma —respondió Nora.
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Mateo sonrió.
—Entonces quizá tenga tiempo para terminar mi avión conmigo.
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