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LA HIJA DE LA SALA VIP / Chapter 1 / 20

Chapter 1 - El beso frente al panel de salidas

Elena Ross llegó al aeropuerto internacional de Seattle cuarenta minutos antes de lo previsto. Su vuelo a Nueva York había sido retrasado, y el asistente de la aerolínea le indicó que esperara en el nivel superior, cerca de las salas privadas.

Aquel cambio insignificante destruyó su matrimonio.

Desde la barandilla de cristal vio a su esposo junto al panel de salidas internacionales. Julián Mercer llevaba el traje azul oscuro que ella le había regalado por su décimo aniversario. No estaba en Boston, como había asegurado durante la llamada de aquella mañana. Tampoco se encontraba reunido con los auditores de Asterion Biotech.

Tenía las manos alrededor del rostro de otra mujer.

Elena reconoció inmediatamente a Celeste Ward, directora jurídica de la empresa y una de las personas que se sentaban cada lunes a su derecha durante las reuniones ejecutivas.

Julián la besó con la tranquilidad de un hombre que no temía ser descubierto.

Elena sintió que el ruido de las maletas, los anuncios y las conversaciones desaparecía. Su primer impulso fue bajar, arrojarle el teléfono a la cara y obligarlo a explicar los últimos diez años. Pero entonces vio el cochecito.

Celeste se apartó del beso y señaló hacia una sala VIP. Julián sonrió, abrió una pequeña manta y levantó a un bebé de unos ocho meses. Lo sostuvo contra el pecho con una ternura que Elena nunca le había visto.

—Nuestra pequeña heredera —dijo él.

Elena no escuchó la frase con claridad, pero leyó sus labios.

Se escondió detrás de una columna de mármol mientras ellos entraban en la sala. Sus manos temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono. Activó la cámara y grabó a través de una separación entre los paneles decorativos.

Dentro, Julián colocó al bebé sobre sus piernas. Celeste abrió una carpeta azul y puso varios documentos sobre la mesa.

—Cuando Elena firme el acuerdo de fusión, no podrá detener la transferencia —dijo Celeste.

—Firmará mañana —respondió Julián—. Confía en mí.

—Confiaba en ti antes de que el banco solicitara una prueba genética.

Julián miró hacia la entrada.

—Baja la voz.

Elena dejó de respirar.

Celeste sacó un pasaporte infantil. En la portada interior aparecía una fotografía del bebé y un nombre:

Lucía Elena Mercer.

Elena sintió un dolor distinto al de la infidelidad. Años atrás, después de tres tratamientos de fertilidad y dos pérdidas, ella y Julián habían decidido conservar cuatro embriones en la clínica privada Horizon Reproductive Center. Dieciocho meses después, un fallo eléctrico supuestamente destruyó todo el material almacenado.

Desde entonces, Elena había evitado cualquier conversación sobre hijos.

La bebé de la sala VIP tenía sus mismos ojos grises.

—El fideicomiso se activa en cuanto lleguemos a Zúrich —dijo Celeste—. Después de registrar a Lucía como descendiente biológica de Elena Ross, las acciones pasarán a la niña.

—Y yo seré su tutor financiero.

—Siempre que Elena quede legalmente incapacitada.

Julián acarició la cabeza del bebé.

—El informe psicológico estará listo después de la junta. Si reacciona mal cuando anunciemos la fusión, tendremos suficientes testigos.

Elena apoyó la espalda contra la columna para no caer.

No planeaban únicamente engañarla.

Planeaban utilizar a una niña que quizá era su hija para arrebatarle el control de la empresa fundada por su padre.

Su teléfono vibró.

Julián estaba llamando.

Elena esperó tres segundos antes de contestar.

—Hola —dijo con una voz sorprendentemente estable.

—Acabo de aterrizar en Boston —mintió él—. La reunión se prolongará hasta mañana. Necesito que firmes los documentos de la fusión antes de las nueve.

A través del cristal, Elena lo veía sosteniendo el teléfono con una mano y a la bebé con la otra.

—¿Ocurre algo? —preguntó Julián.

—No. Solo estoy mirando un panel de salidas.

Él se quedó inmóvil.

—¿Dónde estás?

—En la oficina —respondió ella.

Por primera vez en diez años, Elena le mintió sin sentir culpa.

—Te enviaré la firma esta noche.

Julián sonrió, aliviado.

—Sabía que podía contar contigo.

Elena terminó la llamada y guardó el video en tres servidores distintos. Después llamó a Maya Chen, directora de cumplimiento y su amiga desde la universidad.

—Necesito que congeles cualquier movimiento relacionado con el Proyecto Helix.

—La fusión se firma mañana. Si la bloqueamos, el consejo preguntará por qué.

—Que pregunten.

—Elena, ¿qué ocurrió?

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Ella miró a través del cristal. Celeste estaba colocando un pequeño brazalete de oro en la muñeca de la niña. Era el brazalete que la madre de Elena le había dejado antes de morir.

—Acabo de descubrir que mi marido tiene otra familia —dijo—. Y creo que la niña que sostiene puede ser biológicamente mía.

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